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Arique, revista de poesía
Se publica en Cuba, de forma artesanal, 
en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.
Cuba  
Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
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Loreley Rebull León
(Matanzas, Cuba, 1947), es poeta y narradora. En 1998 obtuvo el Premio de Poesía Bonifacio Byrne.

Loreley Rebull León

El Rainmaker

Ya todos nos habíamos presentado en el grupo y al hacerlo explicábamos de forma breve nuestros oficios; pero él permanecía callado, mirando fijo al piso, esperando tal vez que nadie le preguntara y pasar corno una sombra.

-Hacer lluvias, ese es mi oficio- dijo apenado. Su voz era casi un hilillo, apenas un susurro del viento en la arboleda del patio.

Fueron muchos los ojos que se le pegaron encima, todos fuimos moscas al conjuro de la miel y él se sintió asustado.

Explicar cómo se hace el ladrillo, una campana y hasta un perfume resulta fácil y por qué no, creíble; pero lograr que alguien entienda la forma de hacer la lluvia, es algo bastante difícil.

Trató de explicarnos y todos nos miramos con burla en los labios. Entonces comenzó a sudar copiosamente, las manos empezaron a temblarle y las piernas no le sostenían. Miró al cielo nublado en espera de apoyo.

Luego nos sonrió con su boca desdentada y casi convulsionando cayó de rodillas al suelo, todos nos quedamos inmóviles, silenciosos, en espera de un milagro; pero temiendo que al hombrecillo delgado, de cabellos ralos y ojos brillantes le fuera a dar una apoplejía.

El no profirió palabra, seguía arrodillado y y con los brazos en alto, suplicando ayuda. De pronto empezó a caer una fina lluvia que cambiaba de tonalidades. Comenzó siendo rosada, después amarilla y terminó con un aguacero azul, mezclando olores a rosas, jazmines y nardos; mientras se escuchaba una música celestial como si miles de arpas fueran rasgadas al mismo tiempo.

Nos quedamos sumidos en una paz incomprensible y sólo al finalizar la lluvia, buscamos con los ojos al hombrecillo. Se había vuelto a sentar en su silla y mantenía los ojos fijos en el suelo.

Dejó de parecemos un hombre común, algo tonto, sin importancia y lo condecoramos con el título de Rainmaker. Del que hablamos con orgullo en nuestras casas, cuando regresamos de la terapia de grupo en el sanatorio.

No. 9, Julio-Septiembre de 2002

 

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