Agustín Acosta
Matanzas
Ciñe orgullosa de Minerva el casco.
El ideal que en su leyenda flota
traduce un aislamiento de gaviota
desmayada en un sórdido peñasco.
Decir su nombre es como abrir el frasco
de un perfume que anuncia en cada gota
un espejismo de ciudad remota:
Roma... Jerusalén...Tebas... Damasco...
Germen de luz sobre su campo prende;
y heraldo de esa luz que la defiende,
nunca el laurel su excelsitud le aparta.
Y en sus cumbres graciosas y serenas,
al clarín vencedor que grita: ¡Esparta!
el arpa ilustre le responde: ¡Atenas!
Valle de Yumurí
¡Valle de Yumurí...! ¡Inmenso valle mío!...
Verdor que es una ofrenda de gratitud al río:
al Yumurí risueño que te besa y fecunda,
que no es Ganges copioso o Nilo que te inunda,
sino deslizamiento de tímidas cautelas
que ha desdeñado el lento desfile de las velas,
y aún escucha el isócrono chichás de las piraguas,
ahogado en el inquieto murmullo de sus aguas.
Peñón sagrado, abrupto guardián de tu belleza,
la Ermita es atalaya que anuncia tu grandeza.
Desde la Cumbre, altivo balcón sobre tu alfombra,
sorprende el desafío de la luz y la sombra;
y veo cual transforma los oros del poniente
en violeta traslúcida tu niebla evanescente.
Y ya no advierte el ojo, absorto o conmovido,
si eres un valle o eres un sueño suspendido.
...
Mi corazón y yo
Mi corazón y yo dejamos la ciudad.
Atrás, piedra labrada a cincel, aguas muertas,
estrechos callejones, suntuosos paseos,
multitudes, atrás...
Mi corazón y yo dejamos la ciudad.
Pálidos rostros; prismas en el andar; tumulto
heterogéneo, multicolor; indiferencia
y estruendo y rapidez y fuga, y catarata
de cristales y espumas de odio. Y la mentira,
vencedora aparente de la eterna verdad.
Mi corazón y yo dejamos la ciudad.
Quede atrás la desecha ilusión; la esperanza
ha de reaparecer en otra parte,
más vestida de verde que en los parques urbanos,
más de luz que en los tristes focos de las esquinas.
Mi corazón y yo dejamos la ciudad.
Dame la mano, corazón, o tómame
de ella. No sabemos quien ha de ser el guía.
Tú o yo, ¿qué más da? – somos la misma cosa.
La diferencia es una: cielo o tierra.
¿Cuál es el cielo de los dos? Tú eres
el cielo cuando late tu bondad invisible
y yo la tierra cuando las pasiones
te humillan. O yo el cielo cuando canto
si es que no cantas tú, porque, bien visto,
si canta el corazón cielo es la tierra.
Si canta sólo el hombre el canto es sombra.
Dame la mano corazón; ahora
voy a cantar: tú cantarás más tarde,
cuando mi oscuridad te necesite.
¡Lo que tenemos que cantar, hermano!
Ruina cubana
De este batey, que el ojo contempla conmovido,
Metrópoli minúscula de viejos cafetales,
Hoy sólo queda el viejo caserón derruido
Y las losas oscuras de los anchos portales.
Muros rotos denuncian el incendio y la guerra;
Secos pozos acusan una sed milenaria.
Emigraron los gallos, de su hogar, a la sierra,
Que les ofrece grata vivienda hospitalaria.
Nada turba la paz de estas horas tranquilas.
Gatos de lomo eléctrico rondan por los tejados,
Y hay en la incandescente fuga de sus pupilas
La idiotez novelesca de los cuartos cerrados.
Golondrinas de antaño duermen en los aleros.
La luna ha amortiguado su pasado derroche.
Valleinclanes barbudos triscan en los potreros,
Y unamunos de nieve atraviesan la noche.
Zigzaguea en el aire un aletear esquivo;
Perros aspaventeros ladran sin causa cierta.
Y colgado a su poste, pobre globo cautivo,
Enmohece, apagado, el farol de la puerta.
Ocio
Tres de la tarde. Aburrimiento. Flota
Suave olor de jazmines en mi estancia.
En mi mesa un león de terracota
Es frágil negación de la arrogancia.
Literaturas clásicas apenas
Logran turbar lo grato de mi ocio:
Hoy no soy acólito de Atenas,
Y olvido las injurias de beocio.
Virgilio, Homero, Píndaro... No aprecia
Mi juicio los hexámetros de Grecia,
Ni las campestres églogas latinas...
Y como en nada mi inacción se afana,
Me pongo a contemplar por la persiana
Una alegre invasión de golondrinas.
1971
Luna del campo
Tú siempre has sido mía, luna del campo; siempre
jugaste a que eras solde mi jornada oscura,
lo mismo cuando a pie soñaba por los bosques,
que cuando sobre un potro volaba en las llanuras.
Tú siempre has sido mía. Los bailes campesinos
que decoraba el nácar de tu presencia única,
ampliaban el monótono rasguear de las guitarras,
y tú me sonreías sobre los campos, luna.
Ya voy hacia las vastas haciendas de mi espíritu,
donde reinar no puede la densa sombra oscura,
porque a la noche opongo tu clara luz de entonces,
luna .
Los camellos distantes
Visión de los siglos pasados... ¡Oh, días
que vieron los santos varones aquellos
perderse en la noche de las teogonías...!
Budhas vencedores sobre los camellos...
Camellos medrosos por los arenales,
-narices activas, ojos sin destellos-
nudosos camellos iguales,
lejanos camellos
que un día prestásteis la doble joroba,
para que los reyes errantes
hicieran en ella su trono y su alcoba...
camellos distantes
que váis taciturnos por la lejanía,
y sois al espíritu que indaga e inquiere,
gloria de la noche de la Epifanía,
¡visión que no pasa ni muere...!
¡Camellos que bajo los cielos fenicios
llevabais las vírgenes de los cananeos
hasta los sagrados oficios
de las catacumbas y los hipogeos...!
(Cuando en los oasis, liturgias y ritos
decían los votos de los misioneros,
vosotros de hinojos orabais contritos,
bajo la sombrilla de los datileros).
Montañas errantes, pardas cumbres vivas
que, bajo los líbicos soles reacios,
ibais conduciendo princesas cautivas
hacia fabulosos palacios...
¡Camellos que fuisteis cortejo en las bodas
y que presintiendo la Noche Divina
visteis asombrados desde las pagodas,
la estrella adorable de la Palestina...!
¡Y que constelados partisteis un día
desde donde el hijo de David reinaba,
hasta donde, idólatra del sol, sonreía
a vuestro tesoro la reina de Saba...!
¡Camellos distantes...! Sufro y gozo al veros,
-¡oh, Arabia remota, dorada y propicia!-
cuando entre payasos y titiriteros
¡os exhibe y medra la humana codicia...!
Porque sé que tristes, cansados, mohinos,
soportando graves las ferias de hogaño,
no veréis más nunca los viejos caminos
por donde rumiábais los henos de antaño.
Camellos sagrados... ¡Qué amargos reveses
a vuestra nobleza la suerte prepara,
cuando esos afines turistas ingleses
van en vuestros domos a ver el Sahara...!
Procesión de gibas por las Escrituras...
breves y apagados vesubios errantes,
que eclipsar hicísteis con vuestras figuras
la mítica alcurnia de los elefantes.
Sin osas en los vagos anhelos perderme,
es vuestra más dulce visión en mi vida
una caravana lejana que duerme
junto a una remota ciudad destruida.
Huéspedes callados de templos y edenes.
Transportabais raras cosas exquisitas:
néctares propicios para los harenes
y gomas de éxtasis para las mezquitas.
¡Oh, encanto de entonces...! ¡Oh, destellos puros
que, cual una virgen profética y sabia,
para que alumbrarais caminos oscuros
daba a vuestros ojos la luna de Arabia!
Las carretas en la noche
Mientras lentamente los bueyes caminan,
las viejas carretas rechinan... rechinan...
Lentas van formando largas teorías
por las guardarrayas y las serventías...
Vadean arroyos, cruzan las montañas
llevando el futuro de Cuba en las cañas...
Van hacia el coloso de hierro cercano:
van hacia el ingenio norteamericano...
Y como quejándose cuando a él se avecinan,
las viejas carretas rechinan... rechinan...
Espectral cortejo de incierta fortuna,
bajo el resplandor de caña de la luna...
Dando tropezones, a oscuras, avanza
el fantasmagórico convoy de esperanza.
La yunta guiadora de la cuerda tira,
mientras el guajiro canta su guajira...
Ovillo de amores que se desenrolla
en la melancólica décima criolla:
Hoy no saliste al portal
cuando a caballo pasé:
guajira no sé por qué
te estás portando muy mal...
Y al son de estos versos rechinan inquietas
con su dulce carga las viejas carretas...
En el verde platanal
hoy vi una sombra correr:
mucho tendrá que temer
quien te me quiera robar,
que ya yo tengo un altar
para hacerte mi mujer.
En bruscos vaivenes se agachan, se empinan...
las viejas carretas rechinan... rechinan...
Las ruedas enormes, pesadas, se atascan...
Los bueyes se lamen los morros y mascan...
Jura el carretero, maldice, blasfema,
y cada palabra es un anatema...
Detiénese el tardo cortejo a ayudar
a quien paso libre tiene que dejar.
Aquí de las piedras que calcen las ruedas,
los troncos robados a las arboledas...
El esfuerzo inútil y la imprecación...
La frase soez y la maldición...
Oh, guajiro... y mientras a gritos maldices,
los bueyes se lamen las anchas narices...
Al fin sobre firme terreno ha rodado
el carro de caña de azúcar cargado.
Y de otra carreta sale una canción
que exorciza el eco de la maldición:
Yo nunca podré aspirar
a darte un beso de amor:
tú conoces mi dolor
y no lo quieres calmar.
Y al son de estos versos rechinan inquietas
las tardas, las viejas carretas...
Te vas al pueblo a bailar
y no te acuerdas de mí;
de mí que me quedo aquí,
y que como buen poeta
te dedico esta cuarteta
que he sacado para ti.
El ingenio anuncia cambio de faena
con un prolongado toque de sirena.
Y a través de sombras fantásticas brilla
como gigantesca lámpara amarilla,
soplando cautivos vapores rugientes
hacia los irónicos astros esplendentes.
Por las guardarrayas y las serventías
forman las carretas largas teorías...
Vadean arroyos... cruzan las montañas
llevando la suerte de Cuba en las cañas...
Van hacia el coloso de hierro cercano:
van hacia el ingenio norteamericano,
y como quejándose cuando a él se avecinan,
cargadas, pesadas, repletas,
¡con cuántas cubanas razones rechinan
las viejas carretas...!
El cielo vacío
Todos iban cantando su oración. La madre
pedía por el hijo. El hijo
iba cantando su oración
por los ojos que no había visto.
Y los ojos ocultos (no nacidos aún)
iban en ellos mismos:
en la madre,
en el hijo,
en todo cuanto fuera vibración de la noche,
atracción del abismo,
sueño de las quiméricas lunas que no se saben,
y rizo
del mar de labios anchos en la costa de piedra…
Todos iban cantando su oración… Y mi cielo,
¡mi cielo ya estaba vacío!
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