Revista de poesía  
Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
  Se publica en Cuba, de forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
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José María Heredia
José María Heredia

Casa natal
Casa natal del poeta en Santiago de Cuba

No hay imagen disponibleAmarilys Ribot es una joven periodista matancera, dedicada al quehacer cultural en Matanzas, Cuba.

La casa del poeta Heredia
en Matanzas

Por Amarilys Ribot

La errante vida del poeta cubano José María Heredia tuvo un hogar de elección en la ciudad de Matanzas, en la cual transcurrieron momentos definitorios de su existencia: su estreno como autor dramático, el ejercicio de la abogacía, la conspiración independentista, el destierro... y la última visita a la Patria.

La amplia información sobre este hombre "símbolo de su patria", como le llamara el Héroe Nacional José Martí, se enriqueció este octubre al develar una placa en la vivienda matancera donde aquel pasara algunos de las mejores etapas de su juventud.

La casa fue buscada afanosamente hace casi un siglo por el erudito José Augusto Escoto, quien desistió debido a las transformaciones arquitectónicas del inmueble y su entorno. Las pesquisas del famoso director de la Biblioteca Pública de Matanzas fueron retomadas por otros investigadores y biógrafos hasta que, a inicios del 2001, llegaron a buen fin gracias al doctor Ercilio Vento. Según el presidente de la Comisión provincial de Monumentos, “las investigaciones tropezaron con dos dificultades que de algún modo demoraron el proceso. Una lo fue la deficiente información documental obrante en archivos y lugares de consulta que no facilitaron la rápida correlación de los datos. La otra estuvo dada por las transformaciones estructurales, tanto de la propia vivienda en estudio, como de la manzana donde se le sitúa”.

Escoto reseñó que Heredia vivía en la calle O'Reilly (hoy Tello Lamar o Río) en el sector correspondiente al barrio o cuartel de San Juan de Dios, en la acera de la derecha, según se avanza dando la espalda al mar. En el Padrón General de este cuartel, presentado al Ayuntamiento de la ciudad, aparece viviendo la señora Doña Mercedes Heredia, de 30 años, viuda, natural de Santo Domingo, junto a sus hijos José María, de 18 años; Ignacia María, de trece; Rafaela, de seis; María de los Dolores, de tres, y María de la Concepción , de dos años; a quienes acompañaban tres esclavos. Un total de nueve personas. “La vivienda en cuestión no era propiedad de los Heredia –explica Vento– sino de Cristóbal Martínez, quien la vendió a Joaquín de la Fuente , de lo cual consta pública escritura fechada el 20 de marzo de 1820”.

La información sobre los propietarios y vecinos colindantes le permitió al también presidente de la Sociedad Espeleológica de Cuba ubicar el sitio preciso de la vivienda, cuyas condiciones originales cambiaron sustancialmente a lo largo de 180 años, salvo alguna pavimentación y contorno de lo que fuera la planta.

Actualmente el bloque constructivo está integrado por tres viviendas numeradas con la cifra 54, de lo que se deduce su antigua pertenencia a un mismo cuerpo inmobiliario. Una observación cuidadosa permite identificar elementos que tipifican su estructura original: un frente común para las dos casas (hoy remodeladas) de los extremos, con techo de tejas españolas y pendiente hacia un patio, convertido en pasillo destechado, y parte del pavimento de lo que en su momento fue la entrada principal escoltada por dos ventanas laterales. “Aún después de las drásticas transformaciones, se advierte el alto puntal, característico de la construcción colonial en los principios del siglo XIX”, acota el investigador.

“Obviada la división actual en tres viviendas independientes, la reunión de las partes integra un inmueble suficientemente amplio para dar cobijo a nueve personas. El diseño reconstruido de la planta cobra sentido lógico sólo cuando se reúnen las partes ahora desmembradas. La casa debió ser amplia, dotada de gran portón y ventanas por las que –como observara un viajero de esa época– bien podían dar paso a un quitrín o una calesa. Esta disposición permitía ventilar cómodamente las habitaciones en la estación calurosa, aunque prácticamente exponía a la vista pública la intimidad familiar.”

Esta no fue, sin embargo, la única vivienda donde residiera en Matanzas “el primero, cronológicamente, de nuestros grandes poetas del siglo XIX”, como lo calificó el crítico literario Salvador Bueno.

Nacido de padres dominicanos en la ciudad de Santiago de Cuba en 1803, el joven José María tuvo un talento precoz. Impulsado por su padre al conocimiento de las letras, ya a los ocho años traducía al poeta latino Horacio del latín, y a los 16 se sabe que escribía poemas. En 1817 comenzó sus estudios de Leyes y, un año después, tomó habitación por primera vez en Matanzas, en la casa de su tío, el abogado Ignacio Heredia Campuzano, sita en Contreras y Ayuntamiento.

En su primera estancia en la ciudad, que no habría de durar más de un año, Heredia actuó en el estreno de su obra o –obra que se supone traducida del francés– en un pequeño teatro conocido como La Casa de Caraballo.

La encantadora localidad, que por entonces transitaba aceleradamente hacia su esplendor económico y cultural, fue de seguro un buen estímulo para su espíritu, pues en ella también compuso su tragedia y el sainete , en el cual –según refiere el historiador Israel Moliner– aparecen por primera vez el negrito, el guajiro y el español, personajes que habrían de convertirse en los principales del posterior teatro bufo cubano.

En 1819, el joven estudiante abandonó su “suspirada Cuba” para irse con su familia a México, debido a la labor del padre, quien encontró allí la muerte. En 1821, la familia vuelve a Cuba y sientan residencia en Matanzas, en la casa de Río 54.

Es este uno de los períodos más fecundos de la vida del poeta: se gradúa de bachiller en leyes y, poco después, de abogado; funda la revista , donde publicó varios escritos suyos; escribe su tragedia ; se inscribe en las Milicias; se afilia a una conspiración independentista en los Caballeros Racionales, rama matancera de la sociedad secreta denominada Soles y Rayos de Bolívar. Denunciado el 31 de octubre de 1823, y con una orden dictada en su contra el 5 de noviembre, José María debe refugiarse en casa de un amigo y escapar, disfrazado de marinero, en el bergantín Galaxy rumbo a los Estados Unidos, país que abandonaría poco después para dirigirse a México.

Así describió él su agitada vida: “El torbellino revolucionario me ha hecho recorrer en poco tiempo una vasta carrera, y con más o menos fortuna he sido abogado, soldado, viajero, profesor de lenguas, diplomático, periodista, magistrado, historiador y poeta a los 25 años”. El escritor José M. Chacón y Calvo agrega que “fue también tribuno, (...) fue alpinista, fue un conspirador condenado a muerte, fue padre de muchos hijos y fue, por siempre, un hombre abatido por la pobreza, por la angustia nunca interrumpida del vivir cotidiano (...) un soñador virgíneo y nuevo a quien nunca, ni aun en los mismos días de su temprana muerte, dejó de consolar, de fortalecer, de dar nueva esperanza, el resplandor de la belleza”.

Considerado en Cuba un emblema de poeta y revolucionario, Heredia pasaba momentos difíciles en el extranjero, con poca salud, menos fortuna y la añoranza creciente de la Patria. Así , escribió al Capitán General, como máxima autoridad del país, abjurando de sus ideales y solicitando su permiso para regresar. “El gobierno colonial, que vio ante sí la posibilidad de ganar fama de condescendiente permitiendo el regreso de un enemigo de antemano derrotado, no vaciló en conceder el permiso”, acota el historiador Urbano Martínez Carmenate.

El anhelado regreso ocurre en noviembre de 1836, pero el autor del no encontró paz entre los suyos. La reacción en la Isla fue adversa: “Lo abrazaba y sentía vergüenza, sentía indignación, sentía lástima. Lo veía como un desertor, como un tránsfuga, abatido, humillado, sin poesía, sin encanto, sin virtud”, expresa el escritor matancero Félix Tanco al dominicano Domingo del Monte, quien lo califica, a su vez, de “ángel caído”. La explicación la ofrece Martínez Carmenate: “Si hasta ese instante la poesía patriótica del cantor desterrado representó el más alto símbolo de la cubanía, ahora esa bandera política se arreaba cuando más urgidos de ella estaban sus compatriotas”. Sólo uno de sus antiguos amigos, el intelectual habanero José A. Echeverría, lo compadece un poco. Sólo un gigante, José Martí, también poeta y patriota, se atreve a reivindicarlo: “había tenido valor para todo, menos para morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas”.

Refugiado en el hogar materno en Matanzas, aquella misma casona de Río 54, Heredia pasa dos lacerantes meses en Cuba antes de partir definitivamente a México, donde falleció el 7 de mayo de 1839. Cinco años después, su viuda, Jacoba Yáñez, y sus hijos Loreto, Mercedes y José de Jesús regresaron a la casa de Doña Mercedes quien, como su nuera, hace mucho que yace enterrada en el cementerio de San Carlos de Matanzas.

Hoy, ha sido sacada por fin de su injusto anonimato la vasta casona de los Heredia, en que el poeta floreció como abogado y artista y escondió sus secretos de conspirador, a la cual hizo llegar sus cartas tristes del exilio, donde se despidió definitivamente de los suyos... aquella donde siempre quiso vivir.

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