Revista de poesía  
Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
  Se publica en Cuba, de forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.

 
Desde la Atenas de Cuba
 
  Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
 
 
Conchita Cambeiro
Conchita Cambeiro (La Habana, 1964)
es pintora, periodista y poeta. Su poemario Escorzos fue publicado en México en 1999. Otros textos suyos han sido publicados en números anteriores de Arique.
Reside en España .

Conchita Cambeiro

Elegí el viento

Elegí el viento
y sus chispas de hojas invernales
que encienden
el fuego del bronce excitado.

Escogí, de la bóveda de Acuario,
el paraíso de las musas hembras
que dieron de mamar
a los pájaros sedientos de locura.

Los cubrí con la ley absurda
de la incoherencia pura,
con el esfuerzo íntimo del miedo destilado,
les di de beber
hasta atormentarlos de encanto.

Fue de brea
la leche que deposité
en sus picos abiertos
en triángulo.
De largos, me hieren los ojos
los que para siempre serán aves
y yo nido.

Retornarán jadeantes
satisfechos
llenos
y más locos.

Noviembre de 1997

Alma en exilio

Porque es luz
sale, se prostituye,
queda quieta, señalando un punto...
porque es luz.

Sabe negar
incluso, en las noches
se atreve a retar
los sagrados monumentos prohibidos.

Sólo una mariposa sedienta y posesiva
se la llevaría
frenética de temor
a los jardines poblados,
vedados a los hombres
que no supieron llorar
cuando tropezó el amor
y cayó de bruces
en el pavimento indiferente.

La nube se volvió
casa.
Inocente la casa se hizo cárcel.
El cielo envió la luz
para dejar libres de escombros
los ojos.

Febrero de 1997

De Escorzos

Impotencia

Usted es un hombre feliz. Lo siento por usted señor
por ser feliz tan facilmente. Un hombre tiene que
haber caido muy bajo para considerarse feliz.
Baudelaire

Se desplomó el caballo en el asfalto. El carretón
lleno de humanos abatió sus fuerzas. En silencio, sin
un requiem al sol, se desligaron sus bríos. Él cargaba
la esperanza, las promesas, los pesares y anhelos tras
sus espaldas al templo de El Rincón.
Bello, hermoso y rígido desplomo ante mí su tragedia.
Cuando es la muerte la que llega para traducir
verdades, mal anda el propósito del día que nos
inventamos.
Desasosiego, hambruna y hediondez asola los viejos
que ven acelerar el fin de sus días con estrépito. El
desfalco a la vitalidad no deja al apresurado ojo
captar la anomalía del deterioro prematuro.
el viejo se ha convertido en objeto inservible, y
así, sin dientes polares para mascar pieles, a los
setenta años esperan estoicos, famélicos y confusos en
un tren estático que combustiona sus huesos.
Y es que nos ha faltado darnos la paz.
El egoismo de los intentos arroja tras de sí la
barbarie y la desolación. Lo sabemos.
Nos ha faltado darnos la paz
nos ha faltado clemencia
nos hemos negado el amor.

Viaje a La Habana, noviembre 2006

Perdóname más

Sólo aprieto entre mis dedos
un puñado de renuncias
dos o tres intentos
de amante
y unos pocos
recuerdos de búsqueda.

No tengo más ofrenda
no tengo más defensa
ni otra oración.

Has dislocado mi cadera
y estoy herida
por eso
perdóname ayer
perdóname hoy
mañana y pronto
Sé que te pido mucho y rápido
entonces
pues
perdóname más.

De Colección de poemas místicos,
enero de 2003

Tardes extrañas 1

Hay tardes en las que ocurre un hueco en las horas.
En la pared del pequeño balcón descansa, arriba, un
mueble de mimbre pintado de blanco. Las golondrinas,
ciegas por la escasa luz, desordenan el cielo.
Son horas semicirculares, de un color nácar grisáceo,
pétreas. No son buenas ni malas. Sí distintas.
Es difícil explicar este silencio bastardo sin rumbo.

Tardes extrañas 2

Justo cuando el sol comenzó a ocultarse detrás del
edificio, alto como un tsunami,
recordé que acostumbraba a custodiar, junto a mi hijo,
la vertiginosa puesta del sol urbano,
en el ala derecha del apartamento.
Ambos nos encajábamos arcillosos en el viejo sofá
y perseguíamos el cuadro de luz
que se dibujaba en la pared
y que a toda prisa se convertía en triángulo,
luego en una fina recta
hasta desaparecer.
El sol de diciembre alumbra, pero no calienta,
es como ver la luna en pleno día.
Los cristales aprendieron a crujir,
extrañados, como yo,
de ver a la tierra helada beberse, de un bostezo
la luz toda.

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