Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
Se publica en Cuba, de
forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200
ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de
2005.
Teresa Esparza Oteo (México, 1960)
Es autora del libro Desde lo cotidiano.
Otros poemas y cuentos suyos aparecen en diversas antologías.
Teresa Esparza Oteo
(s/t)
Papá no murió como mueren los demás,
no se fue como el tío Luis,
no está en el cielo, se quedó conmigo.
Sus pasos en la escalera, todos los días a las diez de
la noche,
siguen estando
pero sin ruido,
me siguen a cualquier lugar.
Al pasar de los años parece otro,
puede estar sin cartera,
no se enoja cuando llego tarde o fumo
ni le importa si el café está frío.
También se quedó con mamá,
ella le avisa cuando va a salir,
platica anécdotas pasadas
como si aún estuviera.
No entiendo si sigue un poco vivo
o si nosotras morimos un poco con él.
(s/t)
En esta casa nada se desperdicia.
Con la ternura que ya no usamos, hice un mantel
lo bordé con palabras amorosas que intenté tragarme.
Hay un terreno baldío en la esquina
a veces corto flores silvestres para adornar la mesa
los vecinos creen que es un basurero
cada día es más difícil llegar a las flores
en poco tiempo voy a tener que adornar mi mesa con
basura.
Lo que antes eran caricias y besos ahora son
almohadas.
Cruzando la calle, hay una tienda donde vende de todo
si necesito detergente, aguacates, angustia, desvelo
o hasta platicar un rato, ahí lo encuentro.
Los dueños creen ser una pareja envidiable
siempre agarrados de la mano
cuando quieren pelear se van a la trastienda
gritan sus verdades quedito
no saben que todos escuchamos
yo me guardo algunas de esas verdades, tal vez sirvan
de algo.
Cuando barro mi casa, lo hago con cuidado
para no tirar los pedacitos de lo que éramos
que se nos desprenden día con día
los guardo en el refrigerador para condimentar la
cena.
Lo mejor es alejarse
no percibir el olor y así no recordar a qué sabe.
Tan lejos
que no se escuchen las voces
en el lugar donde se puede llegar a un acuerdo con la
tristeza.
Corazón covacha
Inservible y estorboso, pero
catalogado como guardable,
se acomodó en un rinconcito.
Como en un cuento Kafkiano,
al principio inspiraba piedad,
pasado un tiempo,
no había más que repugnancia.
Acostumbrada a esa presencia,
lo dejé extender su territorio.
Al hacer limpieza,
encontré un basurero,
con nidos de ratas,
lo expulsé,
minuciosamente desinfecté.
Ahora pongo veneno de cuando en cuando,
todavía aparecen ratas muertas en los rincones.
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