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Arique, revista de poesía
Se publica en Cuba, de forma artesanal, 
en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.
Cuba  
Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
Mariano IbéricoMariano Ibérico (Cajamarca, Perú,1892-1974), filósofo y pensador de gran bagaje cultural. A lo largo de su vida fue catedrático de Historia de la Filosofía Moderna, de Filosofía Subjetiva, de Historia de la Filosofía Antigua, de Estética y de Filósofos Contemporáneos. Desde 1952 hasta 1955 ejerció como rector de la Universidad y durante un breve espacio de tiempo (diciembre de 1955), fue ministro de Educación Pública. Entre sus más importantes escritos, cabe citar: Una filosofía estética (1920), El nuevo absoluto (1926), El viaje del espíritu (1929), La unidad dividida (1932), El sentimiento de la vida cósmica (1939) y La aparición. Ensayo sobre el ser y el aparecer (1950).

Mariano Ibérico

El sentimiento de la vida cósmica

Los fragmentos aquí reproducidos de Mariano Ibérico pertenecen a su obra El sentimiento de la vida cósmica, que fuera editada por la Universidad Mayor de San Marcos, Lima, en 1939.

(...) La naturaleza es como una conciencia sin conciencia, una subjetividad que se pierde en el objeto sin dejar por eso de existir o, como decía Schelling, concorde con el espíritu poético de Novalis y con la inspiración estética de su obra, una poesía inconsciente, un misterioso manuscrito que debemos descifrar y sentir. (...)

Nuestro cuerpo es, sin duda, un receptor de todas las ondas cósmicas, un complejo donde se condensa toda la vida, un microcosmos., que no es únicamente una imagen reducida del cosmos sino el cosmos mismo viviendo en una escala reducida. Es, sin duda, un receptor de todas las ondas telúricas y celestes, sólo que es difícil descifrar el mensaje de esas ondas, porque sus cifras son vagas sensaciones.

La visión trae un mensaje oscuro, la palabra, que suscita de la nada la realidad y la luz, el gesto rítmico adormece o despierta las potencias vitales. Siempre el arte es sortilegio, magnetismo, encantación, que encadena el acontecer metafísico del mundo en la sinfónica armonía del alma.

Así todo arte contiene elementos mágicos. Pero es, sin duda la poesía la forma de actividad artística que con mayor claridad nos revela la íntima conexión entre la magia y el arte. Y esto porque el arte poética dispone, además de sus elementos musicales y rítmicos que son factores evidentes de encantación, de la metáfora arcano mágica, como la llama Rolland de Reneville y que es la maravillosa realización, en el mundo de las presencias sensibles de la profunda unidad interior de la vida cósmica.

De esta embriaguez nace inmediatamente el mito. El mito es una imagen radiante en que se configuran las supremas experiencias del hombre en su comunión vital con la naturaleza. No es una teoría, una interpretación, un concepto; es una visión que brota, crece y florece espontáneamente como una planta inconsciente de sí misma y cuyo destino de forma es, sin duda, el último secreto metafísico de la vida.

Para Scheler, este sentimiento de fusión vital entre los hombres sería la puerta para el sentimiento cósmico. Y así dice: la puerta para la identificación con la vida cósmica se encuentra allí donde esa vida se ofrece al ser humano con caracteres de mayor proximidad y afinidad: en los demás hombres, y para quien nunca conoció la embriaguez dionisíaca de la identificación emocional entre alma y alma, por siempre quedará oculto el aspecto dinámico, vital de la naturaleza, es decir de la natura naturans frente a la natura naturata.

Pero hay más: lo que podríamos llamar el sentimiento mágico de la vida puede engendrar una filosofía, una interpretación del mundo. Así tenemos, por ejemplo, algunas filosofías de la naturaleza del romanticismo alemán y entre ellas, con caracteres de especial interés, la concepción a la vez mística y poética de Novalis para quien la creación poética es por esencia un acto de magia y la naturaleza misma un poema, que sólo podemos descifrar gracias a la intuición intelectual irreductible a la razón y que es al mismo tiempo clave misteriosa para la visión y la expresión y fondo dinámico para la determinación y la acción.

Nosotros creemos que hay una tercera forma, primitiva y acaso germinal de comportamiento ante el paisaje, forma determinada por la participación afectiva del alma en la vida de todos los seres. Esa actitud la traduciría el mito con sus imágenes que no son las visiones de un artista aislado sino las configuraciones colectivas y unánimes de la vida universal.

La actitud mítica (...) no prescinde jamás de la visión. La visión es un elemento esencial, imprescindible de la conciencia mítica. Un río, no es, para ella, un motivo para estudiar las leyes de la distribución de los líquidos, ni una roca un caso particular de las leyes geológicas, ni una estrella un cuerpo cuya composición química y cuyos movimientos se determinan espectral y matemáticamente, sino que un río, una roca o una estrella, son cosas singulares, presencias, expresiones de un alma. Y son, sin duda, signos, pero signos de una especial naturaleza en que el signo y la cosa significada se identifican y confunden. Y si para comprender esta verdad, para sentir esta indecible compenetración de lo invisble con lo visible que el hombre de naturaleza vive instintivamente necesitamos hacernos cierta violencia, es que un hábito secular de la inteligencia nos ha acostumbrado a seprara el signo del significado, a considerar que el signo (singular, individual) sólo es una indicación efímera y visible de algo universal, invisible y más alto con lo cual no sólo ha desviado nuestra mirada del mundo visible sino que nos ha llevado a desvalorarlo y a vivir en un mundo de entidades abstractas, de relaciones y de esquemas.

Hay una cierta geología del alma. Sobre el fondo primordial e ígneo se van acumulando como otros tantos estratos las solidificaciones de la vida civilizada. Pero ese fondo es dinámico y suele conmover volcánicamente las capas superficiales o aflorar sobre las eminencias aisladas. Esas eminencias aisladas son los místicos de la naturaleza, los poetas. Ellos, como el hombre primitivo, se identifican emocionalmente con las imágenes del todo, pero saben dar una expresión al éxtasis y un número a la misteriosa confidencia de la vida. Como expresión de este misticismo de la naturaleza transcribimos el poema del místico persa Jelal ed Din, cuya poesía y sentimiento cósmico acaso no han sido nunca superados:

Yo soy el átomo, yo soy la esfera del sol.
Le digo al polvo, quédate
y al sol le digo pasa.

Yo soy la luz de la mañana,
yo soy el hálito de la tarde.
Yo soy el bosque de sauces,
yo soy el oleaje del mar.

Yo soy el mástil, el timón, el timonel, el navío.
Y allí donde él se estrella, la isla de coral.

Yo soy el árbol de la vida,
y encima, el papagayo,
el silencio, el pensamiento,
la lengua y el sonido.

Yo soy el aliento de la flauta,
yo soy el espíritu del hombre.
Yo soy la chispa en la piedra,
el áureo brillo en el metal.

Yo soy la llama y alrededor de la llama, la mariposa.
Yo soy la rosa y ebrio de rosa, el ruiseñor.

Yo soy la cadena de los seres,
yo soy el anillo del mundo.
La escala de las criaturas, la ascensión y la caída.

Yo soy lo que es y lo que no es.
Yo soy -oh tú lo sabes,
Jelal ed Din te lo dice-
yo soy el alma en todo.

Las imágenes son las presencias visibles de la vida. Con su torrencial abundancia, con su inagotable variedad de colores, con la fugaz geometría de sus formas, con la gratuita maravilla de sus radiaciones lumínicas, y esas otras, misteriosas, que podríamos llamar ultravioletas, llenan de una palpitante fantasmagoría el espacio cósmico. Y son como estrellas distantes o como libélulas errátiles en el cielo nocturno del alma. (...)

Así el mundo de las imágenes llena, para extinguirse, el cielo nocturno del alma y fulge hasta que el sol del conocimiento racional disipa junto con las tinieblas de la noche, las luces sagradas de las visiones virginales y gratuitas. El sol de la mañana no sólo disipa las tinieblas, también apaga las estrellas que son las lámparas místicas del alma. (...)

Es evidente que en las versiones poéticas a través de las cuales nos llega el contenido de los mitos griegos hay una cierta estilización literaria. Hay una poesía en la versión, acaso distinta de la poesía, de la visión mítica en sí misma, la que tal vez queda opacada por aquélla. Pero existen ciertas visiones, ciertas imágenes míticas cuyo profundo sentimiento, cuyo pathos cósmico, cuya luz, atraviesa todos los velos literarios y llega hasta nosotros pura como el mensaje de una vida en que la naturaleza y el alma no se han separado todavía y que el esplendor de la visión extática alumbra los más oscuros abismos de la naturaleza y del alma. Tal es la visión de Afrodita surgiendo desnuda y adorable de las espumas del océano; es el paisaje, pero no como un simple espectáculo sino como un espacio lleno de alma. Y la diosa entre el azul infinito del cielo y el mar es como el fruto supremo de ese espacio: símbolo inmortal de la belleza que nace de la distancia y que llena de su palpitante -erótica- plenitud la esfera del mundo. (...)

Por felicidad el arte no puede despojarse de estos dos elementos: la imagen y el ritmo que, a pesar de los teóricos del arte y a veces de los propios artistas que reniegan de los orígenes metafísicos de su inspiración y de su obra, mantienen la misteriosa vinculación del arte con el secreto corazón de la vida.

Si bien es cierto que la contemplación puramente estética oculta una intención de abandono de la naturaleza por el hombre, también es cierto que, por misteriosa contradicción, en esta separación y este abandono hay algo todavía -un algo residual y precioso- del pathos primitivo, de la primitiva participación del alma en el misterio visible del cosmos. Y por eso no son las puras intenciones estéticas como tales las que confieren su significación y su valor a las obras de la poesía y del arte sino su conexión con los ritmos, las formas y las intenciones configuradoras de la vida cósmica. El artista verdadero no es nunca un mero esteta, sino un hombre incorporado en las corrientes creadoras de la actividad universal, un creyente, un vidente, un forjador de símbolos, es decir de formas en que la individualidad de la obra sea un receptáculo y esencialmente una expresión de la vida.

No.7-8, Enero de 2002

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