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Arique, revista de poesía
Se publica en Cuba, de forma artesanal, 
en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.
Cuba  
Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
Urbano Martínez Carmenate
Urbano Martínez Carmenate
(Cárdenas, Matanzas, Cuba, 1953). Escritor e historiador. Ha publicado numerosas obras en Cuba y en el extranjero, entre ellas Los puentes abiertos: literatura matancera del Siglo XIX. Como poeta es autor de numerosos textos inéditos.

Urbano Martínez Carmenate

La ciudad fue ganada por los puentes.

Los hay de barro y caña, de argamasa y concreto, breves hilillos
salvados en su hechura por garzas de rumbo trágico o por el espectro
de engañosas maracas sobre la bahía.

Los hay de metal tullido; y de junquillos flotantes, donde van a morir
las cartas apócrifas y la angustia polvorosa de los trenes.

Puentes que levantaron los peones de ayer uniendo insalvables
promontorios. Puentes abiertos a la niebla y a la leyenda, bautizados
por manantiales y con empinadísimas columnas rellenas de grafitis
que saludan el orgasmo solitario.

Los hay también de ascuas, de borra cafetera y de flamantes
serpentinas donde crónicos pescadores desenvainan la luz de sus
anzuelos. Pescadores divinos que antes de batallar consultan los
horóscopos reales y a las ilustres cartománticas de La Playa o
La Marina.

He visto un puente de piedra, el más antiguo, por donde sólo pasan
las vacas y los militares cansados. Apenas queda agua que lo ilumine,
pero bajo sus arcadas, en el barro fangoso y agónico, resplandecen
tortugas y biajacas que nunca murieron de paciencia, aún cuando
nadaban sin permiso contra todas las corrientes.

El puente más nuevo está casi sobre el mar y en su bóvedas se cobijan
las ranas y los amantes profesionales, los perros y las bandadas de
mosquitos.

El último puente de la ciudad es casi invisible: fábula y albricias,
canal por donde cruzan los poetas que llegan a alguna parte.

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Desde estas orillas
el mar es mucho más que espuma
o crónica respiración.
Es un secreto que anda los huesos del hombre.
Las olas tienen su linaje,
a veces un rumor; otras, un fresco aire de tinajas.
Toda humedad es cariño,
certeza de lo íntimo.
Esas aguas han mojado otras tierras y otros huesos.
Mucha gente tocada
por la misma sal, los mismos caracoles.
Todos han sentido sobre la piel
el salitre acechando,
la amenaza de un cuerpo que es todos los cuerpos;
ese poder limpio y extraño
que arrastra el limo de muchas rutas
y encuentra aquí sus náufragos felices.
El tiempo de la ciudad no existe,
lo que vale es el tiempo del mar.
Nunca hubo un primer día
ni existirá el último.
Lo sabe el hombre, preso por la eternidad del agua.
Esas aguas son un compromiso,
certera complicidad de siglos,
reto a la memoria que guardó los peces fundadores.
Esas corrientes arrastran semillas y ostras devoradas por alcatraces;
tocaron anzuelos, arpones grabados en la piel de los primeros pescadores.
El hombre ya es distinto
cuando ve su cuerpo tocado por los peces y el fango.
Nadie tiene tierra propia ni cielo único,
pero el mar es de todos.
Nadie enseñó a las algas su camino rosado
ni se sabe cómo fue exactamente
el graznido de las primeras gaviotas.
Sólo cuentan los hechos de sangre.
Pero la sangre del mar es de un azul tramposo
y la arena es un fino recado
que muerde las piedras con su angustia.
El hombre es una piedra respirando
frente al mar de esta ciudad
donde convergen todas las sales,
los naufragios
y las historias de caracoles.

No.5, Julio de 2001

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