|
|
Dos antologías
Por Raúl Tápanes López
Hay poetas que lo son no porque hayan logrado un poema notable o un verso que le sobreviva. Son los que, calladamente y como presdigitadores que realizan milagros esenciales ante los ojos que no ven, se dedican a estudiar y a divulgar y a honrar la poesía de los otros.
Muy pocos, aunque buenos, se refieren en la Isla a la labor tremenda que viene realizando desde hace años la asociación cultural mexicana Frente de Afirmación Hispanista (FAH). Buenos digo, porque aunque pocos, han sabido honrarla intelectuales y poetas de la talla de Salvador Bueno Menéndez, Virgilio López Lemus o Francis Sánchez y la Dra. Nuria Gregori.
En 1998 el humanista Fredo Arias de la Canal presentó en La Habana la Antología Cósmica de Ocho Poetas Cubanas (Carilda Oliver Labra, Juana Rosa Pita, Liudmila Quincosés Clavelo, Amelia del Castillo, Serafina Núñez, Zoelia Frómeta Machado, Ana Rosa Núñez, ) y su libro La Poesía de Tres Poetas Revolucionarios: Marx, Nietszche, Martí, en el acto de entrega del Premio Vasconcelos al Dr. Salvador Bueno. Desde entonces la labor de estudio y divulgación de la poesía cubana -y no sólo del ars poetica, sino también de otras manifestaciones culturales- del FAH y de Fredo Arias ha sobrepasado con creces lo que los propios cubanos podríamos esperar. La Antología Cósmica de la Poesía Cubana, editada en tres voluminosos tomos entre 2000 y 2002 y que recoge alrededor de 700 poetas, ha sido el esfuerzo investigativo y editorial más grande que se ha realizado hasta hoy en relación con la poesía de la Isla. A ella le han seguido numerosas antologías de poesía y décimas de las distintas regiones y provincias de Cuba. Durante años el FAH ha divulgado, unas veces tomando como vehículo el estudio psicoanalítico de Fredo Arias, otras reproduciendo obras significativas, el trabajo de cientos de poetas cubanos dentro y fuera de la Isla. Mucho le debe, en los últimos años, la cultura cubana a la labor de este quijote mexicano. Y aunque resulte reiterativo no dejaremos de referirnos a ello.
Las antologías poéticas, que aquí desde hace siglos marcan y definen épocas y corrientes, son habituales en la Isla. En Matanzas, la ciudad que por entonces se abrogaba el título de la Atenas de Cuba y el lujo de alardear de una cultura tan refinada como la habanera, las antologías van desde Album de Yucayo en 1847 hasta el Almanaque del Album cuarenta años depués (1887). Desde la década del 50 y hasta el presente año han visto la luz siete ediciones de Poetas en Matanzas, selección que aunque de aparición irregular y con exclusiones que lastran su validez literaria, da continuidad a la tradición.
Pero las antologías esenciales de la poesía cubana de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX ven la luz en La Habana. Ellas van desde El laúd del desterrado, editada en Nueva York en 1858 a instancias de Pedro Santacilia, hasta La poesía cubana en 1936 de Juan Ramón Jiménez, precedida esta última por La poesía moderna en Cuba (1882-1925), de Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro. En 1879 se publica en La Habana la colección Arpas Amigas y dos años después, en 1881, la antología Parnaso Cubano, desde Zequeira a nuestros días, con introducción de Antonio López Prieto. En 1893 en Nueva York, Serafín Nuñez compila una pequeña muestra de versos épicos en Los poetas de la guerra que prologa José Martí. Recién entrado el siglo XX, en 1904, la Imprenta de Rambla y Bouza, situada en la habanera calle Obispo, publica Arpas Cubanas, muestra de veintinueve poetas con prólogo de Conde Kostia (Aniceto Villanueva).
De estas siete antologías cinco ha sido reeditadas por el FAH en los últimos años. Ediciones facsimilares que son remitidas gratuitamente a centenares de personalidades e instituciones culturales del mundo hispánico. Emprendimiento semejante no ha sido acometido jamás por ninguna institución cubana.
Las más recientes de estas publicaciones han sido Parnaso Cubano, de 1881 y reeditada en 2006, y ahora Arpas Cubanas, de 1904 y reeditada más de un siglo después por la asociación cultural mexicana.
Parnaso Cubano trae en primer término una introducción histórico-crítica de Antonio López Prieto ambiciosa desde su título: La poesía en Cuba. Este doctor es enviado, a raíz de un supuesto descubrimiento sobre la tumba de Cristóbal Colón, a la isla de Santo Domingo, a investigar los acontecimientos, producto de lo cual es su Informe que sobre los restos de Colón, presenta al Excmo. Sr. Gobernador General D. Joaquín Jovellar y Soler, después de su viaje a Santo Domingo (La Habana, Imp. del Gobierno, 1878). Sobre el mismo tema escribió un ensayo titulado Los restos de Colóny publicado igualmente en La Habana un año antes.
Aniceto Villanueva, el Conde Kostia que firma el prólogo, es un refinado poeta y a su vez uno de los más notables personajes involucrados en la antología Arpas Cubanas. Nacido en Las Villas, al centro de la Isla, era ya a los veinte años de edad un conocido periodista del diario madrileño El Globo. Poseedor de una amplia cultura recorrió numerosos países y fue gran conocedor y estudioso de la literatura francesa, de donde tradujo a Víctor Hugo y Baudelaire entre otros. Preso en La Habana por sus artículos separatistas, asume entonces el seudónimo que lo identifica. En 1895, al estallar de nuevo la guerra independentista, el Conde emigra a México, la tierra donde más de un siglo después el humanista mexicano reeditará Arpas Cubanas, y donde funda el diario El Imparcial. A la instauración de la república, de vuelta a La Habana, participa activamente en el quehacer periodístico y literario de la Isla; involucrado en la política apoya a José Miguel Gómez, quien al ser elegido presidente lo nombra embajador en Noruega. Allí escribe su ensayo La moderna Noruega, que junto a sus méritos y labor diplomática y cultural hacen que el rey Haakon VII le confiera la Gran Cruz de Olaf. En el mismo año (1904) en que sale a la luz Arpas Cubanas, la imprenta de Rambla y Bouza publica su opúsculo Melancolía. Aniceto Villanueva, Conde Kostia-A La Vía-VLDVIa, que fueron los seudónimos que utilizó en distintas momentos, sigue siendo hoy uno de los más significativos hombres de letras cubanos y, al mismo tiempo, uno de los más olvidados e ignorado.
En la antología aparecen algunos poetas matanceros: Federico Urbach, hermano de Carlos Pío, nacidos ambos en el barrio de Versalles, Ricardo del Monte, Federico Villoch del término de Ceiba Mocha, un poblado al pie de las alturas de La Habana-Matanzas, Diwaldo Salom, un poeta hoy totalmente olvidado, y Bonifacio Byrne, llamado el poeta de la guerra. Los versos de Byrne De cara al mar, escritos para la inauguración de lo que hoy se conoce como Paseo de Martí en la ciudad de Matanzas, a cien kilómetros de La Habana y conocida en el siglo XIX como la Atenas de Cuba, hacen referencia al Castillo de San Severino, utilizado por las tropas españolas hasta el fin de su dominio en Cuba; en la explanada aledaña a la fortaleza fueron fusilados patriotas como Domingo Mujica -a quien Byrne cantara en otros poemas- y el mulato poeta Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido).
La más fermosa, el célebre soneto del santiaguero Enrique Hernández Miyares, es una de las piezas más trascendentes del cuaderno. La más fermosa parece desprendido de la escarcela de don Juan de Urquijo, escarcela llena de más rimas sonantes que de oro contante, comenta el Conde Kostia en su prólogo, luego de considerarlo el soneto más bello que se ha escrito en Cuba en este siglo. Para Lezama Lima, sin embargo, muestra prosaismos inexcusables. En 1917 -trece años después de la publicación de Arpas Cubanas- la Academia Nacional de Artes y Letras debió editar el libro Historia de un soneto para dejar constancia de las circunstancias que rodearon la aparición del texto, que algunos consideraron entonces un plagio. Así narra la anécdota Julio E. Hernández-Miyares, descendiente directo del autor del poema:
En 1903, inspirado por un discurso pronunciado en el Senado de la nueva República de Cuba por su gran amigo don Manuel Sanguily, con el que éste cerraba un largo debate sostenido con don Antonio Sánchez de Bustamante sobre la conveniencia o no para Cuba de la aprobación del Tratado de Reciprocidad con los Estados Unidos, Enrique Hernández Miyares escribió un bello soneto titulado La más fermosa, basado en un episodio de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, mencionado por Sanguily en su discurso. El poema apareció publicado en el periódico El Mundo bajo el seudónimo de Crisóstomo. Y dio lugar a una de las más sonadas polémicas literarias en los anales de las letras hispanoamericanas, pues el Diario de la Marina, sorpresivamente, dio cabida en sus páginas a la acusación de plagio hecha por un supuesto escritor andaluz que afirmaba que el poema se debía a la pluma del ilustre poeta sevillano Francisco Rodríguez Marín. La calumnia creció y la polémica tomó proporciones extraordinarias. Las acusaciones llegaron a tal gravedad, que una parte de la opinión pública se inclinó de antemano a condenar al poeta cubano, hasta que se recibió el cable de España en el que Rodríguez Marín declaraba que el soneto no era suyo y así se conoció la verdad y se disolvió la conjura contra Hernández Miyares. El poeta pudo gozar de su triunfo sobre la calumnia y sus amigos lo agasajaron en uno de los grandes teatros de la capital con un banquete de reconocimiento y admiración que tuvo carácter de apoteosis.
Como acertadamente coloca el editor habanero en la portadilla de Parnaso Cubano, citando a Baralt en Historia de Venezuela: "Ningun lazo de union y afecto entredos pueblos será jamás tan fuerte como el cultivo de las mismas artes y del mismo idioma" (sic).
Valparaíso, invierno de 2007
No.24/ Julio-Septiembre de 2007