Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
Se publica en Cuba, de
forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200
ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de
2005.
José Triana (Hatuey, Camagüey, 1931) Dramaturgo, novelista, poeta.
Autor de las obras de teatro Medea en el espejo (1960), La muerte del Ñeque (1963), El parque de la Fraternidad (1961) y La noche de los asesinos (1965). En 1986 creó la pieza Palabras comunes para la Royal Shakespeare Company, en Stratford-Upon-Avon. Su obra poética incluye los libros De la madera de los sueños (Madrid, 1958), Coloquio de sombras (Madrid, 1981), Aproximaciones (Málaga, 1989), Cuaderno de familia (Málaga, 1990), Oscuro enigma (Estados Unidos, 1993) y Vueltas al espejo (Saint-Nazaire, 1996, edición bilingüe francés-español). Su poesía ha sido recogida en numerosas antologías entre las que se destaca Poesie cubaine du XXe. siècle, de Claude Couffon.
José Triana
Gnomo
Lo conozco y lo he visto en mis ensueños
de niño y adolescente. Por la ceiba
trepaba y se hacía un juguete baldío,
pirueta o sarcasmo, un alfabeto.
de huesos melancólicos, un beso
del aire, las manos inquietantes
que atraviesan por una pesadilla,
las apusas del reloj enamorado.
Lo conozco y lo he visto después fijo
en los papeles bruscos de la noche
del insomnio y en las alcantarillas.
Lo conozco y lo he visto y no lo excluyo,
extrañado y tan mío y claroscuro,
en la memoria ardiendo sin figura.
Inquietud
Entro en la casa. Todas las puertas
permanecen abiertas. Me detengo.
Dudo a dónde voy. Ante mí se abre
una ardua interrogante. ¿Sigo el paso
aprendido? ¿O me lanzo a la aventura?
¿Qué parte de mí entra en la ceremonia?
¿Qué parte la rechaza? ¿Y lo fantástico
en qué medida me seduce o anula?
¿Es esto acaso una ilusión, un juego
de penumbra o un sucedáneo de aguas,
semejante a lo que escribo y omito?
La casa me respira dulce ciervo,
un jarrón halagado por la música.
Todo testifica sombra y es sagrado.
Ombra della sera
Delgada en su proyecto, puro frío
despabilando naipes por concierto.
Sobre el tapiz descansa en abierto
desparpajo de niña ante el umbrío
reloj de la mañana. Luego en río
de claridad proclama el labio axperto
jerarquías pobladas de algo incierto
que hacen galas de trueno y poderío.
Si verla y desearla me desvela,
la prefiero a la ausencia inoportuna
o al bosque que la quiere fugitiva.
Pues al alma conforta su incisiva
jactancia, múltiple criatura y una,
repartiendo febriles sus candelas.
Atardecer en el trópico
Veo la tarde que se nombra cielo,
la ventana en suspenso, la tardía
y olvidada peluca y los cien velos
que enarbolados siguen todavía.
Veo del cielo la extensión que ardía
exponiendo trofeos y arduo celo.
¡Qué rigurosas ondas y armonía
fino reparte el cocuyo en su vuelo!
Un momento parece detenido
el paisaje o la forma del contento:
la chalupa enigmática y el ruido,
y un poco de ceniza y algún lirio,
y el portón arrasado por el viento,
y la canción mojada de delirio.
Obstinación
Enmarañado estoy, eso preveo
fatigando la luna interminable
del armario que mira hacia otro sitio
atribuyéndose un tierno meteoro.
Por mucho que concentre alguna fuerza,
las variaciones crecen y contrastan,
pues un inopinado pensamiento
se da vuelta y me anula y soy el otro,
el repentino, ausente y conocido,
el que atraviesa el puente que lo ignora,
el vestido de fiesta y asesino,
ése, el imperturbable y sí lejano,
el que todos los días me aconseja
y en una coliflor desaparece.
Un mal sueño
Suenan atroces gritos por el viento
en hosco simulacro de condena.
Ignorantes vogamos sin apenas
rozar su oscuro ni su movimiento.
Los gritos establecen ceniciento
estupor o una terca y fosca pena
que en lo secreto se desencadena
zodíaco de magia o esperpento.
Pero más tarde crece el albedrío
en halones de azufre y fuego impío,
sonámbula montaña toda en andas
de la espuma creando albos papeles,
mástiles de penumbra y los cordeles,
a punto del naugragio el que comanda.
Nocturno
En los puentes errantes de París
pienso que soy, pienso que pienso, pienso que sueño
y asumo el regocijo de una nube
de voces y relinchos de la sangre,
amaestrados como una sorda estatua.
Vuelvo al revés, oscilo y me concentro
en los minúsculos secretos, digo,
los que se ocultan sin saber por qué,
hambrientos, taciturnos, insidiosos
del Conde Saint-Germain, exaltado por la alquimia
que frota su silueta contra el muro.
En los puentes errantes de París
contemplo los desastres del amor,
esas tristes falacias que uno niega,
esas exaltaciones de ceniza
que dibujan periplos buscando sus agallas,
palomas estrujadas, rotos dientes,
venablos amarillos, astuto el diablo rojo.
No es el sabor de andar acariciando la escoria.
Avanzo por entre rostros anónimos.
Si alguien se vuelve espuma, yo lo ignoro.
Desconozco esa piel, esos mensajes.
En los puentes errantes de París
prefiero retraerme al caracol,
a la esperma clarísima del cielo,
ya que no estoy en juego ni lo quiero.
Cabizbajo y remoto me entretengo
con las viejas losetas y vidrieras.
Notre Dame me procura los arcanos
imprevisibles, modos y secuencias
de amplio caleidoscopio o taumaturgo,
arduas, feroces gárgolas y gritos
que mantengo dormidos allá dentro.
En los puentes errantes de París
concibo circunloquios y anatemas,
programas que navegan al azar,
almacenes que fueron bosques plácidos
o trágicos canales de aventura.
Porque la luna es honda y me revuelve,
solicito las hebras de la fiebre
roturando el abismo que separa
y contradice ese que soy, la esfera
que a veces muy a tientas recompone
el escorzo maltrecho de un muchacho.
En los puentes errantes de París
toco rituales lentos, lentos gestos,
metáforas lejanas que se escapan
detrás de un enorme árbol fabuloso,
de un árbol con vestigios de memoria,
solitario y fatal, ardiente espacio.
Apenas reconozco otras urdimbres.
Permanezco en la amorosa placita
de Fürstenberg, echando borbotones
del polvoriento otoño que regresa
sacudiendo un estandarte de harapos.
En los puentes errantes de París
rememoro estridencias antiquísimas,
violas, carruajes, miriñaques,
pelucas empolvadas, pechos altos
y sus desaforadas desnudeces,
y tal vez dulcemente ensimismado
el acordeón que pasa por la calle
en una cuerda floja a medianoche,
y una hueste de dioses que anonada.
Multitudes de espejos y humedad
circulan y socavan cuerpo adentro.
En los puentes errantes de París
alguien de pronto tira una baraja,
y es un rostro cebrado por espectros
que parodia y rechaza los desvelos
y utiliza escaleras sin sentido
inaugurados casi simple arena.
Un alfabeto ambiguo, largos péndulos
licuando las terribles predicciones.
Hacia abajo, hacia arriba, el tío vivo,
mirada que la noche volatiza
de humedad obeliscos esparcidos.
En los puentes errantes de París
– el exilio los crea y embellece –,
pienso que soy, pienso que pienso, pienso que sueño
entre papeles blancos aprendiendo
circunstancial, diverso, semejante
a aquel actor que ensaya un personaje
en un galpón lleno de pesadillas
y descubre que es él, mas diferente
en el humo que nace de las tintorerías,
y en la escarcha que el eco le prepara
proyecta nuevo espejo su demonio.
Arique es una publicación cultural sin fines de lucro que no se adhiere a corriente política o estética, institución o personalidad alguna, por lo que se financia del aporte de sus realizadores y amigos. Cualquier donación es bienvenida y se agradece profundamente.