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Arique, revista de poesía
Se publica en Cuba, de forma artesanal, 
en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.
Cuba  
Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
Agustín AcostaAgustín Acosta
(Jagüey Grande, Matanzas, Cuba, 1886-EE.UU., 1979). Por su poemario La zafra (1926) -obra iniciadora de la poesía social en Cuba- fue considerado el Poeta Nacional antes de 1959. Obras publicadas: Ala (1915), Hermanita (1923), Ultimos instantes (1941), Las islas desoladas (1943), Jesús (1957) y Camino de hierro (1963). Emigró a Estados Unidos poco antes de su muerte.

Agustín Acosta

Los camellos distantes

Visión de los siglos pasados... ¡Oh, días
que vieron los santos varones aquellos
perderse en la noche de las teogonías...!
Budhas vencedores sobre los camellos...

Camellos medrosos por los arenales,
-narices activas, ojos sin destellos-
nudosos camellos iguales,
lejanos camellos

que un día prestásteis la doble joroba,
para que los reyes errantes
hicieran en ella su trono y su alcoba...
camellos distantes

que váis taciturnos por la lejanía,
y sois al espíritu que indaga e inquiere,
gloria de la noche de la Epifanía,
¡visión que no pasa ni muere...!

¡Camellos que bajo los cielos fenicios
llevabais las vírgenes de los cananeos
hasta los sagrados oficios
de las catacumbas y los hipogeos...!

(Cuando en los oasis, liturgias y ritos
decían los votos de los misioneros,
vosotros de hinojos orabais contritos,
bajo la sombrilla de los datileros).

Montañas errantes, pardas cumbres vivas
que, bajo los líbicos soles reacios,
ibais conduciendo princesas cautivas
hacia fabulosos palacios...

¡Camellos que fuisteis cortejo en las bodas
y que presintiendo la Noche Divina
visteis asombrados desde las pagodas,
la estrella adorable de la Palestina...!

¡Y que constelados partisteis un día
desde donde el hijo de David reinaba,
hasta donde, idólatra del sol, sonreía
a vuestro tesoro la reina de Saba...!

¡Camellos distantes...! Sufro y gozo al veros,
-¡oh, Arabia remota, dorada y propicia!-
cuando entre payasos y titiriteros
¡os exhibe y medra la humana codicia...!

Porque sé que tristes, cansados, mohinos,
soportando graves las ferias de hogaño,
no veréis más nunca los viejos caminos
por donde rumiábais los henos de antaño.

Camellos sagrados... ¡Qué amargos reveses
a vuestra nobleza la suerte prepara,
cuando esos afines turistas ingleses
van en vuestros domos a ver el Sahara...!

Procesión de gibas por las Escrituras...
breves y apagados vesubios errantes,
que eclipsar hicísteis con vuestras figuras
la mítica alcurnia de los elefantes.

Sin osas en los vagos anhelos perderme,
es vuestra más dulce visión en mi vida
una caravana lejana que duerme
junto a una remota ciudad destruida.

Huéspedes callados de templos y edenes.
Transportabais raras cosas exquisitas:
néctares propicios para los harenes
y gomas de éxtasis para las mezquitas.

¡Oh, encanto de entonces...! ¡Oh, destellos puros
que, cual una virgen profética y sabia,
para que alumbrarais caminos oscuros
daba a vuestros ojos la luna de Arabia!

No.5, Julio de 2001

Las carretas en la noche

Mientras lentamente los bueyes caminan,
las viejas carretas rechinan... rechinan...

Lentas van formando largas teorías
por las guardarrayas y las serventías...

Vadean arroyos, cruzan las montañas
llevando el futuro de Cuba en las cañas...

Van hacia el coloso de hierro cercano:
van hacia el ingenio norteamericano...

Y como quejándose cuando a él se avecinan,
las viejas carretas rechinan... rechinan...

Espectral cortejo de incierta fortuna,
bajo el resplandor de caña de la luna...

Dando tropezones, a oscuras, avanza
el fantasmagórico convoy de esperanza.

La yunta guiadora de la cuerda tira,
mientras el guajiro canta su guajira...

Ovillo de amores que se desenrolla
en la melancólica décima criolla:

Hoy no saliste al portal
cuando a caballo pasé:
guajira no sé por qué
te estás portando muy mal...

Y al son de estos versos rechinan inquietas
con su dulce carga las viejas carretas...

En el verde platanal
hoy vi una sombra correr:
mucho tendrá que temer
quien te me quiera robar,
que ya yo tengo un altar
para hacerte mi mujer.

En bruscos vaivenes se agachan, se empinan...
las viejas carretas rechinan... rechinan...

Las ruedas enormes, pesadas, se atascan...
Los bueyes se lamen los morros y mascan...

Jura el carretero, maldice, blasfema,
y cada palabra es un anatema...

Detiénese el tardo cortejo a ayudar
a quien paso libre tiene que dejar.

Aquí de las piedras que calcen las ruedas,
los troncos robados a las arboledas...

El esfuerzo inútil y la imprecación...
La frase soez y la maldición...

Oh, guajiro... y mientras a gritos maldices,
los bueyes se lamen las anchas narices...

Al fin sobre firme terreno ha rodado
el carro de caña de azúcar cargado.

Y de otra carreta sale una canción
que exorciza el eco de la maldición:

Yo nunca podré aspirar
a darte un beso de amor:
tú conoces mi dolor
y no lo quieres calmar.

Y al son de estos versos rechinan inquietas
las tardas, las viejas carretas...

Te vas al pueblo a bailar
y no te acuerdas de mí;
de mí que me quedo aquí,
y que como buen poeta
te dedico esta cuarteta
que he sacado para ti.

El ingenio anuncia cambio de faena
con un prolongado toque de sirena.

Y a través de sombras fantásticas brilla
como gigantesca lámpara amarilla,

soplando cautivos vapores rugientes
hacia los irónicos astros esplendentes.

Por las guardarrayas y las serventías
forman las carretas largas teorías...

Vadean arroyos... cruzan las montañas
llevando la suerte de Cuba en las cañas...

Van hacia el coloso de hierro cercano:
van hacia el ingenio norteamericano,

y como quejándose cuando a él se avecinan,
cargadas, pesadas, repletas,

¡con cuántas cubanas razones rechinan
las viejas carretas...!

No.3, Enero de 2001

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