Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
Se publica en Cuba, de
forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200
ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de
2005.
María Eugenia Caseiro
es natural de La Habana y reside en Estados Unidos, donde ha publicado varios poemarios y obtenidos numerosas distinciones. Otros textos de la autora pueden ser leídos en espanol.agonia.net
María Eugenia Caseiro
Paisaje con abuelo y gallo
Baja el sol la guardia en el sendero amontonado de matices, deja el recuerdo de su inmensidad en el tiempo forrado de un verde ya marchito. Los ojos van a dar el grito, los chicos corren y resbala el abrazo en el portón; la madera recoge las sombras como hijos.
Ha llegado el abuelo con su caja de cartón trayendo algún regalo. La sonrisa abre alas al anuncio cuando el fondo azul se reconstruye bajo los finos niveles en que el polvo se levanta, allá lejos, con las carretas que parten a encontrar el crepúsculo y las ruedas excéntricas van dejando sus tonadas de grillos en el campo.
El viejo abre la caja y el gallo que adivina la guanábana luminosa, llega marcial, encesta el gesto; cresta que le pega en un ojo de repente, surcando la andanada de hojas que se le fueron encima cuando los chicos corrieron. Se sacude y su figura es de fuego en la ventana mientras el viejo, corta la guanábana y le lanza las semillas.
Peregrinaje
Calle arriba, el caracol arrastra sus secretos, en el ocre, en el naranja, en el gris, en la semilla olvidada que atraviesa el alma de las piedras. Mi sola palabra se pierde detrás de su silencio herido que guarda los sonidos de la tierra. Los caracoles, dejan un hilo en la penumbra, un rastro en el polvo por el que resbalan luego sin destruirse, y caen recorriendo las fortificaciones, las columnas, los pabellones de la tarde, por lo que a veces, en el inmenso andar, en la coreografía de las horas, mueren sin encontrar nuevas definiciones.
Los caracoles que llegan al propósito del alba traslucen su amargura evaporando las gotas de rocío en las planicies, en los fondos de las botellas de vidrios azules y brillantes como templos, en las delicadas cortezas del olvido de los árboles. Sus antenas, que buscaban el agua, terminan aplastadas por la gárgola en que desaguan todos los misterios.
El caracol, ahora convertido en presagio, impulsa pergaminos de constelaciones, hasta el portal de las bocas moribundas.
Me iré de todas formas
Me iré en el primer tren rompiendo el día
hasta el amor sin fin de la distancia.
Nadie quiere ser nube o torbellino
polea sin razones moviendo ruedas pesadas
Al cajón desempolvado van los que se quedan por un año
los otros vestidos con el hambre de la muerte
que dios tranquilamente los resigne
a saber que no regresan al calor de las heridas
entre los versos que respiran vagamente
desde las primeras liturgias de la sangre.
Revisaba infolios en el viento perdidos
no pude avanzar pradera adentro
con el registro dormido bajo el brazo
recoger los insectos del paisaje
arrebatar de ira en los silencios
mientras el cuerpo encallaba en carne viva
el ataúd de la verdad equivocada.
No obstante avanzar es la primicia
hasta del asesino que acaba sin misterio
bebiendo el agua de la sed hasta la prisa.
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