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Arique, revista de poesía
Se publica en Cuba, de forma artesanal, 
en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.
Cuba  
Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
Ileana Alvarez
Ileana Alvarez
(Ciego de Avila, 1967).
Entre su obra publicada se encuentra
El agua tampoco resiste los grilletes (1990), Libro de lo inasible (1996),
Oscura cicatriz
(1999) y Los ojos de Dios me están soñando (2001).

Ileana Alvarez

Ciudad interior

Para ti, Adriana, y para el Padre Rafael Batalla, peregrinos del espíritu.
Les petits âmes de la lumière.

Ninguna criatura ha cruzado entre los dos.
Y si pasara nos sentaremos en la corona del camino,
le acariciaremos el espinoso y sombrío pelaje.
Verás qué dulce ronroneo, qué húmeda su mirada,
y cuán tierna la lengua que temíamos filosa.

Volvían con la costra del miedo en las espaldas. Oscuros signos desde antiguo habían anunciado aquel regreso. Mas no así. Los pies deshechos. Los ojos cabizbajos. El desasosiego de la duda como un inmenso fuego en cada mano. Nadie fue a recibirlos. Las calles soñadas, tan repasadas cuando la medialuna ocultaba el rostro callado, el rugoso labio, entraban silenciosas a la sombra de los árboles. Por las rendijas de la negra, húmeda madera se adivinaban las pupilas torcidas de los moradores de aquella ciudad, olvidada y detenida entre sus propios muros.

Tenáin sed los peregrinos. Al centro d ela plaza un agua helada, de hojas podridas, les calmó apenas el calor d ela garganta, mas no el del corazón, que ardía como nunca ante el encuentro definitivo con la Casa. Ellos también la soñaron bajo los contornos de otro astro. Los libros que estrechaban en el pecho, los signos grabados bajo la piel, invocaban una ciudad distinta; transparencia en las ventanas, madrigales, lluvia y risa de niño revoloteando sobre la piedra pulida, entre las torres y las viejas campanas. Y una música dulce e insondable penetrando como un bálsamo por las raídas vestiduras. Mas todo eso ya no importaba. Bajo aquel desdibujo reconocían el rostro amado. Habían pasado años, siglos quizás desde que partiera en la búsqueda de una Verdad. El grave andar por lo desconocido, por lo ajeno y distante, con la mirada encrespada, les había hecho olvidar cuál verdad entre las muchas que erraban por el mundo era la que buscaban. Y ahora, regresaban transidos y derrotados, con el pecho sorbido por los pliegues de la angustia, y las cuencas vacías.

Se sentaron sobre la hierba fina de un jardín, la luna les iluminaba los rostros secos, apergaminados. Gotas de rocío confundían su miel con la sal de aquellos labios tocados por perennes auroras. Hermosos se veían con la tristeza inmensa y sus lágrimas que pudorosas huían tras el perfume de la noche. Se miraron el uno al otro y se sorprendieron a sí mismos en aquella humildad. Luego rieron. Sí, esperarían. ¿No encontraron, acaso, los portones entreabiertos? ¿No sintieron, más allá del silencio, de lo torcido de algunas miradas ocultas, cierta dulzura, cierto regocijo en el retorno? ¿Y aquella Iglesia vetusta que al fondo de la plaza exhibía un aire de altiva sencillez, no era la misma que sus manos ayudarona construir? No había piedra, espina o árbol de aquella tierra que de alguna manera no guardara su olor, su sangre muda, laboriosa. En lo más recóndito del alma se alzaba incólume cada rincón, cada sueño, cada herida de la ciudad. Aquí estaba lo propio. La manifestación plena de la pertenencia, de loq eu se descubre semejante en el dolor y la risa. Lo que hiere y cura. Lo que nace como una espada de nuestro ser más puro y nos protege, ya hecho madre, del polvo y la tormenta. Lentamente, mientras la luna se escondía tras unos cerros lejanos, se fueron cerrando los ojos de aquellos peregrinos. Me senté muy cerca para oir la respiración de su miedo. Mas no escuché el de ellos, sino el mío, tenso como un aeco, pesado como un fardo de estrellas rotas. Ellos podían morir. Sin saberlo de alguna manera ya habían encontrado, sobre aquella hierba leve, iluminada de orcío, la Verdad que tanto buscaran por otros lares. Yo en cambio, ya debía partir. Los portones abiertos, el astro oculto era el preámbulo. Envidiaba el cansancio de aquellos peregrinos, el llano entendimiento, sus ojos cabizbajos pero grávidos como la bondad del paisaje que los acogía. Me acerqué las manos a los labios y sufrí la fragancia inútil del que nunca colocó un ladrillo, ni puso un emplasto de fangos y ramas sobre el dolor, ni amasó el pan del invierno en madrugada fría. Alcé el morral sobre mi cabeza, mientras me alejaba no quería sentir la inmensidad de aquel cielo sin luna. Por vez última volví el rostro. Comenzaba a amanecer. Los peregrinos aún dormían sobre la hierba húmeda.

No. 12-13, Abril-Septiembre de 2003

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