Revista de poesía  
Revista de Poesía
La Habana-Miami
Santiago de Chile
  Se publica en Cuba, de forma artesanal, en edición trimestral limitada de 200 ejemplares desde Julio de 2000.
Regularmente en la web desde octubre de 2005.

 
Desde la Atenas de Cuba
 
  Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba
 
 
Teresita Burgos
Teresita Burgos Benavides (Matanzas, 1954). Ha publicado Revelaciones (Ediciones Matanzas), Junto al ceremonial nostálgico de los hornos (Ediciones Vigía, Matanzas) y Cuando la luna se sienta en el limonero (Ediciones Vigía, Matanzas). Es miembro de la Unión de Escritores de Cuba y aparece en la antología Poetas en Matanzas V (Ediciones Matanzas, 1998) y el Tomo III de la Antología de la Poesía Cósmica Cubana (Frente de Afirmación Hispanista, México, 2002). Actualmente dirige un taller juvenil de creación literaria.

Teresita Burgos Benavides

Casa de silencios

Soy realmente yo quien traspone el umbral
de la piedra intuitiva y recelosa,
la neblina que traspasa
el bronce de las puertas?
¿Soy esa sustancia hundida
en el soplo de una hoja
borrada junto a la fuente
por seres ensordecidos y cegados?
¿Seré acaso el agua
y no me reconozco?
¿Quién es el hombre
que deslumbra la claridad
tras la voz de una campana
y devela el estigma
que pudre los pasillos,
los aires que transitan?
Quizá ni siquiera existamos,
casa de silencios,
padecemos de transparencias
y vastas oscuridades.
A veces la luz cree acompañarnos
cuando se filtra en la mañana de los pinos
pero la luz tampoco sabe de nosotros
ni de sí misma.
Nadie podrá hallarte en la piedra aparente
nadie me sabrá
parte abisal de tus cimientos.
La ciudad nos olvidará un día
de ruindades y de lluvia.
¿Quienes son los que te confunden
con su sed de hallazgos,
por qué pactas con la luna
y los confundes?
Las casas siempre mienten
a los que imponen sus huellas
sin ser amados.
El silencio sólo entiende de encuentros
en lejanías insalvables.
¿Realmente alienta cierta llama
en tu sien transida de noches,
existirá una noche diferente
que rija el polvo?
Casa de silencios,
no sé si eres tú
quien me ronda sin ser vista
cuando la luna vieja aparece,
pero creo escucharte susurrar en tu mundo
que me amas.

De Días muertos de una isla

Villacreces

Duerme la paz del hechizo en un abismo sin regresos, doncella de vestes batidas por el aire, abandonada al caos apacible del sueño. Todo reposa. Los ésteres en las bodegas, el eco antiguo, el humano roce de las puertas. La torre ajena al sentir de los bronces mudos, los que anunciaron el paso abrumador de las borrascas. Tantas huellas perdidas, máculas de la aridez presas donde el agua ha quemado sus nidos, todas las voces, el canto.

Naufragada en la quietud con la frente vuelta a lo inefable, sobre un lecho de glebas tan cerca del agua, pacta sus alivios con el azar en el discurrir de los pies yermos por las sombras, sombras tangibles que pesan en cada hoja sobreviviente las fustigadas preces de la hierba. Ahí están sus dedos esparcidos, rescoldos sin vida auspiciando agonías y letargos cómplices del sueño.

Se derraman lentas las estaciones en el semblante de solemne humildad donde yacen las penumbras más diáfanas, los escombros menos dolientes, vestigios de infinito bregar. Oficios insepultos, cuyas confidencias se abren en arrullos de plumas, piedras, barro, pajas y metales, la escasez ideal para este dormir profundo simulando un paraje de reminiscencias, una villa sin voz, esa doncella dispuesta a ser olvidada mientras continúan las cienas en los maderos mermando el lustre, los rústicos términos. Mientras las aves ofrecen su nidada y un frenesí de dialectos amables.

Quietísima en la virtud de músicas fenecidas... No hay oídos que pueblen cántaros y vajillas, ni gestos para atizadores, ni sopas crujientes, ni lenguas para tentar el pan y las dulzainas. Ni un tonel pudriendo en el olvido los pechos de la vid. Sólo tintes de silencios, estelas petrificadas donde no mueren la luz ni los sahumerios.

¿Soñará encuentros furtivos en la hondura violácea de los palomares? ¿Olores grises alentarán sus quimeras aunque permanezcan ahogadas las latencias, esas que merodean bajo los velos de las espigas, las que sostienen los mínimos reflejos?

A sus ensoñaciones irisadas de historia acudirán nostalgias desde lejos, nostalgias prontas a suicidarse ante la soledad legítima, exacta. Y se ven las nieblas flotar a través de los brazos adobados, a través de toda la durmiente de firmes tapiales aún esbeltos.

Amparada en lo infinito. Su aliento en la llovizna, la piel sobre vuelos silvestres. Qué mejor refugio que una siesta eterna cuando todos se han ido. Villacreces tendida bajo los cielos gastados sin más lumbre que el sol, habitante perfecto, sin más vigía que cierta opacidad entre las nubes. ¿Será posible despertar los seculares polvos y cubrir de almas su regazo? Se va sola del sueño a la transparencia sin espadas que la salven, sin un beso de amor.

Los lienzos han caído sobre el mármol

Pétalos, silencio...
Estar en lo angosto de mi cuarto anochecido
en la soledad
donde riges y develas
la grandeza de lo simple.

Ignora el polvo
el esplendor
tras los ojos cerrados.

Sin juicios me hundes
en las aguas secretas de la luz.
Los lienzos se esfuman sobre el mármol.

Rituales

I
Cortar la leña
de las ruinas patrimoniales de la ciudad
frente al nuevo Center Shopping
y sus increíbles afeites.
Reflejada en las vitrinas
con el corazón sobrecogido
creo ser la romántica esposa
que le falta a Robinson Crusoe.

II
Cocer los trescientos guisantes del mes
en un día
sazonarlos con el rocío
la cal y una voz ultramarina
que llevo siempre en la palestra.
Glorificados al fuego
los guisantes
caballos rojizos que se inmolan
en el desierto del hervor
galopando henchidos
saltan la rutina
hacia otros lares.

III
Limpio el barro cuarteado
con agua turbia del San Juan
mientras mi hijo
ensaya en el violín
esa música que tanto gusta
a los turistas
y que bien pagan con baratijas.
Si aún fuésemos aquellos indios
impresionados por los espejos...

IV
No sé si escribir este poema
o ir hacia el derrumbe
de mi trabajo municipal
o quedarme simplemente en casa
con la tentación de remontar el vaho
en uno de esos gráciles autos
que pasan volando
y algo de mí se llevan
a donde no van:
al centro de lo lejos
y los arrecifes veladores
del fondo de claridades
para mis pies.
Ando la arena de la irrealidad viva.
Estar maniatada, muda, harta
y a la vez estar
libre en el agua libre
de lo que soy.

Las migajas del buffet

El hotel se anuncia
con íntimas lagunas
y ascensores transparentes
que reflejas los visos
de esa luz que nunca vemos
y que traen los turistas
en su equipaje
al descuido.

Mi hija toca la flauta
en el salón del buffet
rodeada de manjares vedados.
Vidrieras que atesoran
los frutos que siempre estuvieron
en las alas de diciembre.

Tan cerca de la música
frutos entrañables
rozando otro mundo
perdidos
en la novedad de los espejos
aromas que jamás faltaron
a la mesa.

Aquellos frutos de siempre
sus migajas
pueden sorprenderme alguna noche
cuando el revuelo de mi hija
en su aviso blanco
me despierta.

No importa quién haya comido
del otro lado.
Un fruto siempre une
cuando sus restos se dispersan
y son
delicadamente
sustraídos por la música.

El hotel
y su esplendor de agua
no sabrán
ni los gerentes
ni turistas
del secreto botín compartido
en el verano de mi cuarto
sin aires ni confort.
Mucho menos sabrán
del alma
de una muchacha de la isla
cuando toca la flauta
entre las mesas que cobijan
pródigas
las migajas del buffet.

Del libro Días muertos de una isla

Búsqueda personalizada
Free Guestbook
Comentarios 

Arique es una publicación cultural sin fines de lucro que no se adhiere a corriente política o estética, institución o personalidad alguna, por lo que se financia del aporte de sus realizadores y amigos. Cualquier donación es bienvenida y se agradece profundamente.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons