Revista de poesía  
Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
  Se publica en Cuba, de forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.

 
Desde la Atenas de Cuba
 
  Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
 
 
Raúl Tápanes López
Raúl Tápanes López (Matanzas, Cuba, 1953) ha publicado Antología de la Poesía Cósmica de Matanzas, Cuba (junto a I.S. Merlin) y los poemarios De la desesperanza y otros poemas (1999) y Reiteraciones o peregrino al borde de la tierra (2001). Director de la revista independiente de poesía Arique desde julio de 2000.

Poesía: subversión y compromiso social

Por Raúl Tápanes López

Hay muchas formas de matar a un poeta –dice Alexander Solshenitsin- sin llevarlo a la tumba, a la muerte física. Para el poeta lo primero es la poesía y ésta necesita indispensablemente de su público. Cualquier presión excesiva sobre alguno de estos tres elementos –poeta, poesía, público- influye en los otros deshaciendo la empatía, el milagro. Las entidades conservadoras (ortodoxias las llama Octavio Paz) no admiten opiniones heréticas, ni apenas divergentes. El poder político, religioso o económico tiende a la inmovilidad en razón de su subsistencia(1). Una vez asumido el control del poder, la dinámica propia que de él emana impele a su mantenimiento supeditándolo todo, incluyendo al arte, a esa fuerza centrípeta. Es por ello que históricamente, luego de la eclosión inicial, los grandes imperios de poder, sabiduría o religiosidad se anquilosan y empantanan.

La filosofía explica que una renovación histórica puede terminar un sistema de control del tipo que fuere, pero nunca significará una verdadera revolución en la manera de pensar(2). El camino se origina, generalmente, a la inversa. La expansión hacia nuevas formas de pensamiento y de sensaciones de extroversión ilimitada, tan queridas al arte y en particular a la pioiesi, se ven sin embargo contaminadas y limitadas más allá de sus imperfecciones propias, por el subyacente conflicto de intereses con la dinámica particular de las entidades conservadoras(3). Una variante similar en sus conflictos a la expresada, es la que enuncian los que otorgan categoría social a la creación artística en su carácter de producto estético o ideológico(4). Hace ya casi un siglo escribía Freud en su obra La interpretación de los sueños:

El escritor político que tiene verdades desagradables que decir a los que ostentan el poder, se encuentra en una situación comprometida: si lo dice todo, sin reservas, el gobierno lo censurará retrospectivamente en el caso de expresiones verbales de opinión, o preventivamente si se van a publicar en la prensa.

Los centros de poder van extrayendo en la sucesión nuevas variantes más perfeccionadas de la experiencia anterior. Esa reiteración en el actuar va dejando un sedimento inconsciente aún en aquellos que reniegan de él. Las diversas entidades conservadoras además, establecen una santa alianza en defensa de su común naturaleza intrínseca, aunque sólo sea de manera solidaria o inconfesada. Así se oponen por ejemplo, tanto a la pornografía como al arte aún inconscientemente subversivo en un plano puramente estético(5). Ello implica la suposición de que es preciso eliminar toda manifestación de pornografía o renovación del pensamiento. Esa falsa actitud inducida por las fuerzas retrógradas contraviene la imprescindibilidad de los contrarios, establecida hace milenios por los primeros pensadores. La eliminación de los contrarios, en el fondo por obstaculizar la inmutabilidad del poder, busca impedir el acceso a nuevos conceptos rompiendo el vínculo del público –y por tanto del arte- con aquellos.

Una vez ejercida la acción quizás parezca que se ha restaurado, aunque sea en una ínfima porción, el amenazado ordenamiento de la ortodoxia. Pero es este un concepto peligroso si nos atenemos a la historia. Comprendiendo esto, los intereses hegemónicos en el último siglo han recurrido con mayor frecuencia a la domesticación de los intelectuales y cuadros en sustitución del arcaico método de la represión directa, ahora aplicada sólo en casos extremos o en la fase agónica del poder.

El estado del colonialismo tardío somete a sus trabajadores a olas de presiones sicológicas y violaciones de los “ajustes”. No hay persecución de ideas. Hay silencio longitudinal, casi perfecto, o bien amenaza de exclusión social. (Eduardo Rosenzvaig, Las condiciones del escritor en el colonialismo tardío, Revista Casa de las Américas, La Habana, 1996).

En el tema que nos ocupa esa domesticación es el estímulo y fabricación de una poética oficiosa, de una poesía oficial que sirva de sustituto desnaturalizado de la verdadera creación(6). El método es simple, generalmente exitoso y difícil de resistir; los que entran en los parámetros establecidos como tolerables por la entidad conservadora, reciben de ésta los honores y demás favores inherentes al servicio prestado. A veces en el centro de poder, la ortodoxia propone el abordaje de una determinada temática conflictiva pero controlable –llámese social, mística o erótica-, otras veces excluye esa posibilidad prescribiendo un arte per se, supuestamente puro, aséptico. La aparente contradicción no es más que coincidencia, los extremos se tocan desde los albores de la humanidad. Por eso el tratamiento o no de una temática en particular no es en lo absoluto garantía no ya de enfrentamiento, sino tampoco de indepencia de la cultura respecto del poder. Recordemos que la subversión poética no es el resultado del tratamiento directo del asunto, sino de su naturaleza íntima.

En nuestro tiempo el lector promedio no pretende que el creador se ajuste a su enfoque particular. Cada vez más vemos el éxito de obras que agreden la percepción habitual del público; es época de emociones fuertes, de contradicciones y provocación, incluso sobrepasando los límites considerados tradicionalmente inviolables. Pero lo que sí se considera esencial más allá de temas, políticas o costumbres éticas, es la individualidad, la fidelidad a la propia naturaleza única y particular del creador, del poeta. Su mayor detracción sería entonces su solubilidad en ese discurso oficial de las entidades conservadoras(7). Junto a este enfoque de la literatura en cuanto problemática social, surgen otros aspectos de novedosa consideración. Se atiende menos a la leyenda muchas veces oficiosa del autor y más al logro de su comunicabilidad, de la expresión original de su propuesta(8), preferida incluso por encima de consideraciones políticas o estéticas. La poesía se convierte en un cuerpo contradictorio, múltiple, que al excluir un sentido único de expresión reafirma su carácter social y subversivo(9). Hemos arribado entonces a la esencia del problema, esa substancia non apparentum, contradictoria, diseccionada hasta sus más ínfimas porciones, particularmente rebelde, iconoclasta, incorpórea: el poema.

Una de las varias denominaciones que intentan englobar los caminos del poema es la de poesía social. Este término un tanto vago e inexacto por cuanto ya convinimos en considerar toda la cultura un producto social, sirve de cómoda referencia que engloba la poesía que más directamente asume su papel subvertidor, con una añeja y profusa trayectoria histórica. Y este controvertido cartel de poesía social ha sido en las últimas décadas vinculado al juego político e ideológico de determinados sectores, a favor o en contra de los centros de poder; enredada en los múltiples peligros que la acechan –la domesticación, el rejuego grosero y coyuntural del oportunismo político, la palabrería hueca, las contradicciones entre poeta como ente social y creador, etc-, ha ido perdiendo validez en los tiempos que corren. Muchos, tal vez demasiados poetas, renuncian a relacionarse con términos tan desprestigiados y se van al extremo opuesto, obviando en sus textos toda referencia política, social o histórica(10). Esa actitud es errada en cuanto no obedece a una falta de motivación, de impulso, sino a su represión consciente(11). De esta forma el poeta hace el juego a la entidad consevadora que ha terminado imponiendo sus reglas de juego: el no compromiso es, en este caso, también un comprometimiento con prejuicios no gratuitos, sino artificialmente inducidos por las ortodoxias respecto de la poesía más directa y radical. Surge entonces, si de proyecciones hacia las antípodas se trata, el cuestionamiento y la pregunta claves: ¿Es la poesía social un ente comprometido? ¿Con quién o qué es válido ese compromiso(12)? Intentemos algunas aproximaciones.

El compromiso, ese término algo simplista, ambiguo e impreciso como la palaba en sí, va a depender en primerísimo lugar, del nivel de profundización, del grado de ahondamiento alcanzado por el creador en su yo íntimo o sea, en esa entelequia que es paradójicamente, sinónimo de proyección hacia los demás, de adopción de un dolor supremo, una línea maestra o un principio no necesariamente dogmático, pero sí consecuente. Cuestiones todas que pudieran implicar incluso –no lo afirmo, pero es bueno dejar siempre espacio para la duda, una especie de antídoto contra lo absoluto-, su coincidencia eventual con el discurso del poder, pero de ningún modo su integración al esquema de las ortodoxias o sus opositores de ocasión. Algo más, en fin, que oportunismo, que literatura oficial que hace el juego desde la banca o la oposición a la entidad conservadora(13).

Un poco que caemos entonces en los cuestionamientos supremos que nos atormenta tanto: ¿Qué es la poesía? ¿Para qué sirve? Pero no vamos a sumergirnos en esos abismos demasiado profundos y por lo mismo sólo visitables por los sabios; limitémosnos apenas a su entreveimiento parcial, a su contacto tangencial. En este nuevo siglo tan oscuro y en estas provincias del mal que habitamos entre dudas, egoísmos y opresiones, la poesía puede tender puentes hacia nuevos sentimientos y armonías, hacia horizontes más limpios(14). Y puede haber otros conceptos menos idealistas, puede haber trampas ocultas, porque en definitiva la poesía es también una representación, un escenario discursivo donde se intenta pensar, sentir y definir mediante la construcción de un producto místico pero real, social y sin negaciones válidas(15).

Pero todas estas aproximaciones un tanto filosóficas, espirituales y por lo mismo físicamente poco concretas, no pueden sostenerse en la vida práctica con la política del avestruz, el rehuir la implicación social, el compromiso, la esencia subersiva de la poesía que es transgresión, acto violatorio y definitivo(16). La poesía verdadera, que es social, no la oficial o la carente de naturales referencias, está en continuo intercambio crítico con el ambiente que la rodea y pretende domarla. Ambiente frente a poeta y frente a poesía. Forcejeo, incomprensión, rozadura (...), dice Odón Betanzos Palacios.

La poesía reviste una complejidad mayor que aquellas referenciales más o menos directas que el discurso propone (...) Cuando un poema, por su fuerza expresiva y sus valores estéticos, sobrepasa la contin gente adversidad histórica que lo inspiró, los lectores ejercitaremos nuestro propio compromiso con ese texto que fluye con energía, mágicamente(17).

Con estas palabras de Norma Pérez Martín queda resumida la esencia de todo lo expresado con anterioridad: el compromiso de la poesía es con el lector, que se identifica con el yo íntimo del poeta, y en ese escenario, en esa representación, asumimos con la aceptación o no de referencialidades del ambiente una actitud de apoyo o enfrentamiento a todo lo conservador, a lo que representa la ortodoxia y el poder, mediante una expresión, una forma, una idea que siempre será social, comprometida, aún a pesar nuestro. De esta forma mientras caen ortodoxias e imperios, tabúes morales y muros de piedras, la poesía permanece misteriosa e incólume(18), subversiva y comprometida... a pesar de todo.

Notas

1. La confabulación del poder político y la ortodoxia ideológica se resuelve invariablemente en sociedades jerárquicas que tienden, sin lograrlo nunca del todo, a la inmutabilidad. Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe.
2. Enmanuel Kant, Crítica de la razón pura.
3. Ver a A. Vera-León en El uno y su doble, La Gaceta de Cuba, La Habana, septiembre-octubre de 1996.
4. Toda creación artística es también práctica social, y por ello, producción ideológica, precisamente porque es un proceso estético y... no porque sea una práctica social que represente tal o cual realidad. Claude Duchet, Sociocrítica, prácticas textuales, culturas de fronteras.
5. Para anular a la poesía s eha creado toda una organización de falso pudor, parecida a la que existe para limitar la extensión del amor. Aldo Pellegrini, La acción subversiva de la poesía.
6. Aldo Pellegrini, ob. cit.

7. Ver a Mario Benedetti en Letras del continente mestizo. Arca, Montevideo, 1967
8. El garante de la verosimilitud del sentimiento deja de ser paulatinamente la biografía o la personalidad de su propio autor (...) Ya el autor no puede garantizar el carácter genuino de las emociones expresadas. Estas deben ser convincentes por su propia expresividad, por su valor estético y formal, sin referirse a nadie en general y a todos en particular. Gonzalo Millán. Recuerdos del porvenir.
9. Hugo Achúgar, Sobre escenarios y representaciones en poesía.
10. Ver a Sigfredo Ariel en Fast Delivery / Entrega instantánea, El caimán barbudo, La Habana, no. 285.
11. Aldo Pellegrini, ob. cit.
12. ¿Qué es esto del compromiso en la poesía? ¿En qué y ante qué ha de comprometerse el creador? Compleja tarea ésta de convocar al pensamiento a fin de que analice el nexo racional y poético que enlaza términos tales como poesía y compromiso, o las particularidades que los separa. Julio Aristides.
13. Ver a Mista Yáñez en ¿Y por qué no vivir en Candonga?, Unión, La habana, no. 23 de 1996.
14. Sirve la poesía, deberá servir, será su función, armonizar el espíritu universal, conducir con la emoción, hacernos ver otras luces, otras sensaciones, superiores, angélicas, de casi cielo y casi conducta. Odón Betanzos Palacios, A la búsqueda de una interpretación de la poesía.
15. Hugo Achúgar, ob. cit.
16. Ver a Omar Pérez en El loco servicial, notas sobre poesía y traducción, Unión, La Habana, no. 24, 1996.
17. Norma Pérez Martín, Escrito en América, Corregidor, Buenos Aires, 1998.
18. Raquel Jodorowsky en Cuaderno Carmín de poesía, Buenos Aires, no. 9 de 1997.

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