Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
Se publica en Cuba, de
forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200
ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de
2005.
Francis Sánchez (Ciego de Avila, 1970).
Es editor de la revista Videncia y tiene varios libros publicados, entre ellos El ángel discierne ante la futura estatua de David (2000) y Luces de la ausencia mía (décimas, 2001).
Francis Sánchez
Corazón del arpista
Perfectos oidores, acérquense
a mi madero, sinfonías en adarmes.
La muerte es un trabajo que no cansa.
No muere este cansancio que trabaja por mí
del otoño al molar, del patriotismo al sueño.
Sopla la cortadura al árbol contra el lente
y puedo ver y tengo en mi mano esta flor
que ha esperado un viejo discurso junto a la hoguera.
Sea limpia mi náusea; caiga al amanecer
en lugar de la chispa que se desprende del durmiente.
La Forma va a asubir, sí, volveremos al camino
sin el bulto del ojo en noche nueva,
sin más luz para azorar las voces del camino -sostendré el silencio de mi flor
otra vez tan medido y esparcible
como un miedo de sierpes confinado al desierto.
¿Sí -verdad que es Santo el vacío
del corazón? ¿Verdad que rozas el miedo
a tener tu cabeza tallada en un armario?
La carne de la flor no está en sus laberintos.
Puedes vencer la puerta que da al ansia de un perfume
sin voz con que envolver su atrocidad.
Sólo es medio kilogramo de carne
pasado por el frío, salva: el hueco donde dejar la mano
después de escribir por qué el frío llena, por ejemplo.
Coman mi corazón que no adoptó otra burla
cuando se consumían los platillos
de la balanza. Guías
jóvenes y afilados en las utilidades
-vidrio blando del oído,
música desesperadamente afuera-
mi mano es este idioma que arde junto a la flor.
(4-junio-2003)
Pequeña petición de asilo político a San Francisco de Asís
En la patria torcida de mis ojos cerrados
soy un ave que cazan y torturan con ecos.
Si crees que estoy de espaldas al sol, lanza en los huecos
de mi rostro las negras semillas de tus prados,
y el grito. ¡Ya verás abrirse estos candados!
Dame, Hermano Francisco, tu libertad salvaje
para alzar desde el polvo al polvo eterno viaje.
En el triángulo rojo de mi pecho una espina
ha nacido al revés, una estrella, y se empina
breve como si fuera nuestro mismo equipaje.
Hermano, me azotaban con la fe de un gladiolo
castrado por la luna, y ando de puerta en puerta.
No quiero estar dormido cuando dejen abierta
la rejilla de tu huerto. Quizá en silencio y solo
burle entonces las flechas venenosas de Apolo.
¡Dame el aliento manso de humillados recintos
donde la nieve abrigas! Se esparzan mis instintos
cansados de estar firmes bajo el árbol del alba
y se hunda mi memoria en el trueno que salva
la soledad, las manchas de luz, mis laberintos.
De Luces de la ausencia mía
Ediciones Arabuleila, España, 2001
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