Revista de poesía  
Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
  Se publica en Cuba, de forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.

 
Desde la Atenas de Cuba
 
  Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
 
 
Heriberto Hernández Medina
Heriberto Hernández Medina
(Camajuaní, 1964) ha publicado varios poemarios, entre ellos Poemas (Ediciones Matanzas, 1992), Discurso en la montaña de los muertos (Ediciones Unión, La Habana, 1994) y La patria del espejo (Ediciones Unión, La Habana, 1994). Sus años de residencia en Matanzas hacen que se le considere un poeta matancero.

Heriberto Hernández Medina

(sin título)

La ciudad de los puentes se suicida, se adormece en el canto de sus muertos.
En la casa de los músicos
una muchacha, el rostro oscurecido por el miedo,
ha puesto un caracol debajo del sonido;
pero todos sueñan, cierran los ojos y sueñan que no se ha de lanzar,
que no ha de despeñarse
si la música llena todos los laberintos.
En las escaleras han puesto montones de papeles para evitar que suba,
para evitar que salga a los balcones, el pecho abierto
y la ciudad como un testigo que exige un mínimo discurso,
un pedazo de corazón para lanzar del puente.

Han comenzado a repartir a partes iguales el té amargo
y los pedazos de limón cortados
con el filoso ademán de la tristeza,
han comenzado, a cortar en dos la ausencia,
pero la muchacha no quiere recordar que un día estuvo acompañada,
que un día la soledad fue sólo un mal dibujo.
En el reloj antiguo, todos se apresuran a dejar una marca,
una desgarradura en la madera que el tiempo hará sangrar;
entonces todo gesto reprochable será remunerado
toda sangre vertida, será como vestir una amargura antigua;
entonces no habrá de preocuparnos el levísimo vuelo de la muchacha
violentando los aires.
El músico, es un animal dócil e inquieto que ha perdido los ojos,
la ciudad es su máscara;
ha visto llenarse las aguas de luces y de sueños,
pero las muchachas han decidido cortarse los cabellos,
han decidido ponerse un antifaz para olvidar la música.

IV

Salve la inundación, en el febril estero
del recuerdo tu sombra la línea inicia. Lenta
el horizonte niegas; se escucha en la sedienta
armonía de rama o espiga el turbio arquero.

Sin saetas de agua, agua y fiebre vulnero;
es nube, sin mirarte, de su temor exenta,
nombro la exacta nube, la sombra que alimenta
y en agua y en saetas de agua lo exonero.

No traza la distancia desde el fuego a la nada
sólo la línea de aguas que nombras, la distante
profecía del árbol: el bosque agonizante.

Es el espejo en plata , la rana vulnerada
por el espacio inmenso. Su sombra hacia levante
niega la nube y sueña el mar , su semejante.

De Arbol, sueño, eternidad

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