Revista de poesía  
Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
  Se publica en Cuba, de forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.

 
Desde la Atenas de Cuba
 
  Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
 
 

Poetas suicidas cubanos

Durero
La muerte coronada, grabado de Durero

Danza macabra
Portada de Danza Macabra, de Jans Holbein

Hans Holbein
Grabado de Hans Holbein

El bello país de la muerte

Por Raúl Tápanes López

Fragmentos del prólogo a la antología
El Bello País de la Muerte: Siete Poetas Suicidas Cubanos
(inédita)

El suicidio en la época moderna y su relación con la poesía parece iniciarse con el envenenamiento de Chatterton en 1770. Poetas como Keats, Coleridge y Shelley, entre otros, le cantaron a la muerte del joven cuando en la cultura occidental el acto suicida era considerado moralmente reprobable. Su representación literaria es el personaje de Werther en la famosa novela de Goethe. La poesía, aunque no ha podido evitar hasta el día de hoy la sanción impuesta a los suicidas por la religión cristiana, ha elevado el suicidio a una categoría artística -y mitológica- casi sublime.

Llama la atención, por lo que de inextricable tiene a veces la razón -¿o sinrazón?- humana, la determinación irrevocable de los suicidas que les lleva a insistir una y otra vez en el acto. Entre los ejemplos más conocidos están el del poeta griego Costas Cariotakis, que tras un fracasado intento de ahogarse en el Mediterráneo (1928), se cambia de ropa, desayuna... y se dispara en el pecho. O el de Angel Gavinet que se arroja una y otra vez a las aguas del Duina hasta consumar su anhelo. En Cuba tenemos otros menos conocidos pero igualmente trágicos ejemplos en la insistencia de un Hernández Novás en dispararse varias veces hasta que la bala, finalmente, saliera del viejo revólver para acabar con su vida. O el del matancero Hugo Ania, insistiendo en más de una ocasión en el pasional intento de suicidio a lo largo de los años.

Benjamín Prado, en el prólogo a su antología "Suicidas" (2003) escribe:

"La muerte no es un valor literario ni el suicidio tiene más que ver con la literatura que el amor, el odio, la felicidad, el miedo, la tristeza, el deseo, la traición, la soledad o la envidia. Y, claro, no hay muerte que convierta un libro en algo mejor de lo que es, porque en el espacio hermético e inalterable de las obras impresas, a los relatos, los poemas y las novelas no les importa en absoluto si su autor está vivo, muerto o en un punto intermedio entre ambos estados. Y, en el fondo, a los lectores tampoco. Excepto, quizás, a los más morbosos."
La incidencia del suicidio entre los escritores y poetas es notablemente mayor que en otras áreas de la sociedad. Las razones que pretenden explicar esta situación van desde los particulares rasgos de la personalidad de los artistas y su estilo de vida, hasta los efectos que su arte –la escritura, la poesía- produce sobre ellos mismos. Aunque las generalizaciones pocas veces muestran la apreciación correcta de una problemática, hay quienes incluso aducen como causales de esos suicidios, el consumo de sustancias como el alcohol y las drogas. Estudios médicos han establecido que la ingestión o inhalación de sustancias tóxicas y las armas de fuego son las vías más utilizadas por los poetas para poner fin a sus días, lo que no difiere mucho de la media general. Los extremos más interesantes son los que establecen que la mayor parte de los suicidios ocurre durante el otoño y el invierno y que en más de la mitad de los casos analizados -67 en total, lo que no es mucho- los creadores se encontraban bajo tratamiento psiquiátrico o tenían antecedentes en ese sentido. Otro aspecto interesante son las constantes y numerosas referencias a la muerte y el suicidio en sus creaciones literarias.

En su obra "Folklore de las Antillas" (1909), que recoge numerosas leyendas aborígenes de antes y después de la llegada de los españoles al nuevo mundo, Florence Jackson Stoddard cuenta que los habitantes de las islas, desde las Bahamas hasta las Antillas, se referían a la mayor de las tierras, Cuba, como "El bello país de la muerte".

Según cálculos actuales a la llegada de los conquistadores unos 100 mil indígenas, descendientes de la etnia arawaka o caribe, poblaban la mayor de las Antillas. El demógrafo Juan Pérez de la Riva estima que unos 30 mil de ellos se suicidaron en los años siguientes a la ocupación española, lo que representa -casi un 30% de la población- un holocausto inimaginable en nuestros tiempos. La muerte y en particular el suicidio han estado asociados desde el alba de los tiempos con la esencia misma de los cubanos.

En Cuba hay ciudades como Matanzas, en la región central de la isla, que debe su nombre a una matanza de españoles cometida por los lugareños en los tiempos de la conquista. O un valle como el Yumurí, así llamado porque de sus alturas se despeñaron cientos de indios escapando de la esclavitud por la puerta del suicidio. Precisamente dos de los siete poetas que presentamos vivieron en Matanzas, al lado del valle.

El apelativo de "El bello país de la muerte", fue una de las motivaciones que tuvo el profesor e investigador cubano-venezolano nacido en Nueva York,  profesor de la cátedra de historia en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, Louis A. Perez, para escribir su ensayo "To Die in Cuba" (2005). Perez refiere como ya en 1854, las primeras estadísticas registradas muestran una muy alta tasa de suicidios entre los negros traídos como esclavos a la isla. Según él los esclavos veían en la muerte autoinfligida una forma no sólo de escapar a la dura vida que llevaban, sino también una manera de vengarse de sus esclavizadores, al hacerles perder su inversión. Un poco en la misma cuerda asumida por los insurrectos al incendiar la ciudad de Bayamo en 1870 antes que entregarla al enemigo.

La colonia china que se estableció en Cuba producto de una fuerte corriente inmigratoria que se extendió desde el siglo XIX al XX, también acusó una desusada tasa de suicidio. Datos del censo de 1862 citados por el investigador señalan que la tasa de muerte por esta causa ascendió a la escalofriante cifra de 500 por cada 100 mil habitantes, superando incluso a lo apreciado entre los eslavos africanos. Durante el período llamado de "la República" por los historiadores -de 1902 a 1959-, las muertes por suicidio fueron estimadas en 30 mil, lo que llamó la atención de especialistas y la prensa de la época, recordemos el trabajo "Un pueblo suicida" (1931) de Joge Mañach.
Según Rafael Rojas en su ensayo "Matarse en Cuba" la cifra de suicidas en la Isla en medio siglo ascienden a 100 mil y de ellos unos 70 mil se han quitado la vida en los últimos veinticinco años.

Mientras que en 1969 se suicidaban 8 de cada 100 mil habitantes, en la década de los ochenta la tasa de suicidios asecndió a más de 20 por cada 100 mil. Cuba pasó a ser entonces la nación con más suicidios percápita del hemisferio occidental. Sólo algunos países nórdicos y del este europeo nos superaban estos índices.

En 1996 la Organización Mundial de la Salud ofreció nuevas cifras que indicaban que el país había logrado contener la tendencia al aumento en la tasa de suicidios, fijando los niveles en unas 2 mil muertes por año. Sin embargo las investigadoras Maida Donate y Zoila Macías afirman que realmente el índice estuvo cercano a los 30 suicidios por cada 100 mil habitantes y aportaron además el interesante dato de que la tasa de suicidios entre los cubanos residentes en Miami, Florida, era superior a la de otras comunidades hispanas de Estados Unidos.

Guillermo Cabrera Infante en su ensayo "Mea Cuba" (1993) se refiere extensa e intensamente a los suicidios políticos en la Isla durante el siglo XX. Más recientemente otros escritores como Eliseo Alberto ("Dos cubalibres", 2005) nos hablan de artistas y escritores suicidas como los poetas Raúl Hernández Novás y Angel Escobar, los narradores Guillermo Rosales y Miguel Collazo, la pintora Belkis Ayón y la historiadora Raquel Mendieta.

A decir de Rafael Rojas en el ensayo que citamos, "ese impulso de aniquilación no es atribuible, únicamente, al establecimiento de un orden comunista en el Caribe, sino a una experiencia traumática de la historia y a un ejercicio patológicamente afectivo de la vida social y política. Desde fines del siglo XIX y, sobre todo, desde las primeras décadas del XX, ya los índices de suicidio en Cuba estaban por encima del de la mayoría de los países latinoamericanos (...) Las fantasías occidentales establecen a Cuba como una isla caribeña, con fuertes tradiciones de alegría y comunitarismo, capaces de movilizarse contra la racionalidad moderna. La vocación suicida de los cubanos, sin embargo, describe a una ciudadanía atormentada, incapaz de liberar frustraciones históricas, reacia a superar traumas nacionales y demasiado proclive a la experiencia afectiva de los conflictos políticos".

¿Según una investigación llevada a cabo en Matanzas en 2006 y publicada en la "Revista Médica Electrónica", la media de los suicidios en la ciudad de Matanzas en el período 1989-2003, no se diferenció mucho de los patrones internacionales. El equipo médico conformado por Ismary Garrote Rodríguez, Jana Fernández Alfonso, José M. Morales Rigau, Fernando Acebo Figueroa, Fernando Achiong Estupiñán y Berta Bello Rodríguez, llegó a la conclusión que los indicadores eran idénticos a los de otros lugares en cuanto a la estabilidad de la tasa de suicidios, su distribución y por edad y sus tendencias a mediano plazo. El artículo, sin embargo, admite pero no explica la contradicción entre el estudio y la existencia de una alta tasa de suicidios para toda la Isla en el mismo período, tasa situada por la OPS (Organización Panamericana de la Salud) entre 18,8 suicidas por cada mil habitantes -para 1999- y 18,2 por cada mil -para 2001-. Si a ello agregamos que la tasa de homicidios para Cuba en ese período fue de 10,2 por cada mil habitantes -muy baja dentro del contexto latinoamericano-, tendremos que admitir la muy alta incidencia del suicidio en la sociedad cubana.
(...)

Aparentemente más extendido el suicidio entre los poetas de un sexo que los del otro, apenas una mujer hemos podido incluir en esta muestra. Por su escasa relevancia en la poética cubana y los inconvenientes ya aducidos en la labor de investigación, nos ha sido difícil conseguir material y datos sobre Marta Vignier; apenas algún libro publicado y una trayectoria más de funcionaria en el sector cultural que de poeta reconocida, hoy la convierten en una figura olvidada, diluída en el tiempo. En ella, más que en otros casos, queda claramente dibujada la dualidad del suicidio, su luz y sombra, su doble filo de desesperación y gloria. Cuando especiales circunstancias o la impronta de su obra no logran fijar en la memoria de su época la excepcionalidad -o al menos cierta particularidad destacable- de su paso por la vida, el poeta, escritor o artista se pierde como una estrella fugaz en el vasto firmamento de la cotidianeidad. El cadáver de la poeta inerte sobre el asfalto luego de precipitarse de las alturas, no logró siquiera la trascendencia de aquel otro suicida que se lanzara desde un vigésimo cuarto piso en Santiago de Chile y que quedara inmortalizado en "La paloma de Santiago", del poeta ruso Evgueni Evtushenko. Quizás a veces falta la paloma o un verso que nos sobreviva -como pedía Buesa- para que nos recuerden en alguna oscura antología o selección. Por ello la hemos colocado como preámbulo al cuerpo central de esta selección.

La relación de siete poetas suicidas que da motivo y cuerpo a este trabajo se inicia con un matancero, Hugo Ania Mercier, quien además de esposo de la poeta Carilda Oliver Labra durante un tiempo, fuera un conocido poeta en la ciudad de Matanzas y que consumó al menos otros dos intentos de suicidio antes de su acto final.

Declarada en el siglo XIX "la Atenas de Cuba", la ciudad de Matanzas debe su nombre a un hecho de sangre ocurrido durante los albores de la conquista, cuando los indígenas que allí vivían dieron muerte a los españoles que pretendían atravesar la bahía en sus embarcaciones. De esa misma época iniciática es la leyenda del Yumurí, un paradisíaco valle que la circunda en parte, donde se cuenta que numerosos indios se arrojaban desde sus despeñaderos para escapar de la esclavitud por la vía del suicidio, pregonando a gritos su muerte y dando origen al nombre. Allí escribió Gabriel de la Concepción Valdés su estremecedora "Plegaria a Dios", mientras esperaba su fusilamiento por cargos de conspiración contra la metrópoli. En sus viejas calles y sombríos caserones de la época colonial, vivió hasta morir inmerso en la locura, el genial José Jacinto Milanés. También allí escribió sus versos un Bonifacio Byrne que tuvo que marchar al exilio tras protestar contra el fusilamiento de Domingo Goicuría en sus versos. Méritos suficientes -junto a muchos otros no mencionados- para que la ciudad sea asociada por sus apologistas con la muerte, la locura y la poesía.

Precisamente Otro de los poetas incluídos es Luis Marimón Tápanes, que aunque nació en La Habana vivió la mayor parte de su vida en Matanzas y es considerado, aún hoy, uno de los más notables poetas de la ciudad, que no son pocos. Aunque la muerte de Marimón, que ocurre, como la de tantos otros poetas cubanos, fuera de la Isla, no haya sido certificada -al menos desde el punto de vista legal- como un suicidio, hemos optado por incluirlo acá por considerar que su vida toda fue un desafío constante a la muerte, un juego interminable con la vida que, bien lo sabía el poeta, iba finalmente a resolverse de la única manera posible. En Marimón más visiblemente que en otros, están dadas todas las características cósmicas y tanáticas que se le achacan a la ciudad y a sus poetas. En al menos dos ocasiones el bohemio Marimón intentó terminar con su vida, una de ellas de forma aparatosa, cortándose las venas. Su aceptación de la muerte como estación de paso -característica recurrente en la mayoría de los poetas suicidas- es evidente en muchos de sus poemas, especialmente en los más logrados. Por todo ello somos de la opinión- al igual que algunos otros escritores que le conocieron- que su fatal apuesta de ingerir hasta el fondo una botella de whisky para ganar una competencia en un casino de Las Vegas, fue un acto de suicidio, que premeditado o no, estuvo siempre dentro de sus expectativas.

El resto de los poetas no es menos representativo de las tendencias históricas. Uno de ellos, Eddy Campa, autor de uno de los más desgarradores textos de la poesía de los últimos años -"Memorial Park"- reedita en pleno siglo XX y en una ciudad como Miami la desaparición de El Cucalambé, lo que nos muestra una vez más la repetición cíclica de la historia.

La relación entre poesía y suicidio, entre el exilio y la muerte, entre cultura y política, es todavía más evidente al profundizar en la vida y obra de Reinaldo Arenas, una de las grandes figuras de la literatura cubana después de 1959. Las premoniciones y los indicios advisores de una muerte temprana, violenta o de propia mano, son frecuentes y fácilmente rastreables en la obra de los poetas de todas las latitudes, sin embargo en Arenas adquiere una particular intensidad a la que no podemos sustraernos: en uno de sus escasos momentos de gloria en su tierra natal, él sentenció -en la Universidad de La Habana- que "nuestra América", como le llamara Martí, no es sólo un continente controversial ni un tercer mundo, sino un mundo distinto dominado por dos fuerzas: la magia y la persecución. Un mundo donde el tiempo y lo real están prefigurados "por el mito y el ritmo, por la intuición y no la razón", en sus propias palabras.  En un artículo de hace algunos años agregamos:

"Este distinto tiempo americano exige que el héroe sea el poeta que vive perseguido. Se convierte así la poesía en la más alta expresión de la libertad y adquiere coherencia el discurrir poético y político de Martí, artificiosamente fraccionado por los biógrafos (Lizaso, Mañach, Don Ezequiel) y los críticos literarios (Vitier, Manuel Pedro, Schulman) que nos proponen bien un héroe que sacrifica la poesía en aras de la política, bien una imagen poética del mundo en que se inscribe su acción pública".

En nadie, como en la infeliz vida de Reinaldo Arenas, llena de cumbres y abismos, se pone mejor de manifiesto la persecución y el mito, el sexo, la política, la muerte. Incluso en otros suicidas aquí estudiados se repiten, aunque desdibujadas, las características de las fuerzas enunciadas por Arenas.

Poco después de Arenas se suicida en la Isla, Raúl Hernández Novás, sin duda alguna el más destacado de los poetas cubanos de su generación. Si en el caso del autor de "Antes que anochezca"  su condición homosexual fue la causa detonadora de su castigo y persecución en lo político y lo social, Hernández Novás fue constantemente perseguido por otras entidades más incorpóreas: los fantasmas de su desequilibrio psicológico. Su retraimiento, su convicción de que vivía una existencia no merecida y la privación -por la desaparición física de ella- del afecto de su madre, lo llevaron a la drástica decisión reiterada una y otra vez: cuatro veces debió apretar el disparador de un viejo revólver casi inutilizable para que finalmente una bala terminara con su vida.

Otro de los suicidas, que podríamos inscribir no sólo entre la élite oficialmente reconocida de la poesía cubana, sino por derecho propio entre lo más notable de la poesía cubana de dentro y fuera de la Isla, fue Angel Escobar. Vivió unos cortos años en Santiago de Chile antes de suicidarse poco después de su regreso a La Habana. También perseguido por sus demonios -propios y ajenos-, entre ellos un creciente desequilibrio mental, se lanza al vacío desde su apartamento en el Vedado. Mucho se especula todavía sobre las causas últimas de su decisión, que preferimos obviar, pero en sus textos puede apreciarse el doloroso vía crucis que provoca un estruendoso in crecendo en sus imágenes y pensamientos. El título de una antología póstuma de su obra, publicada por la Editorial Betania que dirige el poeta Felipe Lázaro, está tomado de sus escritos y es sumamente ilustrativo: "Duele ser dos sombras".

Juan Francisco Pulido, otro joven que se suicida tras abandonar la Isla, cierra el ciclo en la misma cuerda de un Arenas y de un Calvert Casey.

No hemos querido incluir en el cuerpo principal de este trabajo dos figuras sin embargo emblemáticas del suicidio en la literatura cubana después de 1959: el ya mencionado Calvert Casey y uno de los escritores que marcara con su particular obra más de un hito en la narrativa cubana, Oscar Collazo. La reticencia que ha determinado esto es que no podríamos, en puridad, considerar poetas a ambos, a pesar de que Casey escribió algunos poemas -especialmente conocido uno de ellos, "A un viandante de  2778"- y que la prosa fantástica de Collazo está a mitad de camino entre la narrativa y la poesía. Por ello preferimos apartarlos del resto, poetas más clásicos, pero no dejar de mencionarlos. El primero -Casey- destaca por su intensa y atribulada trayectoria, por su canto prometéico a los sentimientos que en él despierta su homosexualidad y en el segundo -Collazo- llama hondamente la atención la forma escogida para poner fin a su vida: clavándose una aguja en el pecho, a la usanza de algunos suicidas de siglos anteriores y sus últimos años, marcados por el alcoholismo.

De algunos poetas poco conocidos, ya olvidados, quedan tan pocas huellas que apenas si alcanzamos a mencionarlos, como Jesús Manuel Suárez Estrada, autor de al menos un cuaderno publicado que se ahorcó de un árbol en pleno Parque Lenin de La Habana. Tampoco hemos considerado otros casos en que los poetas han muerto por causas violentas pero ajenas a su voluntad o en que los suicidas, a pesar de tener una estrecha relación con la poesía, no pueden ser considerados poetas en puridad, como es el caso de Haydeé Santamaría, que se suicidó con arma de fuego y tuvo una notable influencia (por su labor como funcionaria de la cultura) en los poetas, escritores y artistas en general de la época.

Abramos la puerta de la palabra a los suicidas.

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