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Arique, revista de poesía
Se publica en Cuba, de forma artesanal, 
en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.
Cuba  
Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
Teresita Burgos
Teresita Burgos Benavides (Matanzas, Cuba, 1954). Dirige un taller juvenil de creación literaria en su ciudad, donde ha publicado Revelaciones, Junto al ceremonial nostálgico de los hornos y Cuando la luna se sienta en el limonero.

Teresita Burgos Benavides

Villacreces

Duerme la paz del hechizo en un abismo sin regresos, doncella de vestes batidas por el aire, abandonada al caos apacible del sueño. Todo reposa. Los ésteres en las bodegas, el eco antiguo, el humano roce de las puertas. La torre ajena al sentir de los bronces mudos, los que anunciaron el paso abrumador de las borrascas. Tantas huellas perdidas, máculas de la aridez presas donde el agua ha quemado sus nidos, todas las voces, el canto.

Naufragada en la quietud con la frente vuelta a lo inefable, sobre un lecho de glebas tan cerca del agua, pacta sus alivios con el azar en el discurrir de los pies yermos por las sombras, sombras tangibles que pesan en cada hoja sobreviviente las fustigadas preces de la hierba. Ahí están sus dedos esparcidos, rescoldos sin vida auspiciando agonías y letargos cómplices del sueño.

Se derraman lentas las estaciones en el semblante de solemne humildad donde yacen las penumbras más diáfanas, los escombros menos dolientes, vestigios de infinito bregar. Oficios insepultos, cuyas confidencias se abren en arrullos de plumas, piedras, barro, pajas y metales, la escasez ideal para este dormir profundo simulando un paraje de reminiscencias, una villa sin voz, esa doncella dispuesta a ser olvidada mientras continúan las cienas en los maderos mermando el lustre, los rústicos términos. Mientras las aves ofrecen su nidada y un frenesí de dialectos amables.

Quietísima en la virtud de músicas fenecidas... No hay oídos que pueblen cántaros y vajillas, ni gestos para atizadores, ni sopas crujientes, ni lenguas para tentar el pan y las dulzainas. Ni un tonel pudriendo en el olvido los pechos de la vid. Sólo tintes de silencios, estelas petrificadas donde no mueren la luz ni los sahumerios.

¿Soñará encuentros furtivos en la hondura violácea de los palomares? ¿Olores grises alentarán sus quimeras aunque permanezcan ahogadas las latencias, esas que merodean bajo los velos de las espigas, las que sostienen los mínimos reflejos?

A sus ensoñaciones irisadas de historia acudirán nostalgias desde lejos, nostalgias prontas a suicidarse ante la soledad legítima, exacta. Y se ven las nieblas flotar a través de los brazos adobados, a través de toda la durmiente de firmes tapiales aún esbeltos.

Amparada en lo infinito. Su aliento en la llovizna, la piel sobre vuelos silvestres. Qué mejor refugio que una siesta eterna cuando todos se han ido. Villacreces tendida bajo los cielos gastados sin más lumbre que el sol, habitante perfecto, sin más vigía que cierta opacidad entre las nubes. ¿Será posible despertar los seculares polvos y cubrir de almas su regazo? Se va sola del sueño a la transparencia sin espadas que la salven, sin un beso de amor.

No.5, Julio de 2001

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