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Arique, revista de poesía
Se publica en Cuba, de forma artesanal, 
en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.
Cuba  
Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
Raúl Tápanes López
Raúl Tápanes López (Matanzas, Cuba, 1953).
Edita de manera artesanal sus propios textos y la revista de poesía Arique. En 1999 el Frente de Afirmación Hispanista publicó en México su poemario De la desesperanza y otros poemas.

Raúl Tápanes López

Caos y amor desesperado

en un instante cualquiera
las películas se hacían en blanco y negro
los poetas estudiaban la cuarta dimensión
y Marx leía el futuro
en la palma de la mano

El problema, lo comprendo ahora, estaba en las malas lecturas. La cuarta dimensión siempre fue para mí más que un tema interesante un enigma, al que por más vueltas que le daba no le hallaba la solución. Si ahora me sucede igual ya no es con las dimensiones sino con otras cosas más concretas. Había leído una gran cantidad de artículos científicos relacionados con las más avanzadas teorías de los años sesenta acerca de la física, la astronomía, etc, pero en todas se hablaba como en las vistas judiciales, es decir, jugando con la cadena sin mencionar al mono. Llegar a descubrir que la cuarta dimensión no era más que el aburrido y entonces para mí abundante tiempo, me costó más trabajo que a nadie. Y cuando llegué a ese punto me decepcioné mucho, por supuesto, pues no esperaba que fuera algo tan terrible pero simple.

Y todavía no había visto la máquina del tiempo y mucho menos leído la obra de Wells. Entonces me atraía grandemente la fabulosa quimera dorada de Chaplin vista una y mil noches y los cien tipos aventureros de Errol Flyn, sin hablar del Corsario Negro o Ivanhoe.

De Marx qué decir. Lo había previsto todo hasta en sus mínimos detalles. En la selva el mono ya marchaba erecto, adaptándose a utilizar sus manos como herramientas; mi abuelo, un gallego que vino huyendo para no servir al Rey, tenía unos mostachos enormes y me asustaba después de muerto en aquella casona más española que cubana, con sus húmedas paredes de cantería, su bodega a la entrada y un extenso patio donde había desde guanábanas hasta granadas, pasando por los mangos y las guayabas. Recuerdo que jugaba con la Cenicienta, que en realidad no era cenicienta ni un carajo, sino una chinita de mi edad, empezando a descubrir el sexo en lugares secretos, a la sombra de las matas del patio. Aún no sabíamos lo que era pero nos atraía como imán y los cowboys -en aquél momento mi país estaba lleno de políticos, charros mejicanos que cantaban corridos de todo tipos y cowboys americanos que disparaban con revólveres de balas interminables- se morían de envidia de mis zapatos colegiales sobre las medias blancas: un calzado que se hacía especialmente para escolares, feo como una noche de tormenta y tan bueno que te comía los pies.

sin que nos percatáramos
secuestraron un día a los Reyes Magos
y Dios se fue corriendo hacia el rojo del espectro
en la Gran Explosión
llenando las galaxias de poesía bajo consigna
y arte comprometido

La fecha exacta del secuestro es fácil de determinar, quizás -para aquellos que tengan PC Computer- indagando en internet, pero cuándo precisamente empezó la cosa es algo más difícil. Para mí la fecha del seis de enero de cada año era un día único, irrepetible. Mis padres eran pobres y de dónde sacaban los juguetes no sé, pero allí estaban siempre, cada seis de enero, en un amanecer de gloria. ¡Qué alegría tras la larga noche ver la luz y encontrar tus humildes sueños cumplidos a los pies de la cama! Y todos recibíamos algo, unos más, otros menos, lo que habíamos querido o lo que habían podido nuestros padres. No sé si la debacle empezó cuando descubrimos que quien cargaba los juguetes era papá y no los magos del oriente, o si fue cuando vi a los viejos discutiendo acalorados en una reunión de vecinos para alcanzar el cupón que daba derecho a comprar el único juguete que había para todos los chiquillos del barrio, o durmiendo tres días ante la puerta de la tienda para comprar cualquier cosa.

Y lo peor no fue eso, sino cuando logré entender los del Big Bang más allá de The Five Dimension. Saber que el universo, cerrado o abierto, se expande como una pelota de fútbol inflándose a una velocidad terrible y absolutamente incuestionable dado el corrimiento hacia el rojo de los espectros estelares y los ecos de la emisión relicta, hizo en mi mente una onda expansiva tan fuerte que se llevó a Dios de su lugar, arrancándolo de la cruz -cierto o falso como los Reyes Magos y removido ya por los cataclismos, él aún me acompañaba, estaba allí conmigo-. No sé si fue antes o después, ya se me empiezan a confundir los recuerdos, la galaxia entera estaba llena de compromisos. Me entusiasmaba el Diario de la prisión del tío Ho y los rabiosos versos de Poesía bajo consigna. No hacía más que tratar de cantar como Silvio Rodríguez: Los Beatles no me habían llegado mucho y de ellos apenas sabía que tenían una canción titulada Revolution que no se podía escuchar precisamente porque estábamos en revolución.

Alicia no pudo atravesar el cristal
y yo quedé atrapado en un sueño inconcluso
mientras capullos verdes resistían el invierno
chocando con el mundo
y miríadas de estrellas volaban por sus venas
abiertas en cruz

Y me hice adulto y descubrí el mundo más allá de Julio Verne. Dejé atrás los amigos de la época de estudiante y comenzaron a morirse para reencarnar después los amores tontos de las manos cogiditas y los besos furtivos con la reinterpretada Cenicienta. Me acostumbré a las durezas y a las soledades y aprendí a usar las armaduras del guerrero en medio de interminables guardias nocturnas, servicio militar y ciudades desiertas que recorría de madrugada, mientras ella me esperaba, fiel y húmeda como la lluvia. Y me enamoré también del arco de luces de mi ciudad alrededor de la bahía visto desde las colinas cuando llegaba, una vez al mes por cuarenta y ocho horas, autorizadamente de visita, desde lejos, desde más alto que la estratosfera y más allá de la Vía Láctea. El universo fragmentado se me vino encima y sólo escaparon los cambiantes camaleones y las diminutas hormigas.

Hubo un tiempo en que pasaba largas horas cazando hormigas a martillazos en los patios. Me llamaban la atención porque hoy destruía totalmente sus asentamientos, aplastaba a miles de ellas… y al día siguiente estaban allí, animosas y atareadas como siempre, reconstruyendo los hormigueros y sus caminos en inacabables hileras. Quizás por eso guardo eternamente esa escena del gran Buñuel en que las hormigas brotan de las manos llagadas, tan antológica como aquella otra de la cuchillada abriendo en dos el ojo, como un huevo frito.

Entonces me atrincheré en mí mismo. Cerré las ventanas y el caos quedó afuera, pero los ojos de la lechuza se adaptaron a la oscuridad y parieron las madres y corrieron vientos soplando los años. Cuando ella se fue descubrí que el caos estaba adentro, en el corazón y en los caracoles. Padecí de unos dolores de cabeza terribles. Y a pesar de Einstein acudí a un santero. La santera -era una mujer, negra por más señas y lógicamente, vivía en un solar o cuartería que aún está allí- tiró los caracoles varias veces, los observó con detenimiento mascullando palabras ininteligibles, me ahogó en humo de tabaco y me trazó con tiza blanca un círculo alrededor de la cabeza. Terminó aconsejándome que me hiciera santo y diciendo que yo era hijo del Niño de Atocha, y las bofetadas me despertaron aunque tarde y traté de levantar la piedra -toma la piedra, deja la flor cantaba entonces La Masiel, con quien tuve muchos romances imaginarios- mientras los mundos soleados -y las estrellas, las estrellas de la Tierra, todas las estrellas de Rilke- se infiltraban por las rendijas, pero estaba desnudo.

ahora lloro de nuevo
en el rincón oscuro de la infancia
en medio de las hormigas
y del caos.

No.14, Octubre de 2003-Septiembre de 2004

 

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