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Federico Uhrbach
Matanzas, 1873-La Habana, 1932
Colaboró en La Habana Elegante (1893-1895), El Fígaro (1893-1927) y Gris y Azul (1894). Colaboró en la Revista de Cayo Hueso, El Yara, El Expedicionario, Las Tres Américas, Cuba y América. Fundó, en unión de José Govín el semanario separatista Los Azules. Formó parte de la redacción de El Fígaro, tuvo a su cargo secciones fijas en El Heraldo y en La Nación y colaboró en El País, La Discusión, Letras. Su obra Dolorosa, con música de Eduardo Sánchez de Fuentes, fue estrenada en el Teatro Nacional en 1910 y puesta en escena, en 1911, en el Teatro Balbo de Turín. Cesanteado de su cargo de Jefe de Negociado de la Propiedad Intelectual, conoció días de miseria. El conjunto de poemas bajo el título Flores de hielo fue publicado con las poesías de su hermano Carlos Pío en el tomo Gemelas (La Habana, A. Miranda, 1894). Más tarde recopiló toda la producción de ambos en el tomo de poemas titulado Oro (La Habana, Imp. Avisador Comercial, 1907). Dejó inéditos un libro de cuentos escrito en colaboración con su hermano Carlos Pío, varios volúmenes de prosa y verso (Collar de cuentos, El dolor de la vida, Rimas para ella, Más allá, Trigales de oro, Diafanidad) y la fantasía lírica Niebla de ensueño, que fue llevada a la escena en La Habana. Usó los seudónimos Tulio Arcos, Jorge Brummel y René de Vinci.
Los aguinaldos
Al poeta Félix L. Campuzano
Los aguinaldos! Flores de pascua, los aguinaldos
de caprichosas constelaciones visten los prados
y hay en la nieve de sus guirnaldas, tiernos reclamos
como de vírgenes, con sus corolas de tonos cándidos.
Con el encaje maravilloso de sus estrellas,
van simulando del azul cielo la comba inmensa,
y cada brote traza un remedo de la áurea selva;
toda la Lira, toda la Virgen, todas las Pléyades.
Conquistadores, su escala tienden hasta la cima
de agrestes palmas, donde columpian sus campanillas,
que con sus vuelos breves transforman y glorifican
los viejos troncos en camapanarios de alma infinita.
En los fugaces deslumbramientos de la mañana,
al desprenderse de las corolas chispas de agua,
sueña el encanto que se desprenden de las arcadas
como repiques interminables de alegres dianas.
En el ambiente vago de ensueño con que la tarde
finge á los tristes que la persiguen abandonarse,
los aguinaldos con su perfume llenan el aire
como de un soplo de languideces crepusculares.
En las penumbras embalsamadas de suaves noches,
cuando el silencio, sólo el silencio flébil responde,
riman un salmo de opacas notas las lbancas flores,
como suspiros, como sollozos, como oraciones...
En las laderas reverdecidas de los caminos
ó en los remansos llenos de sueño de claros ríos,
mandan sonrisas como de tiernos labios amigos
que tranquilizan las inquietudes del peregrino.
Los aguinaldos con sus ruiseñas alternativas
de verde y blanco, tejen idilios de frescas rimas,
lo verde dice de églogas suaves de griega lírica,
lo blanco dice de madrigales y eucaristías.
Hay en el fondo de cada cáliz todo un poema
de épicas rimas que desconoce la primavera,
y que refiere rudas estrofas de la leyenda
sólo entonadas por los bordones de las abejas;
Cuando la sangre tiñó los campos de hirviente púrpura
y sólo horrores iluminaba la absorta luna,
fué de la abeja murmuradora la ronca música
quien á las flores narró la historia de nuestras luchas;
Y compasivos, los aguinaldos, de lo reveses
que soportaban heroicamente las fieras huestes
rindiendo el alma que oculta llevan sus castas nieves
á nuestras huestes con las abejas, mandaron mieles.
En las llanuras que fué sellando la cruda guerra
con rojos signos que tributaban patricias venas,
sobre la grana, cada aguinaldo, como una estrella,
copiaba al astro, blasón y orgullo de la bandera.
De la tragedia guardando altivos la hazaña heroica
ó en la tragedia simbolizando misericordias,
¡no hay una cumbre donde no canten alguna gloria
ni hay una breña donde no infloren alguna fosa!
Los aguinaldos! Flores de pascua, los aguinaldos
de caprichosas constelaciones visten los prados,
y no han logrado pasar gloriosos bajo sus arcos
las primaveras, ni los otoños, ni los veranos.
No.24/ Julio-Septiembre de 2007