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Arique, revista de poesía
Se publica en Cuba, de forma artesanal, 
en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.
Cuba  
Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
Laura Ruiz
Laura Ruiz
(Matanzas, 1967). Ha publicado, entre otros, los cuadernos La sombra de los otros (Ediciones Unión, 1994) y Yo también he sido extranjera (Ediciones Vigía, 1996).

Laura Ruiz

La mitología de las ciudades

Una ciudad, ya se sabe, es algo más que un conglomerado urbano. Es ante todo un espacio vital común con determinados (o indeterminados) dogmas morales, religiosos, sistemas filosóficos y financieros. Una ciudad es el entorno geográfico que la define: cada planicie o elevación y son las señales creadas por el hombre que pueden identificarla: el nombre de una barriada o el trazado de sus calles. Una ciudad es el modo en que la luz se posa sobre ella en las diferentes horas del día. Y es la leyenda, la tradición, el canto de sus hazañas y el llanto por cada una de sus pérdidas. Una ciudad es unión, fusión, concilio permanente. Sin estos ingredientes nada hay. Pudieran haber praderas o montes inalcanzables, calles rectas o sinuosas, enormes edificaciones o casuchas con suelo de tierra pero no habría ciudad, otro sería el nombre, otras las consecuencias, otra la realidad. Las ciudades son idénticas: todas tienen leyendas y fantasmas, las calles todas tienen nombres o números, existen en todas puentes aunque hayan o no ríos corriendo bajo ellos. Podría pensarse entonces que es imposible hacer distinción. Podría pensarse que el mundo es una gran ciudad fragmentada.

Pero hay algo capaz de quebrar para siempre esta afirmación, algo inatrapable, inasible. Algo que no puede ser explicado, y eso lo hace definitivamente especial. Algo hay que no puede ser computado ni descrito y muy sagrado habrá de ser cuando todos los humanos somos capaces de reconocer, sin lugar a dudas, las diferencias entre una ciudad y otra del mundo. Coincidir todos en esta afirmación, nos hace inmensos. Y no estamos equivocados, creo. Aún los que a lo largo de la historia han dudado, han vivido en esta ciudad y no en aquella; en una ciudad elegida o heredada y no a horcajadas entre un hemisferio y otro. Una ciudad no se mantiene inmutable a lo largo de todo su tiempo. Una ciudad es recién nacida y crece, una ciudad aprende y sufre, una ciudad se enferma y estalla de alegría. Vive períodos de ansiedad y períodos de depresión. Resplandece de belleza espontánea o intenta disimular sus arrugas bajo una evidente e insuficiente capa de barniz. Matanzas no es una excepción. Tiene leyendas y fantasmas, calles con nombres y números, puentes varios y ríos verdaderos y soñados. Fundada en 1693, albergó familias procedentes de Canarias que luego se fueron mezclando y multiplicándose en una ciudad que heredó -probablemente- el más cruel de los nombres.

Siempre he creído que todo habitante de ciudad debe ser agradecido, generoso y hospitalario con losperegrinos que la visitan y siempre, también, he insistido en que esta ciudad nuestra debe serlo más que ninguna otra del mundo. Que una ciudad tenga un nombre amenazante, peligroso y que ese nombre no sea un impedimento para que viajeros desconocedores del entorno se atrevan a pisar su suelo y a caminar sus calles es un acto de fe. Confieso no estar absolutamente segura que de haber nacido en otra latitud, yo me atrevería a viajar a un sitio que otrora fuera conocido como el lugar de la matanza y que en más de trescientos años sólo haya logrado desprenderse de la primera parte de su apelativo (más por cansancio de tan extenso que por otra cosa), conservando lo peor del calificativo: matanzas. no lo sé, puede que por espíritu de aventura sí enrumbaría mis velas hacia esos espeluznantes vientos pero hubiera ido temerosa y con cierta cautela. Quizás sabiendo cuál sería su nombre, la naturaleza, en desagravio, dotó a Matanzas de una geografía especial. Ciudad privilegiada por su bahía, con puertas al mar, consiguió tempranamente un beneficioso intercambio cultural. En 1813 recibe a la imprenta y con ella sus primeros periódicos que si bien tuvieron corta vida, tienen el indiscutible mérito de haber sido los iniciadores del amanecer intelectual y los intermediarios entre las escotillas abiertas al océano y la avidez de los pobladores. Conociendo cuál sería su fatal nombre recibió, también, Matanzas como regalo una (útil en aquellos años iniciales y discutida en estos finiseculares) provechosa cercanía a la capital. Estos hechos, unidos a un verdadero auge económico propiciaron un saludable desarrollo cultural, que aún hechiza, intriga y conforma los nuevos pasos.

Matanzas es el lugar en el mundo de los hermanos Milanés (Federico y José Jacinto) y de los Guiteras. Es el sitio que eligió en 1834 para vivir Domingo del Monte y donde ejerció como abogado. En el número 9 de la calle Río, desde 1837 exitió un palenque literario, allí fue leído El Conde Alarcos. Esta es la ciudad que permitió la muerte de Plácido y que regaló al mundo en 1856 la Aurora del Yumurí que en larga vida alcanzó los pasos de la república. Esta y no otra es la luz de Agustín Acosta, la semipenumbra de Fidelio Ponce. Este Versalles y no el de La France fue quien escuchó a Joseíto White tocando su violín. María Villar Buceta y América Bobia, Medardo y Cintio Vitier, Carlos Manuel Trelles, el parque Watkin, el Hotel París y el balcón de Jáuregui; la seducción de la punta de Hicacos, los pinos que un ciclón exilió de la orilla de la playa, la Vía Blanca que de tan hermosa no deja sentir los golpes de la carretera que como los conocidos guisantes de la princesa, se clavan piel adentro, son el madero seguro. El oasis indiscutible de esta ciudad de nombre cruel.

II

No se sabe quiénes fueron los verdaderos dioses de esta ciudad. Tenemos entonces que inventar una memoria mitológica. El único modo que tenemos para hacerlo es volviendo sobre la escritura, la pintura, la arquitectura de Matanzas. De esta mirada al pasado dependerá la memoria futura. Reconstruir la vida cultural de una ciudad es encontrar un hilo conductor sutil y acerado. Volver sobre poetas, saber dónde estuvo la primera piedra, adivinar cómo era la mezcla en la paleta de los pintores es la manera de explicarnos casi todo. No estamos aquí porque sí. No permanecemos sólo para llorar las pérdidas. No hemos de quedarnos detenidos ante la puerta angosta del laberinto. Si se mira bien, nada hay realmente aplazable cuando de descubrirnos y reconocernos se trata. Es cierto que no todo lo que en el siglo pasado e inicios de este fuimos o tuvimos merece reverenciarse y rehacerse pero sí debe recordarse. Saber qué fuimos nos acercará, quizás, en este fin de milenio a lo que queremos ser. Se trata, entonces, de colocar piedra sobre piedra hasta conformar un apoyo seguro, capaz de sostener el sueño o la decepción, la espera y la ansiedad de la espera. Un apoyo capaz de soportar la casa de cada quien, y más tarde todas las casas que al final conforman las ciudades y el mundo. Elegir cuál sería la piedra adecuada, digna de ocupar el primer espacio es tarea de sabios; los otros, los aprendices que somos, intentamos que la faena resulte bien, tomando, de la pirámide de buenas piedras una al azar, una que la intuición señale: Agustín Acosta.

Había nacido en el año 1886. La esclavitud llegaba a su fin en la Isla; en Matanzas surgía un círculo de protesta respaldado por el Círculo de Hacendados y crecían las discrepancias en el pa;is. Los primeros versos de Agustín Acosta se publican en 1904, mientras el poeta trabajaba en Jovellanos como jefe de estación de la compañía de ferrocarriles. Ya en los años 1913, 1914 y 1915 obtuvo Flores Naturales en juegos florales efectuados en Santiago de Cuba y La Habana. En 1918 se gradúa de Doctor en Derecho Civil, estableciéndose en Jagüey Grande. Sufrió prisión el poeta durante el gobierno de Gerardo Machado, a la caída de éste fue nombrado gobernador provisional de Matanzas. De 1936 a 1944, fue senador de la República. Mientras perseguía una vida política no olvidó su afán por las letras; fue colaborador de El Fígaro, Orto, Carteles, Diario de la Marina, entre otros y en ocasiones presidió el Ateneo de Matanzas. Miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras, la sensibilidad de Agustín Acosta fue más allá de su palabra propia, tradujo a Charles Baudelaire y Paul Verlaine, entre otros libros de poesía y prosa. En 1973 se marcha de Cuba y seis años después, en el exilio, muere. Su primer libro (Ala) es una poderosa luz en la crisis que estremecía la poesía cubana de la época. Aparecen versos de preocupación patriótica -refiriéndose a la bandera cubana, escribe: si en ti se prolonga el cielo/ o el cielo surge de ti...- junto a otros de un delicado y hermoso lirismo -A dónde vamos? Diga, señor, a dónde vamos?/ No sé... pero sepárame un poco de la tierra...! En este libro pueden descubrirse exiguos y confusos versos, pero no olvidemos que en este instante sólo tratamos de recolectar las piedras más firmes, las hierbas de más puro aroma y las cuerdas mejor trenzadas que puedan ser útiles en la creación o el descubrimiento de una memoria mitológica de la ciudad. No olvidemos que se trata de saber qué fuertes y nobles corrientes subterráneas nos mantienen vivo el cauce. Se trata de saber cuáles son los dioses innegables de Matanzas, porque como dijo el poeta español Juan Ramón Jiménez, -español y nuestro- si los dioses están hechos de la misma sustancia que estoy hecho yo...

Su segundo libro (Hermanita), lleva un tono más íntimo; habla más el hombre que el artista si es que esta división arbitraria y delirante puede ser tenida en cuenta para ejercer algún juicio, si es que esta división puede olvidarse cuando se trata de contemplar y pensar más allá de la letra impresa o escuchada. En torno de tu luz duerme la sombra es uno de los versos, y quizás es el que venga a confirmar la dualidad de la que hablo, la otra cara de las cosas, el otro lado del puente, la rivera más oscura, la noche pensando a solas, el silencio que también nombra a otro nuevo Agustín. En 1926, alcanza una popularidad rotunda, los poemas de su libro La zafra son recitados en escuelas, actos públicos y encuentros literarios, la crítica ya no lo cree un poeta elitista, el entusiasmo aumenta aún cuando la posición socio-histórica del poeta iba por otros diferentes rumbos; Agustín Acosta era un adorador de Madame Blavatsky. Si sabiendo esto se vuelve, entonces, la mirada sobre La zafra, acordaremos que algo se debatía en el alma del poeta. O quizás se trataba de un acto inevitable dado su humilde origen. Lo que es innegable es la contradicción latente entre ese origen y su presente ajeno a explosivas mezclas, ajeno a honduras sociales. Sin embargo es este el libro más conocido y más popular de Agustín Acosta. Diez años pasaron después de La zafra antes de ser publicado otro libro suyo. Aparecen entonces los que creo sus textos mejor logrados. Reunidos en Los camellos distantes están versos indispensables para el rescate de la poesía de esta ciudad y de la Isla. Ejemplo de ello es Ex-libris, texto que es un absoluto canto a las palabras -las sinuosas palabras- que nada pueden y que lo pueden todo, la palabra, sagrada, el eco de lo que nunca será dicho. Y es también declaración rotunda: mi ideal bien poco pide:/ ser música de mi, música sorda. Ex-libris del ensueño; un árbol verde y una paloma. A Los camellos distantes siguen Ultimos instantes (1941), un libro de sonetos, lleno de referencias a Rubén Darío a quien siempre Acosta reverenció y a otro matancero y amigo del poeta: Federico Urbach. Es un libro muy cercano a la corriente modernista, quizás deudor de las Fiestas Galantes de Verlaine.

En 1943, la imprenta F. Verdugo entrega a los lectores Las islas desoladas pero este libro es ya el inicio del fin. De menor alcance que todos los anteriores, no creo que este libro ni los que le continúan figuren en la pirámide de piedras fuertes y dignas que mencioné. No obstante no quiero dejar de hablar de un texto en especial, por la gran intención con la que concebido, se trata de Jesús, escrito en el otoño de 1954. Agustín Acosta en él, establece cuestionamientos sobre zonas oscuras y ambiguas de la historia bíblica. Y vierte una mirada un tanto diferente sobre algunas acentadas y muy poco discutidas cuestiones cristianas. Esos textos son algo novedoso en la poesía cubana, ya que, como aseveró José María Chacón y Calvo, la totalidad de la vida del Hijo del Hombre no había sido hasta ahora objeto de un poema... y por lo tanto señala una fecha esencial en las letras cubanas. Estos son sus méritos, los literarios, es cierto no abundan. Aquí podría terminar este comentario, este intento de reflexión pero no quisiera hacerlo sin regresar al primer libro de Agustín Acosta, Ala, para que me sirva de apoyatura, de primera piedra a esta pequeña casa que en pocas líneas intento construir. Hay en este libro un extenso poema dedicado a otro importantísimo matancero, al pedagogo y pensador Medardo Vitier a quien escribiera también su Elegía en 1960. El poema se titula Martí y en los primeros versos ya aparece la referencia absoluta convertida en referencia suprema: Montañas: decidme la frase primera, vosotras que tanto lo amáis.

Es evidente, no hay dudas, hay que preguntar a la naturaleza, hay que alzar los ojos hacia los altares mayores.

Publicado en la revista diocesana Presencia
Añ0 IX, No. 60, Matanzas, Marzo-Mayo de 2000

No.5, Julio de 2001

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