Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
Se publica en Cuba, de
forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200
ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de
2005.
José M. Espino Ortega (1966). Rantés vive en la otra puerta es uno de sus cuadernos de poemas publicados (Letras Cubanas, La Habana, 1996). Otros títulos publicados: Barco de sueños (Ediciones Matanzas, Matanzas) y Magia Blanca (Ediciones Unión, La Habana). Su poema Malaventuranza está antologado en el Tomo III de la Antología de la Poesía Cósmica Cubana (Frente de Afirmación Hispanista, México, 2002).
José M. Espino Ortega
Malaventuranza
Malaventurados los adoradores de la palabra
los que escriben desesperadamente en los muros
los que creen en la oscura profecía
dispuestos a ser una estatua de sal
dispuestos a la gloria y al zarpazo
hombres
nadie debiera atreverse contra la luz
la eternidad es una fábula
rampa de seducir nuestras lenguas
quien posea la palabra poseerá el desasosiego
no podrá morir sin historia
no podrá morir
a eternidad es una fábula
animal castigado con la lluvia de estrellas
aunque nadie espere su testimonio
tendrá que dejar su rastro vergonzoso en las escrituras
días de tigres
en que nos crecerán las uñas irremediablemente
dispuestos a revelarlo todo
a inspiración que no tuvimos
las manos que no alcanzaron
las hogueras de guardar papeles con historias verdes.
Oh triste destino el de los adoradores
dispuestos a revelarlo todo
malaventurados
malaventurados
así sea.
La Dama de Rombo
Las cartas han dicho que la volveré a encontrar
en la vida, pero sin reconocerla.
Amando el amor.
Paul Eluard
Las cartas mienten y uno siempre reconoce lo que no debió abandonarle, fuga terrible de concertar encuentro, que pudieran ser, que ya se dieron.
Ella está frente al vitral, muy próxima al niño del tirapiedras (La noche sueña con la fuente a la que lanzan sus monedas los amantes).
Yo no estoy, yo me oculto para creer ciegamente en la belleza.
Quién nos conduce en esta oscura tirada de barajas si ella también me recuerda, pero no sabe de dónde, y el tigre es el tiempo arañando la ciudad que sólo existió por nosotros.
Difícil descubrirnos en la desnudez ajena, aún cuando hacemos extraños dibujos en las paredes, y tú piensas que el niño debiera romper su tirapiedras y ella piensa que la muchacha debiera huir del entrampamiento de los vitrales.
El tigre nuevamente es el tiempo, que no va a perdonarnos.
Llueve sobre los que se inventaron un nombre, sobre los que dejan caer sus ropas dulcemente. Llueve sobre el trueno y la manzana.
Nadie escribe la historia, quizás porque es peligroso nombrar la intemperie, las hojas girando alrededor de la muchacha, el tirapiedras, el vitral avecinándose al suelo. Aquel niño lloroso.
Y en el aire queda perdida la caricia, y los rostros se vuelven a contraluz, como una mariposa muerta en el júbilo del vuelo.
Mañana juraré que las cartas mienten.
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