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Arique, revista de poesía
Se publica en Cuba, de forma artesanal, 
en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.
Cuba  
Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
Joseph Brodsky
Joseph Brodsky
(Leningrado, 1940-New York, 1996). Poeta ruso-estadounidense, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1987.

Joseph Brodsky

Los poetas siempre vuelven
(Fragmentos de textos)

Los poetas siempre vuelven, en carne y hueso, o en papel.
Brodsky

Por alguna extraña razón, la expresión muerte de un poeta suena siempre de manera algo más concreta que vida de un poeta. Quizás porque vida y poeta como palabras, son casi sinónimas en su positiva vaguedad, en tanto que muerte -incluso como palabra- es aproximadamente tan definida como la propia producción de un poeta-es decir, un poema, el rasgo principal del cual es su último verso. Sea lo que fuere una obra de arte, propende a su final, que contribuye a su forma y niega la resurrección. Después del último verso de un poema no hay nada, salvo la crítica literaria Así pues, cuando leemos a un poeta, participarnos de su muerte o en la muerte de sus obras. Una obra de arte está destinada siempre a sobrevivir a su creador.

Parafraseando al filósofo, se podría decir que escribir poesía es también ejercitarse en morir. Pero dejando aparte la pura necesidad lingüística, lo que le hace escribir a uno no es tanto una preocupación por la condición perecedera de la propia carne como la urgencia imperiosa de preservar ciertas cosas del mundo de uno, de la civilización personal de uno, de la propia continuidad no semántica de uno. El arte no es una existencia mejor, sino alternativa; no es un intento de escapar a la realidad, sino lo contrario, un intento de animarla. Es un espíritu que busca carne, pero encuentra palabras.

La poesía es, antes que nada, un arte de referencias, alusiones, paralelos lingüísticos yfigurativos. Existe una inmensa sima entre el homo sapiensyel homo scribens, puesto que para el escritor, el concepto de tema aparece como resultado de combinar las técnicas y dispositivos antes mencionados, en el supuesto de que aparezca. Escribir es literalmente un proceso existencial, se sirve del pensamiento para sus propios fines y consume nociones, temas y cosas parecidas, no lo contrario. La que dicta un poema es la lengua, y la voz de la lengua es lo que conocemos con los apodos de musa o inspiración. Ellenguaje garantiza, sino la inmortalidad, al menos una persistencia sostenida en las aspiraciones del espíritu: a la última de las criaturas de Dios se le ha dado voz y palabra o poder cantar, un signo de que ha encontrado un camino con el que ligarse v estrechar los límites de la vida, por una hora o un día.

(Cuando Joseph Brodsky partió de la URSS rumbo a Austria su equipaje estaba compuesto por una botella de vodka y un libro de poemas de John Donne. Tras las huellas de otro poeta, W.H. Auden, fijó su residencia  en Estados Unidos desde 1972).

Cuando un escritor recurre a un idioma que no es el suyo materno, o bien lo hace por necesidad, como Conrad, o debido a una ardiente ambición, como Nabokov, o en aras de un mayor distanciamiento como Beckett. Perteneciente yo a diferente sociedad, en el verano de 1977 y en Nueva York, cuando ya llevaba cinco años viviendo en el país, compré en una tienda de máquinas de escribir, en la Sexta Avenida, una Lettera 22 portátil y empecé a escribir en inglés (ensayos, traducciones y de vez en cuando algún poema) por una razón que muy poco tenía que ver con lo antedicho. Mi único propósito entonces, como ahora, era aproximarme al hombre que yo consideraba como la mente más privilegiada del siglo XX: Wystan Hugh Auden.

Desde luego, conocía perfectamente la futilidad de mi empresa, no tanto por haber nacido yo en Rusia y bajo los auspicios de su idioma (que nunca he de abandonar... y espero que por su parte también sea así) como por la inteligencia de este poeta, que en mi opinión no tiene igual. Conocía la futilidad de este esfuerzo, además porque Auden había muerto hacía ya cuatro años. Sin embargo, para mí, escribir en inglés era la mejor manera de acercarme a él, de trabajar según sus normas, de ser juzgado, sino por su código de conciencia, el menos por lo que en el idioma inglés, sea lo que fuere, hizo posible este código de conciencia.

Mi deseo de escribir en inglés no tenía nada que ver con cualquier sensación de confianza, satisfacción o comodidad; se trataba, simplemente, del deseo decomplacer a una sombra.

No. 10, Octubre-Diciembre de 2002

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