Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
Se publica en Cuba, de
forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200
ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de
2005.
Angel Escobar Varela,
Guantánamo, 1957- La Habana, 1997.
Poeta, narrador y dramaturgo. Es autor de los poemarios Viejas palabras de uso (1977), Epílogos famosos (1985), La vía pública (1987), Malos pasos (1991), Abuso de confianza (1992), La sombra del decir (1998), El examen no ha terminado (1999) y Cuando salí de La Habana (1997), y del libro de cuentos Cuéntame lo que me pasa (1998). Su obra teatral Ya nadie saluda al rey fue estrenada en 1989.
En 1991 Escobar viaja a Chile, invitado por la Sociedad de Escritores de ese país. En octubre de ese año está residiendo en Bellavista, el barrio de la bohemia en Santiago de Chile, entre el río Mapocho y el cerro San Cristóbal.
Un año después publica el cuaderno que terminaría consagrándolo en el panorama poético cubano: Abuso de confianza, editado por Kipus 21 en la capital chilena (dos años más tarde sería publicado en Cuba por Ediciones Unión). En el cuaderno aparece un poema a la memoria de Helene Zarour, prisionera política chilena que se suicidó luego de salir de la cárcel:
Nació en el siglo cuyo orden va del ciego ruido
al ruido. (Ay, quién tolera. Ay, qué te identifica.)
En él murió. (Menos le bastaría a Calímaco.)
Murió es error. Porque aún vuelven las tardes a las tardes. (...)
Entre 1993 y 1994 Escobar comienza a escribir en Chile los poemas que luego integrarían el cuaderno El examen no ha terminado, que acaba en La Habana, a su regreso a la Isla, en 1995, y Cuando salí de La Habana. Ninguno de los dos será publicado en Cuba hasta después de su muerte, en 1999 (Cuando salí de La Habana fue publicado en 1997 en Zaragoza, España, al igual que su libro de cuentos Cuéntame lo que me pasa, en 1998).
Dos años después de haber regresado a la Isla, el 14 de febrero de 1997 Angel Escobar se lanza al vacío desde su apartamento en un cuarto piso del Vedado. Tenía entonces 40 años y había publicado varios libros (incluyendo el plaquette Todavía, en 1991), pero su reconocimiento no llegaría hasta la publicación de sus cuadernos póstumos, considerados por los críticos como los más personales. Había tenido una infancia difícil (su madre fue apuñalada por su esposo, su hermano menor se suicidó en la cárcel), le había costado mucho hacer el largo trayecto de su natal Guantánamo a La Habana, del Caribe al lejano y frío Santiago de Chile, y obtener el mínimo de reconocimiento a que todo poeta aspira. Cada obra suya o fue difícil o fue póstuma. Su psiquis estaba tan resentida como lo demuestran sus complejos y perturbadores textos.
Angel Escobar Varela
Cuestiones
No nos quejemos más:
todas las épocas fueron terribles,
todos los tiempos difíciles.
Ahí tenemos un consuelo.
Y, si es que necesitáramos otro -:
que todo vuelva a empezar donde termina
y vuelva a terminar en donde empieza.
Y hay más para el quejoso:
si el tiempo es lineal,
tomémonos el café con azúcar;
si es circular, y todo es el retorno de lo mismo,
tomémonos el café con sacarina,
por si acaso;
o renunciemos al café -
porque los pasos que da Dios, sigiloso,
o Ud., o cualquier otra señora, o señor,
hay quien los lee en las heces,
esos malditos trazos que quedan en las tazas,
cuando uno olvida que los cafetos son de Arabia -
donde impera el Islam, y uno se encuentra
con árabes, por supuesto, que, para peor desgracia,
toman su café bien descafeinado.
Yo no tengo dinero;
pero eso es otra cosa.
Coloquial
Yo escribí una señal de humo fugaz sobre las Islas -
y estuve nueve años parado en un pasillo
esperando que un funcionario le diera el visto bueno.
Yo estuve en Moscú - unos veintiséis grados bajo cero-
entre la muerte de Chernenko y la de Andropov -:
el aduanero me gritó, como a un bandido,
en ruso, por supuesto; y los que iban conmigo
le encontraron razón -
yo era, también para ellos, sospechoso,
y me lo hicieron saber, en español bien claro,
por supuesto -; allí quise tener dos alas,
pero eso no lo entiende la policía del mundo,
y me metieron en un taxi
entre dos poetas de Tropas Especiales -;
yo recité - nuestros ministros son nosotros -:
el Agregado Cultural me miró como se mira a un muerto.
Yo me morí el 20 de marzo de 1987.
Es decir, tres años después de esa mirada -
que me mortificó igual que un Permiso de Salida.
Yo estuve en París -
en el Bicentenario de la Revolución Francesa.
Me cayeron encima cuatro fusilados de adentro
(hablo de Cuba, ya Ud. sabe),
bultos envueltos en periódicos, y los otros,
los muertos de Tianiamen que ya no verían
las pirámides que ahora tenía El Louvre.
Yo estaba solo y loco y aterido -
y una amiga me hablaba de la Francia Profunda.
Después no sé, pasaron tantas cosas.
Hoy trato de hablar sin subterfugios -
los esbirros me miran con los ojos de alguna vaca
sucia. Mi madre, que se murió temprano,
viene y me dice quedo: - No hallan qué hacer contigo-.
Pero ellos sí lo saben;
seguro me mostrarán los instrumentos -
eso, como la bomba de Cohen, forma parte de la función:
no está nunca obsoleto.
Poema sin título, escrito el día antes de su muerte, y dedicado a su amigo, el pintor Nelson Villalobos:
La permutación de las cosas son en Villalobos
la creación de un mundo soterrado que cuando
está en sí, y siempre lo está, hace nacer
de lo aparentemente muerto y trivial
una primavera que carga con todas las estaciones.
Usted puede
que se le acerquen ahora, yo siempre he estado
allí, aquí, acullá, en eso que él ha querido
llamar villalobismo. Y por qué no,
cada uno tiene un modo de entenderse a sí mismo,
y él está buscando o ya encontró esa manera,
se mira y se ve, y eso es un privilegio,
ser su propio espejo, que tu obra te refracte,
y que nunca te repita como se repite a diario
el juego de las decapitaciones.
Vea Ud. e intuya
este incurrir de Villalobos en formas que se fugan,
y si son capaces, en su fugacidad, adquieren la
fijeza, y ese desprenderse imantado
alegría o tristeza, y siempre la sorna de los estilos
que se buscan ya estando en el palacio
de la significación.
Por si a alguien le interesa ejecutar esta pieza
Dicen que acabaré temprano, y así no más,
como un programa de televisión.
Eso será una estupidez de unos quince minutos.
No me llorará nadie.
Ni a la derecha ni a la izquierda ni al centro.
Porque no dije lo adecuado en tiempo justo,
ni lo justo en el tiempo adecuado.
Alguien, cuyo nombre quiero olvidar,
dijo: - El arte sucede-; yo no fui El Almirante,
no vi candelas sobrevolando el mar,
ni tengo los ojos redondos como platos -
tal cual dijo otro que fascina a las poetisas
de todas las edades.Y hablando de edad,
yo, a los seis años, trabajé la tierra -
los haitianos que la trabajaban conmigo
se acostaron en mi alma; otros murieron en el mar -;
son muchos, y me someten a vigilia.
Después, siempre hablando de edad, pasé
por sucesivos internados, que hoy son como palabras
de una frase mal pronunciada -;
no pude ser Stefen Dedalus ni Holden Cauldfield.
Me querían mandar a un Correccional de Menores -
lo que, por suerte, se postergó
como se posterga un buen augurio.
A los nueve años le escribí al Presidente -
porque un Director quiso ahorcar a Román de la O,
que era romántico, como se puede ser romántico
en El Cayo, en medio de la Bahía de Santiago de Cuba.
El Presidente, es justicia decirlo, me contestó -
eso le gustó a una enfermera; pero no al Director,
quien me llevó a dar un paseo, entre pescozones,
en una camioneta blanca y roja y roja
como un poema de William Carlos Williams.
A los trece - me confundo de edad seguramente-,
quise ser maestro; pero no era, ni soy, un evangelio
vivo; a pesar de lo cual la conocí a Solángel -
algo de lo que no me arrepiento: ella era un sueño
que no tenía nada que ver con el de Segismundo -
uno quisiera creerle a Calderón de la Barca -;
pero ella me remitía a Perrault y a La Bella Durmiente,
y, sobre todo, a ella misma: mucho mejor que un cuento.
A los catorce quise ser tenor o guitarrista -
pobre y feroz, siempre en la periferia,
terminé siendo un remedo de actor en los trenes,
y luego paseante en una calle de provincia -,
la calle, la provincia hoy me olvidan
como si los tres fuéramos un sólo pacto rojo.
A los quince entré en la Escuela de Arte -
no sabía quién dijo: - La verdad es belleza;
la belleza es verdad; mas, contra todo lo esperado,
nos pusieron a marchar como las Milicias Españolas
álguienes incapaces de ver o de intuir la defensa de Madrid,
o Guernica, o la espiga que aún es Miguel Hernández -;
y no sólo nos dieron un manual con instrucciones
a cumplir como objetos, sino también un Index -
no a todas las cabezas las acaricia el dogma -,
y nos dijeron que entre nosotros podría estar el enemigo
y que, para estar al frente del frente, había que golpearse.
Ya llevo veintidós años golpeándome -, hoy
tengo treintaisiete; estoy en la Posada del pueblo -
esperando hablar con algún funcionario del Castillo;
alguien se me acerca; unos hombres y mujeres
beben un aguardiente furtivo; cuchichean. Me miran.
Dicen que acabaré temprano, y así no más,
como un programa de televisión.
Eso será una estupidez de unos quince minutos.
Y así, sucesivamente, hasta el cansancio.
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