Revista de poesía  
Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
  Se publica en Cuba, de forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.

 
Desde la Atenas de Cuba
 
  Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
 
 
Gaudencio Rodríguez
Gaudencio Rodríguez
(Perico, 1999). Poeta. Ha publicado Bitácoras paginadas (Ediciones Vigía, Matanzas, 1997). Textos suyos han sido antologados y aparecen en diferentes publicaciones, entre ellas la antología Poetas en Matanzas V (Ediciones Matanzas, 1998).

Gaudencio Rodríguez

Charlot

-Por el centenario del cine-
para Mariela Medina Dihigo
para Elba Torres

hoy regreso a llorar como si fuera un niño
y amo otra vez la risa de mi infancia
Charlot vuelve a sembrar las rosas en mis manos
y no hay candilejas que alumbren el silencio
pero el tiempo araña los ojos
nos lame la tristeza en medio de la risa
hoy he vuelto a llorar Charlot no puede irse
no puede quedar la estrella de la carpa para reconocerlo
no puede quedar un silbido danzando con el pan
y esta soledad oculta en la tormenta
torpes mujeres que le amaron no puede estar allí
no puede volverse por las nubes de polvo
a morder en sus camas las pieles del fracaso
Charlot regresa a besarme la frente
es este pajarillo que atrapo entre las manos
esta muchacha ciega que empapa la sombra con su sombra
y una violeta húmeda una dulce violeta
hacha una danza de amor con los panes.

Discurso del cuchillo
(Fragmento)

(…)
¿Con quién va a conversar
si tiene un símbolo de sangre?
¿Con quién va a tener el cuchillo
callada compasión
si están abiertas las puertas a la muerte
para su frío corazón de acero?
Y está la carne, la carne afilada
para el muñón perdido del cuchillo.
Y está el aceite bautismal, la sal
que aliña la gula;
la frialdad áspera de la carne expuesta
entre otros manjares
paisajes futuros al vientre del cuchillo.

¡Ah, esta distinta manera de ver el sexo
en el cuchillo que hunde sus manos
para limpiar los huesos
de la nobleza del animal asesinado,
para deshacer las vísceras
en un montón de escombros del animal herido
y las luces en el recuerdo más grave
del quirófano preparado para dar de comer a los hombres!
¡Qué filo ominoso deja en el reverso
una sombra afilada
y el carnicero, el matarife, el rey
que corta como un padre
para dar de comer la muerte de las bestias,
necesaria siempre para vivir en paz!

De esas fauces enormes de la noche
queda un golpe en la sien del animal,
un doblarse cansado para siempre.
Poner rodilla en tierra
junto al escorzo que supone
la frialdad del cuchillo
que va carne adentro como el sexo
hunde su gloria en el profundo
desamparo del abismo.
Y el cuchillo que anda por las sombras
hasta que un destello de luz
nos ciegue con la carne arrebatada
al animal moribundo que recibe
las caricias del oficiante soldado de la muerte
en el cuchillo limpio y afilado,
en la sorpresa que acuna en sus costillas
toda la sangre acumulada
para morir junto a los hombres.

De El gran padre

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