Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
Se publica en Cuba, de
forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200
ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de
2005.
Amarilis del Carmen Terga Oliva (Granma, Cuba, 1970). Ejerce como Profesora Asistente de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanísticas de la Universidad de Granma. En 2002 fue editada su Antología Cósmica y Lírica de Amarilys del Carmen Terga Oliva por Fredo Arias de la Canal en Ciudad de México. Sueño de hetaira, el cuaderno al que pertenecen estos poemas, obtuvo el Premio Fidelia de poesía en Bayamo, Cuba, 2005. Su dirección postal: Ave. Francisco Vicente Aguilera No. 253 A (Interior), e/ Ave. de los Mártires y calle 10, El Cristo, Bayamo, Granma, Cuba, C.P. 85100.Su email: atergao@udg.co.cu
Amarilis del Carmen Terga Oliva
Hetairas
En Lesbos actuamos desnudas ante los dioses. Vimos ir a los hijos de Apolo
convertidos tiernamente en lluvia. Tocamos el arpa entre pinceles
y evocamos a Zeus.Vinimos del otro lado del mar
después de plantar vides en praderas del Mediterráneo.
Estuvimos en Creta, Samos y Lesbos -toda el Àtica sabía nuestros nombres-.
Comerciantes y tahúres nos visitaban, éramos estatuas a orillas
del mar.
En las tabernas danzamos hasta el tedio: provocamos el amor.
Los rostros sobre nuestros cuerpos creían llevar nubes negras.
En Tarento fuimos vendidas y codiciadas en islas del Egeo.
El camino infinito reveló que el amor está a un paso de las estrellas.
El amor con su olor a jazmín flota más allá de la luz.
Llega y nos deshace en cada átomo para luego ser pretérito.
Durante siglos hemos servido a la sombra de los dioses
que para siempre nos vigilan sumergidos en el vino.
Desde sus templos celestiales acudimos al amor.
Como rosas de agua enlazamos la serpiente entre danzas
y canciones.
Los ángeles regresan y observan la claridad. Por fin hemos vencido
esa humedad de flor, por fin somos eternidad en mitad del sueño.
En la tierra de Uruk
En la tierra de Uruk las estrellas caen sobre mí.
Despierto entre calles angostas. Busco en la ciudad
aromas tibios que rondan mis pies.
La arcilla pasa y me encuentra cada mañana apacentando las cabras.
Voy con el cortejo de himnos por los montes de Uruk.
La lluvia coloca tus ojos en asientos de grana.
Te busco entre las piedras. Las estrellas caen sobre mí
y no puedo evitar recordarte esta mañana.
Regresamos de siglos escritos en un testamento apócrifo.
No puedo tocarte desde la arcilla. Pertenezco a una edad sin luz.
Mi nombre pudo ser Ninsun, Leda, Gilgamesh.
Te cuento historias de hombres que anclaron barcas
y plantaron la tierra. Me levantas del polvo
con manos que pueblan de higos la huerta.
He contado a mi madre este sueño. Regresas a la tierra de Uruk
y caminas feliz junto a mí.
De cómo Don Quijote y Sancho regresan a la ínsula
Sancho amigo, volvamos a la Ínsula para aquietar los vientos.
Entre almenas y cariátides descubramos hombres maniatados.
Por la ruta de mariposas y doncellas, seamos eternidad.
En barro y fuego hallemos la ínsula: porción sin fin bajo el agua.
Libremos otra batalla más allá de los molinos.
Como extraños pastores guardemos el árbol, la viña, los puertos.
Partamos ya, pues duelen las palabras demasiado cuerdas sin ti.
La calle
Quién al verte en estas horas,
¡Oh calle! Será posible
que estés callada y sombría (...)?.
Úrsula Céspedes de Escanaverino.
Sometida a la oscuridad del muro transito la sal que te nombra.
Veo al escriba, el huésped, la meretriz, el mendigo.
Recorro el otoño en una estera. Ignoro esplendor de raíz en áreas y planos,
en uñas y dientes. Los faroles silenciosos lloran ahora que extraño la semilla,
hechizo que mal quisimos. Mariposas del alba sobre tus recodos
negras, esquivas que van de la plaza al embarcadero,
del batey a la hacienda con misterio de lunas en el vórtice.
Es la hora del recuento ante el espejo.
En la puerta del templo
Para Fredo Arias de la Canal,
conocedor del mudo lenguaje de las estrellas
En la puerta del templo está naciendo una estrella.
La noche y su rostro exhiben el regalo:
una daga en el cuarto oscuro de las constelaciones.
Mezclo el vino con mi cuerpo: cuerda rota en dorado esplendor.
Mi historia es el dibujo antes del alfabeto.
Los nombres se hallan en la grieta. He sido siervo,
juglar, homicida, acólito, guerrero, conquistador. Mis nombres en el azul esperan el rudo edredón de la encina.
Entre flores y amatistas separan la luz perfecta del agua.
En la puerta del templo mi cuerpo es una ostra que muere sobre el enlosado:
espejo a comienzos del milenio. En la oscuridad del templo la noche tarda.
Venciendo el contraste resbalo hasta la raíz y me estreno en su abrazo.
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