Revista de poesía  
Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
  Se publica en Cuba, de forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.

 
Desde la Atenas de Cuba
 
  Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
 
 
Leticia Herrera Alvarez
Leticia Herrera Alvarez (Michoacán, México, 1954). Ha publicado decenas de libros en los géneros de poesía, cuento, ensayo y novela. Escribe guiones para radio y televisión. Como dramaturga ha puesto en escena algunas de sus obras. Sus textos han sido traducidos a otros idiomas.

Leticia Herrera Alvarez

Somos rebaños

Somos rebaños que
los dioses conducen a donde quieren.
Nos lastimamos al andar,
extrañados de nosotros mismos,
ignorantes de nuestro destino.
Llorando por los padres perdidos,
por los hijos perdidos
por el mundo perdido.
Callamos de golpe ante
el asombro de los nuevos hermanos.
y buscamos consuelo y
volvemos al llanto porque
nadie se nos parece y estamos solos.
Todos estamos solos y eso nos hace iguales.
Somos el nuevo rebaño que
los dioses conducen a tierras vírgenes.

Recuerdo para Ángel

Ven de nuevo conmigo que
he retenido en vuelo
un puñado de luciérnagas
sólo por verte atraparlas.

Hipocampo

Un hombre observa fascinado al
interior de la pecera.
La grácil inclinación de la cabeza
vuelta hacia el pecho casi con ternura
conserva siempre su orgulloso ángulo recto.
La armadura de escudos óseos
da rigidez al tronco en que
parece resguardarse un corazón sensitivo,
y sonríe al pensarlo.
La aleta dorsal vibra como sutil abanico,
y sus ondulaciones lo hacen desplazarse en
posición siempre erguida.
Instintivo repliega en espiral su cola prensil
en torno al tallo marino que,
verdadero, en otro tiempo,
lo anclaba para oponerse
al arrastre de las mareas que
ya no siente.
El hombre observa la estructura firme
desde la cual, dos ojos diminutos y curiosos
lo observan cautos,
cada uno por su cuenta
con igual fascinación.
El súbito arrebato rompió la calma de
las oscuras aguas del estuario
en que praderas de fanerógamas brindaban
tibio refugio a su timidez.
Mimetizado entre las algas,
sin aletas dorsal ni caudal que
denunciaran su presencia,
vivía tranquilo antes de ver
su cuerpo arrebatado por
la mano que lo apartó de su cala.
Su mudo hocico tubular
tiene mandíbulas selladas más
cuando absorbe su alimento
el ruido alcanza millas de distancia.
Descubierto luce ahora sin desearlo
su nobleza de corcel.
Su tránsito detiene ante
la transparente barrera de cristal que
simula no existir y ahí
encuentra sus ojos
y ambos se turban.
Él lo sabía, pero igual lo trajo para
reemplazar al primero,
porque su vida pareció vacía al perderlo.
Su calmo movimiento era la cauda que
lo llevaba a otros mundos y
ahora se contemplan arrobados nuevamente.
El hipocampo en cautiverio morirá en dos días
sin que ninguno de los dos
haya logrado descubrir el enigma del otro,
mas quizá valiera la pena asomarse al misterio.
El hipocampo no comprende el amor del hombre que
lo trajo consigo,
mas quizá también lo ame,
por la forma en que mira.
El hombre no renuncia a la esperanza:
algún hipocampo tendrá que resistir.

22 de julio, 2006

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