Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
Se publica en Cuba, de
forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200
ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de
2005.
Ulises Varsovia (Valparaíso, Chile, 1949)
Se desempeña como docente en la
Universidad de San Gall, Suiza. Es autor de numerosos poemarios, entre los que se cuentan La Catedral de San Gall (1994), Madre oceánica, Valparaíso (1998) y Ebriedad (2002).
Ulises Varsovia
9. Pablo, César y los otros
Adentro de los años masculinos,
flanqueado de cenicientas estatuas,
y voces de seres agónicos,
de seres míos custodiándome
como una guarnición de almas en pena
por las calles de mi Valparaíso…
En aquellos años meditativos,
desarraigado de todo calor,
de toda raíz doméstica o filial,
con mi historia de barco fantasma
a través del tiempo, a la deriva,
solitariamente desreunido.
Pero allí tu poesía, Pablo,
allí tu escritura náutica
de navegaciones y naufragios,
allí tu gorda letra de escriba,
rodeado de espesura sacramental,
rodeado, como yo, de tus poetas.
Allí el misterio de los idiomas
atrapados en la alquimia de brujos
tribales, de arúspices o druidas
inventando de nuevo el universo.
Años de errar y vagar y volver
a empezar otra vez, circulando
en torno al mismo día clavado
en mitad de tu vida, inconmovible,
años de escaleras, muelles, castaños,
de pan amargo entre cuatro paredes.
Pero allí tu poesía, Pablo,
allí Rainer, André, Federico,
allí Rabindranath, Rubén, Arthur,
allí Walt, Vicente, Friedrich,
Alfonsina, John, Ezra, Paul,
Miguel, César, Gabriela, William,
Johann, Heinrich y tantos más, Pablo,
allí conmigo en los años de orfandad.
17. Mascarones de proa
Como si fueran a volar,
como si fueran a emprender
de pronto el vuelo, extendidas
sus alas de encina o nogal,
sus élitros vegetales…
En la proa de algún navío
surcaron los océanos,
resistieron el embate
de tempestades, hendieron
el oleaje enfebrecido,
el agua, el viento oceánico,
la espuma de sal iracunda.
Algún día desertaron
de los nobles vejestorios,
y hallaron hogar en museos,
en guaridas de lobos de mar,
en las tabernas, a orillas
del Támesis o del Sena,
o del gran mar exterior,
envejeciendo entre el humo,
el ron y los improperios.
¿Desde qué trágico exilio,
Pablo, las arrebataste,
desde dónde, tú, marinero,
capitán de honor del Caleuche,
arrancaste estos especímenes
entre ángeles y sirenas
para tu navío terrestre,
para tu nave de Isla Negra?
Allí estaban, inmóviles
con su sonrisa de cedro,
sobreviviéndote, Pablo,
en tu cabina de capitán,
como si fueran a volar,
a punto de perseguirte
al océano del misterio.
19. Isla Negra
Casa a orillas de la mar,
casa en el entrevero
de nuestra espiritualidad,
cimentada en la claridad
de tu sólido verbo.
En el azar de los vientos
la voz de quien oquedad,
de quien manantial vertedero,
de quien robusto venero
de agua testimonial.
Bramido de la tempestad
en el populoso invierno,
estampida de la sal,
furia de ola de cristal
quebrada en mil fragmentos.
Y la casa con su misterio
de nuestra espiritualidad,
la casa sacro venero
de una voz que sólo el viento
jugueteando en el azar.
20. América
De pie en lo alto de la cima
más alta de nuestro espinazo,
miro reverdecer, América,
tus territorios desplegados
desde el nudo central de tus huesos
hasta tu orilla quebrantada,
rota en el orden abrupto
de las leyes de la geología.
Miro tus selvas originarias,
miro tus pampas infatigables,
miro tus desiertos exhaustivos
y tus praderas sementales;
miro, América, tus serranías,
miro tus llanos de pastizales,
miro tus playas rumorosas,
miro tus valles transversales.
De pie en tu majestad nevada,
en lo más alto de tus vértebras,
miro, América, tu piel morena,
miro tus tribus ramificadas
desde tu árbol frondoso, madre,
desde tu tronco vegetativo
enraizado en dulces vertientes.
Y miro bullir tus alfabetos
de reciedumbre verbal, de letras
como pétalos de lava o cieno,
de invisible fuego terrestre
floreciendo en tus labios de tierra.
Desde tus cumbres precámbricas
veo, América, el humo rojizo
de tu poesía elevándose,
trazar en el aire su estilo
de ave andina, de puma serrano,
de sierpe amazónica, de pez
oceánico, de bisonte y jaguar,
de copihue, orquídea y colibrí,
de tucán, quetzal, coipo y ñandú,
el humo sanguíneo de tu poesía.
Veo, madre, un hilo delgado
escribir en el aire los nombres
de tus vertientes alimenticias,
de tus veneros linguísticos,
vaciar sus linfas en tu regazo,
cantarte en las voces de la tierra.
Martí, Santos Chocano, Gabriela,
Sabat Ercasty, Asunción Silva,
Villaurrutia, De Rohka, Walt Whitman,
Juana de Ibarbourú, Alfonsina,
Jorge Luis Borges, Rubén Darío,
Amado Nervo, Alejandra Pisarsky,
Vicente Huidobro, César Vallejo,
Octavio Paz, Leopoldo Lugones,
y nuestro Pablo, madre América,
nuestro Pablo de gordos trazos,
nuestro Pablo, el inagotable,
nuestro Pablo, río-torrente,
río-océano, volcándose
con todo su caudal de letras
en tu regazo amoroso, madre.
Nuestro Pablo aymará, piel roja,
guaraní, alacalufe, azteca,
mapuche, apache, ona, diaguita,
maya, quechua, chango, picunche,
pehuenche, gaucho, huaso, llanero,
leñador, labriego, minero,
pescador, marinero, milico,
recolector, cazador, curandero,
hijo tuyo, hermano nuestro, madre,
y capitán de la poesía.
26. Sacerdocio
Amanecer otra vez,
hermanos poetas,
en la luz desnuda
de otro día inaugurado,
con el mismo amor mortal
de acólitos de la poesía,
y besar su boca pura
con labios en regocijo,
y tocar sus tersos senos,
y sus muslos gemelos,
y su cálido pubis.
Amanecer, Pablo, otra vez
como cada día,
con un resabio a hidromiel
del lagar otoñal
de los viejos poetas,
y beberla con fruición,
beber la linfa auroral
de la luz desnuda.
Amanecer, Pablo, embriagados
de luz constelacional
de remotas constelaciones,
y estirar hacia ellas la voz,
estirar los ávidos brazos,
como acólitos ante el altar
de inaccesibles dioses,
oyendo en nuestro interior su voz.
Amanecer y encontrarla
mirándonos con dulzor,
sentir su aliento tocarnos,
sentir sus labios besarnos,
sentir su voz cristalina
cantarnos su romanza, Pablo.
Sentir a la poesía
como la luz desnuda
rodeándonos de su fulgor,
y decirnos: Otro día,
otro día de sacerdocio
para la poesía.
43. Las uvas de Parral
Ahógate en la poesía
de tus mayores, ahógate
en el canto de los poetas
cantando, mudos, bajo tierra,
testificando en el epitafio,
ahógate, poeta, en letra
testimonial, en estrofas
de bella rima consonante,
de pareados matrimoniados,
de cabalgata ceremonial.
Ahógate en tu propio canto,
ahógate en una escritura
cuyas filiales coordenadas
tuyas y no tuyas, poeta,
cuyo follaje sintáctico
tu propio entrevero lúdico,
y en él perdido en tu lucidez.
Ahógate, cantor, en canto
de tus hermanos consanguíneos,
de tu parentela etílica
en licor de agrarios sonetos,
en hexámetros dionisíacos,
en anacreónticos ditirambos,
en yambos, himnos, epinicios,
y todo el caudal de las uvas
sacrílegas de los racimos
colgando de los cementerios,
madurando en tumbas y nichos,
filtrándose de los ataúdes,
cayendo en tu seca garganta
ávida de voces del olvido,
ávida de canto, de canto
como de las uvas de Parral
goteando desde Pablo Neruda.
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