Revista de poesía  
Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
  Se publica en Cuba, de forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.

 
Desde la Atenas de Cuba
 
  Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
 
 
Eddy Campa
Leandro Eduardo Campa
(La Habana, 1953 – Miami, 2001?).
A los 15 años cae preso durante una recogida que hace la policía y lo acusan de hippie. Sufre prisión y posteriormente escribe Calle Estrella y otros poemas  libro que intenta enviar a un concurso literario en Venezuela, pero el libro es interceptado y lo vuelven a encarcelar. Sale al exilio en 1980 durante el éxodo del Mariel. Vive en Nueva York, Texas y finalmente se establece en Miami, donde publica el libro de poemas Little Havana Memorial Park. Fumador empedernido, vivió sin domicilio reconocido y los últimos bohemios que lo vieron en vida (alrededor de 2001) aseguran que llevaba un catéter de diálisis y que sus riñones habían sido vencidos por la mala vida. Aún se ignora su paradero y la causa de su eventual muerte. Por su forma de vida y su desgraciado final preferimos incluirlo en la interminable lista de poetas suicidas.

Ed era un gran señor perseguido por eventos esperpénticos que no estaban a su altura. Una sensibilidad que el ambiente desesperado de una de las fronteras del exilio acabó por confundir. Un pintor amigo, re-exiliado en Florida City, me contó que vendía joyas de aluminio en las aceras del Down Town con la misma dignidad que una anoréxica de Tiffany`s. Yo soy Ed, el poeta de la Pequeña Habana, me dijo cuando le conocí en aquella exposición de los fotógrafos Portal y Gabino. Mucho gusto poeta. Mire, esta es mi hermana, y queremos dar un paseo por la zona. ¿Me puede decir cuál es la dirección más segura?. Nos dio la espalda con mustia cortesía y después de ensayar unos pasos aseguró: Ninguna.
Emilio Ichikawa, Las voces y el poeta

Vivió de homeless en terminales de ómnibus y casetas de salvavidas de la Playa; acampó en el parque de la 8 avenida y la Tercera calle del South West, rodeado de esos personajes callejeros que luego veríamos desfilar por sus versos. En el célebre quicio de los atardeceres compartía una colada ritual con los habituales de una tertulia que no pasará a la historia de la literatura. Escribió en el reverso de los especiales de La Mía Supermarket, con letra rápida y tortuosa, porque siempre le faltaba donde apoyarse. Lo recuerdo buscando asiento en el hueco de unas raíces, en el banco roto de una parada; enfundado en sus eternos sacos de segunda mano, hasta en los meses de calor, con una edición en rústica de Nietzsche, o de Locke, bajo el brazo; el Maribel apestoso injertado a una pipa de plástico; sosteniendo una completa de la fonda Rodolfo en una mano y sus preciosos papeles en la otra.
Néstor Díaz de Villegas, En las entrañas del monstruo

Leandro Eduardo Campa

6 (De Calle Estrella y Otros Poemas)

A mi abuelo lo llamaban “El Capitán”
por esa voz que siempre mantuvo en la vejez.

Cuando mi abuelo se jubiló descubrió su verdadera vocación.
A las seis de la mañana cogía el número uno
para el desayuno en el Bar “Las Brisas”:
dos panes con mantequilla y leche sola (siempre se tomó
el café aparte):
luego miraba al cielo y decía proféticamente:
“hoy no va a llover”,
reencendía su tabaco de la noche anterior
y hacía tiempo para que llegara el periódico
al estanquillo de San Rafael y Galiano
– le gustaba hacer esa cola de jubilados
que después leen el periódico
en el Parque Fe del Valle
como un ritual:
cuatro en cada banco
con un periódico cada uno,
las páginas abiertas,
los nudillos de las manos chocando.

De paso se anotaba para el almuerzo del TenCent de Galiano
en la lista de “La Duquesa”
que sacaba de entre sus senos arrugados,
como de un largo bolsillo de pantalón.

Después dormía un poco con el diario sobre las piernas
y la cabeza echada hacia atrás,
hasta que el “¡Ya abrieron, compañeros!”
lo despertaba
para gastar un peso con cuarenta y cinco centavos
en el almuerzo
más veinticinco centavos en un cake de chocolate
que el prefería con sirope.

Al terminar, se limpiaba las comisuras de los labios
con una servilleta
que siempre llevaba por si no había,
y a pie, muy despacio, y torturando
cada tres cuartos de hora
su inacabable cabo de tabaco,
se iba
hacia la terminal de Ómnibus
para esperar el café de las tres de la tarde.

Los setenta y nueve años de mi abuelo
coincidieron
con la esperanza de algún nombramiento
de los que él llamaba organizadores de cola
(en general, él tenía ideas muy particulares
sobre la sicología de las gentes en los distintos tipos de cola),
cualidad que él sabía que poseía “La Duquesa”,
vieja oxigenadamente rubia,
con un escarabajo de cobre en la solapa
de su inseparable chaquetón azul.

Y en el Cementerio de Colón,
a la cabeza del cortejo,
mi abuelo mantuvo
su indiscutible número uno.

XVI (De Little Havana Memorial Park)

¡Qué norteamericana la luna sobre el mar!
Cascadas de luz en la orilla redonda
comparten su intimidad con las aguas:
el más puro de mis sentimientos subastado.
Ha vuelto a elevarse el fulgor
de la fuente del parque que pronto apagarán;
la fuente con quien sentí las cosas primordiales.
Si el nombre de Reina no remitiera a la belleza,
desistiría de mi Fe en la humanidad.
Pero, ¿dónde está el cochero que canta
y le dice palabras dulces a los caballos?
Me gustaría ver a mi amigo Eddy Campa, el poeta:
no conozco otro más sabio en materia de nudos.
En la ribera de mi memoria,
el mar que me consuela adormece las olas.
También en los camposantos florecen los almendros.

XXVIII

Esperaré con fuerza para ver la luz del amanecer,
de todos los amaneceres.
Que el olor a vida me exite
cuando roce mi osamenta,
y que siempre responda a su llamado
mi gratitud de hombre proscrito.
Todos, todos estamos en Memorial Park.

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