
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón y Zenobia Camprubí

William Navarrete (Banes, Cuba, 1968). Escritor, periodista, crítico de arte. Reside en París, Francia. Ha publicado varios libros de ensayo La chanson cubaine: textes et contexte (Paris, 2000) ; Cuba: la musique en exil (Paris, 2004), Catalejo en lontananza (Valencia, 2006). Dirigió y publicó la compilación de ensayos 1902-2002. Centenario de la República Cubana (Miami, 2002) y la antología de poesía cubana contemporánea en París, Insulas al pairo, así como la antología de poetas cubanos presos Versi tra le sbarre (Piombino, Toscana, 2006). También publicó su poemario Edad de miedo al frío, ganador del premio Eugenio Florit de poesía (Cádiz, 2002) y Canto al pie de los Atlas (Coen Tanugi Editore, Milán, 2006).
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Juan Ramón Jiménez
en un triángulo de algas y Mar Caribe
Por William Navarrete
Por alguna razón que ignoro cada vez que se evoca el nombre de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), pienso, irremediablemente, en el parquecillo que en su memoria y paso por las tierras de Florida le consagró el Ayuntamiento de Coral Gables (Miami): uno de los sitios menos poéticos del mundo, rodeado de altos edificios que reflejan vidrio y piedras nuevas, en la zona más urbana de este barrio residencial del condado Dade, acuchillado en (y por) una de las intersecciones de la calle Alhambra. No debía haberlo descubierto. Ahora el nefasto embrujo de la desoladora imagen me borra hasta el recuerdo de los mejores versos de su "Romance de Coral Gables", escrito entre 1939 y 1942, período que coincide con el ingreso del poeta (uno de sus tantos) en el Hospital de la Universidad de Miami por causa de una depresión nerviosa.
El poeta de Moguer llega a Cuba después de salir al exilio en 1836. Pocos poetas españoles — a la excepción de Lorca, y tal vez con una intensidad diferente que la de él — están tan íntimamente relacionados con la literatura cubana como Juan Ramón Jiménez. Apenas embarcado en la isla en noviembre de ese mismo año, después de una breve estancia en Nueva York, se pone en contacto con Fernando Ortiz, entonces presidente de la Institución Hispano Cubana de Cultura, e inmediatamente junto a éste, José María Chacón y Calvo y Camila Henríquez Ureña, decide reunir las voces poéticas contemporáneas de Cuba en una antología publicada ocho meses después, en agosto de 1937.
Escasamente mencionada y para gran parte de los estudiosos de la literatura cubana completamente desconocida, la antología llevó por título "La poesía cubana en 1936" (Institución Hispanocubana de Cultura, La Habana, 1937) y su edición fue precedida por una breves palabras de Fernando Ortiz y un prólogo del propio compilador. Al final de la selección, a modo de apéndices, fueron publicadas una nota explicativa del autor, la lectura de presentación del libro realizada por él mismo en un acto público de la Institución y un Comentario final redactado por Chacón y Calvo.
Lo que primero sorprende de este libro, una vez que conocemos las fechas en que fue pensado, concebido y publicado, es la rapidez con que los cuatro escritores ilustres que se dieron a la tarea de publicarlo, organizaron el material poético de los 63 poetas cubanos antologados. A ello debe sumarse el hecho de que J. R. Jiménez, junto a su esposa Zenobia, llegaba a Cuba, huyendo de la guerra civil española, en noviembre de 1936 y que tan sólo dos meses después, en febrero de 1937 ya estaba presentando (y leyendo) ante el público de la Institución Hispanocubana de Cultura, el manuscrito de la obra.
Como en todas las antologías que gozan del factor de contemporaneidad de los antologados "La poesía cubana en 1936" incluye poetas consagrados, poetas por consagrar y poetas que se han perdido en las nebulosas del tiempo, ya sea porque nunca llegaron a despuntar o porque por razones diversas han sido, en ocasiones injustamente, olvidados. Una antología de 63 voces poéticas vivas de Cuba, en la fecha anunciada, tiene forzosamente que incluir todos estos casos. A esto habría que añadir que gran parte de los poetas aquí publicados fueron los que participaron en el Festival de Poesía que para el 14 de febrero de 1937, después de una convocatoria lanzada desde la revista "Ultra", lanzara la mencionada Institución y celebrara en el Teatro Campoamor.
Antes de revelar el contenido de tan enjundiosa lista no es inútil destacar algunos puntos de vista, a mi juicio oportunos, que el propio J. R. Jiménez resalta en su prólogo. En sus páginas el poeta escribe para esclarecer su propia idea de Cuba, para asegurarse que tiene ya la isla una voz poética autónoma que poco debe a España y menos al resto de América. Una voz de raíz profunda, telúrica, que en nada ni por nada debe ser confundida con la idea de que a un Nuevo Mundo corresponde una nueva letra porque — lo dice — ¿"hasta cuándo va a ser nuevo este mundo" que ya tiene más de cuatrocientos años?
No ignoro la rabia de J. R. Jiménez ante la incapacidad de sus coterráneos peninsulares quee achacan su incomprensión de América a la idea simplona y facilista del "nuevo" mundo en constante gestación. Tampoco teme a la premura con que ha captado el ámbito poético insular, porque con la rapidez también llega "el ahorro de prejuicios y estorbos, e(s)terior cotidiano que tanto daña la vida interior". Y cuando J. R. Jiménez habla de "estorbos", se inclina ante la idea de que una larga estancia y un largo proceso de maduración de su obra en Cuba hubiera arrojado, de seguras, complicaciones de índole personal o favorecido entradas de autores innecesarios, dado el proceso lógico de relaciones humanas que impone el roce cotidiano.
Esta frescura inicial, la del gran escritor extranjero que pisa Cuba por vez primera y pasa al acto, no de entender, sino de resumir y ofrecer en forma de libro lo que ve, es lo que más se parece a los relatos de impresiones de los viajeros del siglo XIX a o largo y ancho de las costas insulares. Sólo que, esta vez, desde el sentimiento de una Cuba poética; desde el ejercicio del ojo virgen que descubre el verde o del oído que se estrena con un acento y un verso que hasta hace poco se ignoraban. No la "voz vieja o andrajosa, chocanera o nerudona — el adjetivo lo inventa J. R. Jiménez para apostrofar a Neruda, de quien lo separaba una gran enemistad —, que 'quiere' pasar por nueva".
Entiendo que a J. R. Jiménez, además de su infatigable curiosidad y su amor por la poesía, lo instaba también ofrecer desde Cuba (el norte de Hispanoamérica) un compendio de poesía que contrarrestara el influjo de la poesía nerudiana en el continente. Tal vez en ese sentido se vuelva transparente la misteriosa frase de su prólogo, en el momento de discurrir sobre el viejo y el "nuevo" mundo: "Y siempre he creído, más o menos conscientemente, según mi edad, que los nortes de cada continente equilibran, en poesía lírica sobre todo, a los sures, siempre excesivos". ¡Excelsos antagonismos estos entre escritores que les obligan a sembrar flores desde donde desean enviar coronas fúnebres!
No queda insensible el poeta ante "Balada del soldado muerto", de Nicolás Guillén; "De otro modo", de Emilio Ballagas; "Estatuas", de Eugenio Florit, poetas y poesías que antologa y ensalza. Ni ignora la poesía del matancero Agustín Acosta, a quien sitúa como decano entre los escogidos o la de otro matencero, José Zacarías Tallet, de quien reconoce que ha dado para la "poesía negra" lo mejor y lo más bello.
Antologa pues, entre los que el canon cubano (¡dichoso y subjetivo canon!) no cesa de confirmar, además de los mencionados, a Mariano Brull, José Ángel Buesa, Samuel Feijóo, (descubre) a Ángel Gaztelu, Ramón Guirao, José Lezama Lima, Dulce María, Enrique y Carlos Loynaz, Manuel Navarro Luna, Regino Boti, Virgilio Piñera, Regino Pedroso, Justo Rodríguez Santos, Julia Rodríguez Tomeu, Serafina Núñez, Ángel Augier, Mercedes García Tuduri y Félix Pita Rodríguez.
Curiosamente, en las notas finales del libro y ante las dudas que la selección provocó en algunos de los poetas consagrados, J. R. Jiménez evoca cómo Dulce María y Enrique Loynaz, también Emilio Ballagas, se habían "asustado" un poco con algunas de las voces del "granero". Entre los ausentes menciona a Flor Loynaz que "se evaporó" y a Juan Marinello cuyas luchas políticas y sociales le absorbían tanto que no contestó a la carta inicial de E. F. (?) invitándole a la antología. Muchos de los consagrados no pudieron enviar sus colaboraciones por encontrase en el extranjero. Tal fue el caso de Mariano Brull (en Bruselas), Félix Pita Rodríguez (en París), Nicolás Guillén (en México). De ellos y de Manuel Navarro Luna y José Zacarías Tallet (a quien llama "complejo") se pudo completar la selección echando mano a poemas publicados en ese años de 1936 en revistas cubanas. En el caso de Ángel Gaztelu y de Julia Rodríguez Tomeu, J. R. Jiménez les incluye en la lista de poetas completamente inéditos y desconocidos de entonces. Intriga, por otra parte, la ausencia de Gastón Baquero de quien la poesía era ya publicada por Lezama Lima en esa fecha y cuya calidad se vislumbraba sin lugar a dudas.
Incorpora — sorprendente descubrimiento para quienes les vinculaban con otras actividades fuera del ámbito de la poesía — a Herminia del Portal (eminente periodista, directora de la revista "Vanidades", además de esposa de Lino Novás Calvo), Felipe Pichardo Moya (destacado arqueólogo), Mariblanca Sabas Alomá (pionera del feminismo en Cuba), José Gómez Sicre (coleccionista y crítico de arte), Mirta Aguirre (cuyas actividades políticas y la investigación literaria resultaron más conocidas), Rafael García Bárcena (filósofo), René Potts (dramaturgo), Alberto Riera (abogado matancero y redactor del periódico "El Mundo", Josefina de Cepeda (esposa del escritor José Antonio Ramos y periodista), Ernesto Fernández Arrondo (poeta poco conocido y redactor del "Diario de La Marina"), Juan M. García Espinosa (agitador político y cultural), Lukas Lamadrid Moya (abogado de profesión fallecido en Miami en 1987), Antonio Martínez Bello (periodista), María Luisa Muñoz del Valle (activista y periodista de prensa católica) y Dora Alonso (cuentista infantil)
Al parecer, la idea inicial de J. R. Jiménez era sembrar la semilla con una antología de poesía correspondiente al año de 1936 para que cada año pudiera publicarse un libro similar que hablara, en vivo, de la poesía cubana en cuestión. Hubo, a pesar de la generosidad con que se enfrentó a esta idea, de batallar y convencer a quienes, como Emilio Ballagas, se negaban a aparecer en una selección de criterio tan amplio. Ante éstas y semejantes objeciones J. Ramón Jiménez acuña un lema que, visto incluso desde nuestros tiempos, no ha perdido vigencia y valía: "mi norma ha sido — apunta — amparar a los jóvenes, exigir, castigar a los maduros y tolerar a los viejos".
La lista de los que sus referencias han prácticamente desaparecido del ámbito de la poesía, es, en este sentido, notoria. Aquí cabe mencionar (y prefiero incluir la fecha y lugar de nacimiento de cada uno) a: Julia Cárdenas Quintana (Matagua, 1919), Samuel Caldevilla (La Habana, 1917), Juan Carvajal (La Habana, 1914), Teté Casuso (Madruga, 1912) — viuda de Pablo de la atorriente Brau y de familia acaudalada que quedó para la historia como la mujer que sirvió de trampolín en México para la expedición aventurera del yate Granma —, Esperanza Figueroa (La Habana, 1913), Ada Gabrielli (Santa Isabel de Nipe, 1912), Ernesto M. García (La Habana, 1914), Zoila García Fominaya (La Habana, 1912), Alfonso García Iglesias (La Habana, 1911), Dalia Iñiguez (La Habana, 1911) — quien sí fue una conocida estrella del cine y la televisión — cubanas Agustín Irulegui (La Habana, 1917), Julio Morales Gómez (La Habana, 1912), Emma Pérez (Cartagena - Murcia, 1911), Cuca Quintana (La Habana, 1912), Pedro Alejandro Quintana (La Habana, 1916), Mercedes Rey de Garriga (La Habana, 1913 / fallecida ese mismo año de 1936), José Rodríguez Méndez (Bolondrón, 1914), Valentín Tejada (La Habana, 1914), Carmela Valdés Gayol (La Habana, 1918), Guillermo Villarronda (La Habana, 1912), Rosa Hilda Zell (La Habana, 1910) y J. L. Zúñiga (Holguín, 1915). La edad de todos ellos, en el momento de la selección, oscila entre 17 y 26 años. También resultan casi desconocidos María Sánchez de Fuentes (La Habana, 1879) — supongo que hermana o pariente del célebre compositor Laureano Sánchez de Fuentes, autor de la habanera "Tú" —, Leonardo García Fox (Cárdenas, 1892) y Silverio Díaz de la Rionda (La Habana, 1898).
Ahora bien, el mismo año en que publicaba J. R. Jiménez su antología, uno de los poetas antologados, Ramón Guirao, preparaba una similar bajo el título de "Órbita de la poesía afrocubana" (Ed. Úcar, García y Cía, La Habana, 1937) dedicada a María Luisa Gómez Mena, quien supongo garantizaba el mecenazgo del libro. De lospoetas antologados por Jiménez, además del propio autor Ramón Guirao, aparecen en este nuevo libro José Zacarías Tallet, Nicolás Guillén y Emilio Ballagas. La amplia selección de obras de estos dos últimos deja suponer que con respecto al estilo de sus versos el libro de Guirao cumplía mejor función que el de Jiménez, en el que no se había incluido nada de poesía social dado a que como muy bien lo explica el autor "cierta escritura rimada, retórica social de mitin, altisonante, externa y vacía, no (es) propia de este libro".
Es también el momento en que el joven José Lezama Lima (24 años) funda la revista "Verbum" como órgano oficial de la Asociación de Estudiantes de Derecho de la Universidad de La Habana. Los dos primeros números de "Verbum", correspondientes a junio y a julio-agosto de 1937, llevan sendos textos de J. R. Jiménez. El n° 1, un texto titulado "El brazo español", sobre cuatro pintores españoles contemporáneos; el segundo, unas notas llamadas "Límite del progreso", comentarios amargos de las limitaciones del progreso técnico constatadas por su autor tras su breve estancia en Nueva York. "¿ […] qué es un libro poético en una mano de mujer o de hombre, desde un piso 70?", se pregunta el poeta. "Capitalismo comunista con voluntad libre, contra programático comunismo sin capital. ¡Buen estilo progresista democrático!", revela en su texto refiriéndose a la impresión negativa que le provocó la gran urbe.
Entiendo mejor entonces la febril actividad, el brío y la disponibilidad, con que J. R. Jiménez se entrega al ámbito de las letras cubanas (las revistas "Mediodía" y "Revista Cubana" también publican trabajos de Jiménez ese año sobre temas cubanos), después de su visión dantesca de la Gran Manzana. De este período data el nacimiento de J. R. Jiménez en el Caribe, en ese triángulo en el que se moverá los últimos veinte años de su vida y que puede ser trazado entre La Habana, la Florida y Puerto Rico (donde fallece). Por eso destilarán luego no pocas páginas de la revista "Orígenes", la sabiduría y el talento del poeta quien ha quedado, desde finales de 1936, con un pie y un pedazo del alma en Cuba.
No recuerdo ninguna plaza, ninguna calle, ni siquiera una institución pública que perpetúe el nombre del poeta andaluz (fallecido en 1958) en Cuba. Tampoco he entendido por qué con tanta naturaleza ajardinada, con tanto verdor exótico y tanto trópico exacerbado no honoró Coral Gables al probablemente único poeta de renombre (Premio Nobel además) que le dedicara un poemario, con mejor espacio que este urbano parquecillo: el que mejor resume, por decirlo de alguna manera, el antro de arquitectura que más despreciara el poeta.
Una "leyenda negra" sobre el carácter áspero y las difíciles relaciones del poeta intenta arrojar claroscuros en la vida de autor de "Platero y yo". He quitado de la cubierta de mi viejo ejemplar de "La poesía cubana en 1936" las cintas de arique que lo protegían para celebrar, setenta años después de su publicación, la feliz idea que pusiera tanto verso cubano en manos tan emprendedoras. Más claros que oscuros aparecen en sus páginas los denuedos del poeta por entender a Cuba, tenderle pluma y mano para ofrecer tinta perdurable y no ponerse en la orilla "a aullar a otra vida mejor o peor de nuestro mismo mundo" que la que pudiese encontrar entre su gente.Puede que a estas alturas y desde espacios en que levitan los versos esté el poeta tramando cicloncillos que se lleven el granito del ingrato parque lejos de las orillas de su triángulo de arenas y algas. Entonces la "leyenda negra" cobrará justeza y volverán seguramente las voces olvidadas de este libro a recitar poemas que como constelaciones sólo podrán brillar para quienes se niegan a aullar en las orillas.
París, mayo y 2007. |