Revista de poesía  
Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
  Se publica en Cuba, de forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.

 
Desde la Atenas de Cuba
 
  Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
 
 
William Navarrete
William Navarrete (Banes, Cuba, 1968). Escritor, periodista, crítico de arte. Reside en París, Francia. Ha publicado varios libros de ensayo La chanson cubaine: textes et contexte (Paris, 2000) ; Cuba: la musique en exil (Paris, 2004), Catalejo en lontananza (Valencia, 2006). Dirigió y publicó la compilación de ensayos 1902-2002. Centenario de la República Cubana (Miami, 2002) y la antología de poesía cubana contemporánea en París, Insulas al pairo, así como la antología de poetas cubanos presos Versi tra le sbarre (Piombino, Toscana, 2006). También publicó su poemario Edad de miedo al frío, ganador del premio Eugenio Florit de poesía (Cádiz, 2002) y Canto al pie de los Atlas (Coen Tanugi Editore, Milán, 2006).

William Navarrete

Canto al pie de los Atlas

Yo no conozco la historia de estos hombres,
apenas sabría distinguirlos,
encapuchados o desnudos
entre las nubes de eucalipto de sus baños
o en el ruido ensordecedor de sus plazas
donde quedos escuchan al demiurgo de otros tiempos.

Yo no los reconozco
porque ignoro incluso si me hablan o me cantan,
o me invitan a tomarles de la mano
como a veces se toman entre ellos
cuando la luz del día se confunde
con los faroles mortecinos de sus zocos.

Yo sólo siento que me fundo
lentamente, irresistiblemente,
detrás de sus miradas,
donde se esconden los juegos y las danzas
que cerca de las fuentes compartimos
ajenos a los dogmas de los Libros.

Yo busco, paciente al pie de tantos muros,
que sus miradas prisioneras
y la mía de humilde ignorante de los Libros
apacigüen el fuego de los dogmas,
se eleven por encima de los Atlas
para fundir, con el brillo lejano de otros tiempos,
las nieves que silencian nuestros cantos.

Conversión añil de Majorelle

Ahora que el añil
es lámina argentada al filo de la noche
puedo pasearme a solas,
subir al cenador, volverme parra
o hechicera buganvilla de lento vuelo
que cubra con pudor mis embelesos
y trepe hasta el alféizar de los dioses
para robarles el secreto del pigmento.

Debo ahuyentar las tardes tristes,
el plomo despiadado de Lorena,
ondear al viento las hojas verdes
de mis sueños de pérgola
que lamen las entrañas del desierto,
las albercas misteriosas de su alma,
danzas de agua escurridiza
filtrándose en el río de sus venas.

Tendré que complotar con el silencio
de la flor a la espera de un insecto
atrapado en el redil de la enramada,
volver a ser el niño sigiloso
que teme le descubran sus andanzas
para ascender ligero entre las ramas
hasta el azur ardiente de la llama
donde se abrasan todos mis deseos.

Ahora que el añil
es pacto clandestino con los dioses,
estampo mi silencio sobre el lienzo
reflejo baladí de mis denuedos
y dejo que veneren la memoria
en los cercos frondosos de mi huerto
donde obran el milagro y el destello
del azul floreciente del destierro.

El gran Halka

                                                  a Juan Goytisolo,
                                               salvador de la dulce albórbola
                                                  de Jemaa-el-Fná.

Teñida de rosa, apenas lista para las abluciones,
eres la novia de todos los hombres solitarios
y repartes amor –o lo vendes–
a quien quedó abandonado
en una de tus tardes nebulosas
cuando la Kutubia, tu centinela ausente,
apenas puede amenazarte,
o cuando la voz del almocrí se apaga
ante el festín sagrado de los gnaouas,
ante el profano don de tus gitanas.

De rojo bermejo te me pones,
como las guerreras que ostentan la alheña,
si te contemplo, borrosa y agitada,
esconder de tu algazara las miradas
de tu ejido de cuerpos voluptuosos
bailando al compás de la humareda,
al amparo del miedo y de las dudas
que dejan tras las puertas de sus casas
para entregarse a ti, la fiel hermana,
para mirarse en ti como en sus lunas.

Hay quien te ha visto azul hipnotizado,
yo verde de ilusión que se desgrana
del relicario donde guardas los secretos
de la mujer descalza, del viejo enfermo,
del niño que encontró la monedilla
para llevar un frasco de hamamelis
como un hallazgo de tu entraña
que alivia el rostro sombrío de la espera
como esperan por ti los que se ausentan
de tu ritual de olores y quimeras.

Mas nadie podrá verte nunca negra
porque tu alma es una recompensa
al que a tus pies se rinde sin reservas,
y hasta la viuda del mago de las letras
oyó de ti al juglar de lengua extraña
contar su nombre y el espectro de Averroes,
como encontré en tu seno, ¡oh dulce plaza!,
el ungüento oloroso de mi infancia,
el recuerdo apotecario de la China
en su última morada de La Habana.

Paul Bowles en In Salah

Paul Bowles, a quien alguien
aficionado a los reclusos llamaba
"el recluso de Tánger", no imaginó
que bailarían sobre el asfalto,
reflejo de caras ojerosas
que arrastran sin vergüenza la mañana,
las cobras danzarinas de la plaza.

Ahora se ha adentrado
en la noche azul eterno de las dunas
para no oír, probablemente,
al encantador soplar con su flauta
el último éxito de los Gipsy Kings
ante las miradas bobaliconas
y las faltriqueras desprendidas
de los embajadores de atropellados viajes
que bailan al compás de la cobra
satisfechos de reconocerse,
a sí mismos, en el magnetismo
de la última noche de Marbella,
indiferentes al intenso misterio
del reptil domado por el amo.

Paul Bowles, quien dejó el humo
de su cigarrillo como un talismán
en la terraza de Chez Chegrouni
cuando bajan las estrellas a la plaza,
ha sido visto por un testigo,
quizás el único, tomando té
en el Sahara, no lejos de In Salah.

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